Rodolfo Piza: Nos jugamos el porvenir y el prestigio de nuestro país

En Universidad, convocamos a un grupo heterogéneo y les pedimos que, desde sus perspectivas, respondieran a la pregunta: ¿qué está en juego en esta elección?

Dos jóvenes disputan la Presidencia de la República. Los dos son periodistas; los dos cantantes; honrados y de profundos valores familiares. Los dos reciben el apoyo de líderes políticos, sociales y económicos diversos. Los dos prometen un Gobierno de unidad nacional.

Hasta aquí las similitudes.

Carlos Alvarado llega con el bagaje de una carrera académica y profesional y con una experiencia gubernamental. Lo hace distinguiéndose con logros sociales en un Gobierno que, como un todo, enfrentó problemas y logró avances, pero que también sucumbió a amiguismos inexplicables, no pudo enfrentar el desequilibrio fiscal, no pudo crear las condiciones para el crecimiento del empleo, ni para enfrentar los graves retos de inseguridad ciudadana. Un Gobierno que no pudo contener los excesos o la impericia de algunas de sus figuras, que se echó pulsos innecesarios con sectores económicos, políticos, sociales y religiosos, y perdió fuerza para echarse los pulsos que sí son esenciales.

Entonces, me dirán ustedes, ¿por qué hemos de votar por él y no por el otro? Por tres razones decisivas: 1) su experiencia y su reconocimiento de los errores de su propio Partido; 2) su talante y disposición personal para construir una coalición por Costa Rica; 3) su humildad y capacidad para ceder y llegar a un acuerdo para construir un Gobierno nacional, factible y multipartidista.

Carlos no llega solo. Llega a esta elección con un “acuerdo por la esperanza, la equidad y el desarrollo”. Un acuerdo sintético, pero completo y detallado, resumido en siete páginas, diez capítulos y 93 propuestas de acción; le dedica tiempo, lo discute personalmente; entiende el sentido y las consecuencias del mismo. No es una camisa de fuerza, pero sí una guía y, sobre todo, un compromiso con los costarricenses.

Algo más, mucho más. En las palabras de Cristian Cambronero: “…un ejemplo de negociación política preelectoral, de compromiso y de civismo que no recuerdo haber visto nunca. La coalición complementa y fortalece la propuesta de Acción Ciudadana. Matiza lo que antes parecía inflexible, moderniza lo que parecía añejo, modera lo que parecía extremo. Eso consigue la inclusión: puntos medios. Encuentro. Unidad. El acuerdo de Gobierno Nacional acerca al PAC con el sector empresarial, motor indispensable de nuestra economía, de la generación de empleo, de la innovación; aporta herramientas y mentes para encarar el enorme reto de la crisis fiscal; potencia la propuesta en materia de infraestructura, empleo y educación; y trae de vuelta a la familia, a las familias, el núcleo social con el que nadie nos debe hacer creer que estamos peleados.”

Un acuerdo que incluye cláusulas y medidas para atacar la corrupción en sus causas (discrecionalidad y falta de transparencia) y en sus consecuencias (impunidad); que defiende los valores familiares y el derecho a la vida, pero también el respeto a los derechos humanos; que impone limitaciones constitucionales, legales y administrativas al crecimiento del gasto público y mejoras en la recaudación; que promueve condiciones para el crecimiento económico y del empleo (desregulación, capacitación en y para el trabajo, aprendizaje masivo de idioma inglés, etc.); que exige acciones detalladas para alcanzar mayor equidad, mejor educación, bajar las lista espera en la Caja, bajar el papeleo y ampliar horarios, crear médicos de barrio como complemento de los Ebais, ampliar las redes de cuido y los puentes de desarrollo; ampliar y comprometerse con la red vial y con el transporte limpio, con la recuperación de nuestros ríos y con metas retadoras en materia de vivienda y urbanismo. Además de ser más estrictos y eficientes en la lucha contra la inseguridad y el crimen organizado, luchar por la reforma del Estado y recuperar nuestro papel en el concierto de las naciones.

A esta elección acudimos en medio de una crisis de seguridad ciudadana, de infraestructura, de equidad, pero sobre todo económica, política y moral.

A esta elección acudimos en medio de una crisis de seguridad ciudadana, de infraestructura, de equidad, pero sobre todo económica, política y moral.

Crece el desencanto con nuestro modelo democrático e institucional. Los más pobres, los más necesitados, acumulan frustraciones y desesperanzas.

Y es verdad que no hemos sido capaces de responder a las necesidades, preocupaciones y aspiraciones de los costarricenses de hoy. Se necesitan unas instituciones que funcionen para todos, no solo para sus funcionarios o para unos cuantos “enchufados“.

Ello obliga a plantear e impulsar un profundo ajuste de nuestros diseños institucionales (constitucionales, legales y reales) y dar el paso hacia un modelo más responsable y articulado políticamente, que obligue a encontrar acuerdos políticos, que permita trabajar con una Asamblea fragmentada y que tenga válvulas de ajuste democrático en caso de ingobernabilidad.

Bien, muy bien. Todo ello puede cambiar y permitir una mejor gobernabilidad democrática. Pero hace falta un ingrediente esencial: el liderazgo.

 El mejor diseño institucional sirve de poco si no hay líderes comprometidos con la democracia, capaces de ver por encima de las coyunturas y dificultades del momento, de articular intereses contrapuestos, de encontrar acuerdos, pero también de echarse algunos pulsos cuando la vía del entendimiento se cierra o cuando los interlocutores buscan beneficios insostenibles que pueden paralizar la democracia. Se necesitan líderes que sepan qué es lo que se puede y se debe hacer desde el Gobierno por los costarricenses.

Pero debemos hacerlo sin romper nuestras señas de identidad, nuestra singularidad, lo que nos distingue en el concierto de las naciones: una sociedad abierta y comprometida con la democracia, la libertad (incluyendo la libertad religiosa, de expresión y de empresa), la no discriminación, el respeto a la familia, a la vida, a la igualdad de derechos, al debido proceso, a la educación, a la protección social y ambiental, a la paz, a la tolerancia, a la solidaridad, al respeto al Derecho, a los derechos humanos y al derecho internacional.

Este país, no necesita líderes populistas; menos líderes mesiánicos, ni antisistema, ni ingenuos. Por el contrario, lo que necesitamos es un líder capaz de reconocer sus errores y de encontrar acuerdos realizables, de devolverle la esperanza al pueblo, de construir, de multiplicar los servicios de salud y educación, y de equilibrar las finanzas públicas, de combatir la pobreza, la criminalidad y apoyar a los emprendedores.

Un líder democrático capaz de trabajar con la institucionalidad y legalidad vigentes, sin que ello signifique renunciar a las reformas de nuestro modelo que también deben impulsarse.

En esta elección, nos jugamos el prestigio y la marca de nuestro país.

El porvenir, decía Víctor Hugo, es ese “edificio que construimos con nuestras propias manos en la oscuridad”.

No sabemos cómo ha de quedar al final, pero sí sabemos que es nuestra responsabilidad construirlo. Nos toca decidir si lo vamos a construir entre todos y para todos, o si habrá de construirse solo para algunos.

¿Qué está en juego esta elección? Ellos responden a la pregunta: 

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Rodolfo Piza Rocafort

Abogado de la UCR, Diplomado en Política Internacional en la Sociedad de Estudios Internacionales de Madrid, ​Especialista en Derechos Humanos del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Expresidente ejecutivo de la CCSS y candidato a la Presidencia por el PUSC.

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