Eli Feinzaig: Lo que se juega Costa Rica en estas elecciones

En Universidad, convocamos a un grupo heterogéneo y les pedimos que, desde sus perspectivas, respondieran a la pregunta: ¿qué está en juego en esta elección?

La llamada me tomó por sorpresa. Lo que puede pensar un liberal rara vez es del interés del Semanario UNIVERSIDAD. Sin embargo, al otro lado del teléfono estaba Ernesto Rivera, reafirmando lo que muchos hemos sentido estas semanas: necesitamos tender puentes. En el ambiente de tensión que ha provocado la segunda ronda electoral, Costa Rica lo demanda. Aunque muchos aún no lo entiendan.

El reto me atrapó: escribir 7000 caracteres acerca de lo que se juega Costa Rica este 1° de abril. No más colgar el teléfono, una idea acudió al llamado de mi mente: en el corto plazo, nos jugamos la posibilidad de caer en una profunda crisis económica que todo mundo teme, pero pocos nos atrevemos a verbalizar. En el largo plazo, nos jugamos la cohesión del tejido social que Costa Rica ha construido a lo largo de siete décadas, desde la revolución de 1948. Permítanme elaborar.

La crisis fiscal está ampliamente documentada. Ocho años consecutivos acumulando déficits superiores al 4% del PIB y los últimos cinco años con déficits superiores al 5% han llevado la deuda pública costarricense a niveles que ya causan alarma en los mercados internacionales. Usted es libre de pensar que ese es un constructo satánico, pero a ellos deberá acudir el Gobierno para seguir financiando su irresponsabilidad.

Las tasas de interés vienen en alzada, tanto por el estrujamiento del mercado local ante la voracidad de Hacienda, como por la política monetaria contractiva de la Reserva Federal de los Estados Unidos. En diciembre, el Gobierno se quedó sin liquidez para pagar salarios y otras obligaciones, situación que se podría repetir en los próximos meses. No hay garantía de que cuando suceda el Gobierno le vaya a poder hacer frente a sus obligaciones.

Con el paquete fiscal que se discute en la Asamblea Legislativa se pretendía hacer un ajuste del 1,9% del PIB, a todas luces insuficiente para tapar el hoyo del 8% que proyecta el Banco Central para el 2018. Digo se pretendía, porque conocida ya la letra menuda del proyecto, sus defectos (doble imposición en algunos casos, ausencia de incentivos para tributar en otros), sumados a las presiones de diversos sectores para obtener exoneraciones, harán que el ajuste real sea menor.

Las propuestas de los dos partidos que se disputan la segunda ronda dan congoja. Por un lado, la de Restauración Nacional sigue siendo un total misterio al momento de escribir estas líneas, mientras que la de Acción Ciudadana es como ponerle merula a un carro chocado y declardo pérdida total.

Las propuestas de los dos partidos que se disputan la segunda ronda dan congoja. Por un lado, la de Restauración Nacional sigue siendo un total misterio al momento de escribir estas líneas, mientras que la de Acción Ciudadana es como ponerle merula a un carro chocado y declararlo pérdida total.

El Plan de Gobierno original del PAC no reconoce la gravedad del problema fiscal, mientras que el acuerdo alcanzado por Carlos Alvarado con Rodolfo Piza, que obliga a prestarle atención al déficit, es insuficiente: apenas propone hacer un ajuste de tres puntos porcentuales –incluyendo la aprobación del paquete tributario– a lo largo de cuatro años. Más preocupante aún, no hay intención explícita de controlar los disparadores automáticos del gasto, con lo cual quedamos como empezamos.

En fin, en materia económica Costa Rica se debate entre una propuesta desconocida y una insuficiente. La amenaza dejó de ser latente para tornarse inminente. No perdamos de vista que la última vez que sufrimos una crisis económica de gran magnitud, al país le tomó más de 20 años recuperar los niveles de cobertura de los servicios de educación y salud, entre otros indicadores de progreso social.

Pero es en el campo de la convivencia democrática donde nos jugamos el futuro como nación. El nivel de crispación que percibo no tiene parangón en la historia reciente de las campañas electorales; la población se ha polarizado como no lo habíamos visto desde el referéndum por el TLC.  Sospecho, en efecto, que la fisura se ha dado a lo largo de esa misma línea –nuestra Maginot imaginaria–, con algunos pequeños intercambios de pasajeros entre los bandos.
De un lado tenemos a un outsider que se coló en el balotaje con un mensaje conservador de defensa de la familia tradicional y rechazo a las aspiraciones de las minorías sexualmente diversas y a la educación sexual. Su discurso, y el de algunos de sus más cercanos colaboradores, ha envalentonado a ciudadanos comunes que hoy se atreven a hacer manifestaciones homofóbicas y discriminatorias que antes callaban. La corrección política pasó de moda.
El candidato ha intentado suavizar un poco su discurso en esta segunda ronda, y eso le ha permitido recibir las adhesiones de importantes figuras del bipartidismo y otros partidos minoritarios, que también se unieron en la campaña por el TLC. Hoy se funden en un poderoso sentimiento anti PAC.

Del otro lado, tenemos a un candidato al que le costó mucho entender que sus posiciones promatrimonio igualitario y educación para la sexualidad y la afectividad no le iban a alcanzar para ganar en una segunda ronda, donde necesitaba cazar votantes entre un electorado que quería que le hablaran de cómo resolver los principales problemas del país.

Su insistencia en la agenda social hasta bien avanzada la campaña de la segunda ronda permitió a sus seguidores justificar una actitud prepotente de superioridad moral, según la cual todos sus rivales caen en una de dos categorías, o ambas: retrógradas homofóbicos y creyenceros, o corruptos acostumbrados a estar pegados de la teta del bipartidismo.

Nunca comprendieron que, independientemente de la mojigatería discursiva del candidato de Restauración, los votantes que lo llevaron a ganar la primera ronda tenían una queja justificada y muy tangible: durante décadas fueron víctimas del abandono del bipartidismo, y el primer gobierno del PAC hizo poco o nada por revertir esa situación.

Quien gane la Presidencia el próximo domingo tendrá por delante la titánica labor de recomponer el diálogo y reparar la fractura que separa a los dos grupos en disputa. La tarea pinta más compleja que en tiempos del TLC: no es lo mismo superar diferencias de opinión acerca de un modelo de desarrollo económico, que superar resentimientos nacidos de diferencias de índole moral. Mayor será la dificultad si la tensión social se ve agravada por una crisis económica profunda.

Casi desde su independencia, Costa Rica ha gozado de un consenso político liberal, respetuoso de las diferentes creencias de los ciudadanos (a pesar de la confesionalidad nominal del Estado costarricense), pero manteniendo una relativamente sana separación entre religión y Estado, con la conspicua excepción del campo de la educación –sexual–, donde hemos pagado el mayor precio del anacronismo del artículo 75 constitucional.

Sin importar quién sea nuestro próximo Presidente, ese equilibrio ya no volverá a su estado anterior. Como en la tercera Ley de Newton, el empuje por un Estado laico seguirá provocando una reacción igual pero opuesta por preservar los valores, tradiciones y prejuicios que brindan una sensación de seguridad a las personas con más aversión al cambio. Nada se gana mirándoles por encima del hombro.

¿Qué está en juego esta elección? Ellos responden a la pregunta: 

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Eli Feinzaig

Economista UCR, Máster en administración de Negocios por la Universidad de Puerto Rico, Máster en economía políticas públicas Universidad de Illinois, presidente del Partido Liberal Progresista.

 

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