Redescubrirse – repensarse – reinventarse

En la literatura universal, temas como el exilio, el retorno al hogar o a la patria son recurrentes. Basta con recordar algunos ejemplos. En la Odisea se narran las patéticas peripecias de Ulises para retornar a su hogar, donde lo espera, con heroica fidelidad su amada Penélope. En la Biblia, el libro del Éxodo narra [...]

En la literatura universal, temas como el exilio, el retorno al hogar o a la patria son recurrentes. Basta con recordar algunos ejemplos. En la Odisea se narran las patéticas peripecias de Ulises para retornar a su hogar, donde lo espera, con heroica fidelidad su amada Penélope. En la Biblia, el libro del Éxodo narra la travesía de mares y desiertos del pueblo de Israel, liderado por Moisés y luego por Josué, con el fin de alcanzar la Tierra Prometida. Don Quijote recorre todos los rincones de España como justiciero jinete, que solo puede lograr la paz cuando finalmente regresa a morir en brazos de sus seres queridos. Las religiones monoteístas, que son las más extendidas actualmente en el mundo, se originan en un Abraham que se exilia de su patria, Ur de Caldea, y se adentra en tierras extrañas; lo mismo harán José y sus hermanos al ir a vivir en Egipto. Según el filósofo Hegel, las peregrinaciones tipifican de qué manera fue vivida la fe cristiana durante toda una época de la humanidad, como fue la Edad Media, porque “la conciencia desdichada” hacía pensar al creyente que vivía en este mundo expulsado de su patria, a la que solo regresaría si expiaba, en su peregrinar por la tierra, sus pecados. De este tema se nutre a leyenda medieval que sirve de inspiración al libreto de la ópera Tanhäuser de Wagner… Los ejemplos se podrían multiplicar ad infinitum; los aquí evocados constituyen tan solo una muestra de lo que hoy la madre Naturaleza nos recuerda, a saber, que vivimos sobre la tierra en una condición precaria en nuestra calidad de último eslabón de la cadena evolutiva.

La epidemia, que hoy afecta hasta el último rincón del planeta, es algo más, mucho más que una peste de las tantas que han salpicado con dolor y muerte la historia humana; debe ser considerada como un antes y un después de la trayectoria del homo sapiens en la tierra; así se da el dramático comienzo del tercer milenio de nuestra era.

La historia, especialmente desde la moderna revolución científico-técnica que se ha desarrollado exponencialmente desde sus inicios en el Renacimiento, ha demostrado que somos la especie de mamíferos más exitosa. Ninguna especie de mamíferos había logrado hasta ahora, no sólo sobrevivir, sino también mantener cerca de ocho mil millones de ejemplares vivos al mismo tiempo. Pero esto lo ha logrado recurriendo a métodos que hoy se tornan en su contra; constituyen una deuda con la Naturaleza que hoy ésta nos la cobra con intereses.

La especie sapiens ha obtenido este éxito clamoroso desencadenando una implacable guerra “de todos contra todos”, como la caracterizaba Hobbes; el matricidio contra la Naturaleza y el fratricidio entre nosotros mismos han sido la constante de una historia que hoy podría llegar a su fin, sea porque la especie se empeñe en seguir así y desemboque inexorablemente en el suicidio, sea porque forje otros métodos para avanzar en el tiempo que no sean el recurso a la guerra generalizada; porque ha llegado el momento en que, el recurso a cualquier violencia que no sea estrictamente defensiva, se convierte en suicido.

En consecuencia, lo que corresponde ahora es convivir si queremos sobrevivir, dejando de tratar como enemigos a la Naturaleza y a nuestros semejantes.

El homo sapiens es la única especie que debe construir su futuro en base a sus decisiones políticas del presente; nuestras decisiones de hoy son las que nos permitirán definir, no solo el tipo de futuro que tengamos, sino la existencia misma de un futuro, cualquiera que este sea. Debemos regresar a la casa materna; hacer de nuestro planeta un hogar para todos y no considerar que vivimos en un exilio, o en un compás de espera al pie del cadalso (Sartre hablaba de “surcis”). Allí está en juego nuestra sobrevivencia. Para lograr eso, debemos cambiar; el quehacer de los científicos debe estar inspirado en valores éticos y humanísticos; el mayor de estos valores es la vida no solo humana, sino en toda su multifacética manifestación. La matriz de los valores son la justicia y el amor; la justicia es el reconocimiento del otro como persona, es decir, como sujeto de derechos.

Lo dicho solo tiene sentido si la justicia se ve como el ejercicio de los derechos del pueblo y de los deberes de los que ejercen el poder en representación suya. Solo de esta forma tiene sentido hablar de libertad. Invocar la libertad o la democracia para imponer un régimen político opresor de las mayorías es mantener la violencia o la guerra generalizada de que hablaba anteriormente. Eso es particularmente vigente en Nuestra América, considerada la región más desigual del planeta y donde, no por casualidad, el COVID-19 causa los mayores estragos. Todo lo cual se debe al poder despótico, que tradicionalmente han ejercido despiadadamente las oligarquías criollas en connivencia con el capital trasnacional.

En consecuencia, la crisis sanitaria actual pone de manifiesto, hoy más que nunca, la impostergable tarea de cambiar el rumbo de la historia, convirtiendo a nuestros pueblos en sujetos de la misma, en dueños de sus recursos naturales, que nos haga hermanos de todos los hombres y mujeres que pueblan la tierra e hijos de nuestra Madre Naturaleza, lo cual implica, demás está decir, un cambio radical en las relaciones sociales. Solo allí se encuentra la medicina que, junto a los avances gigantescos y esperanzadores de la ciencia, erradicará este mal que hoy pone en trance de agonía a toda nuestra especie. Para ello, la humanidad actual debe redescubrirse-repensarse-reinventarse.

 

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