¿Quiénes no escucharon a Kasandra?

Mientras las grandes compuertas_se_separaban_para_dejarse_penetrar_por_aquel_caballo_majestuoso, las fastuosas murallas, otrora poderosas e imbatibles, se extendían a ambos lados en una actitud de entrega y disposición al festín

Mientras las grandes compuertas se separaban para dejarse penetrar por aquel caballo majestuoso, las fastuosas murallas, otrora poderosas e imbatibles, se extendían a ambos lados en una actitud de entrega y disposición al festín. Adentro, adentro, más allá de las inmensas puertas que ahora se plegaban voraces al paso de la enorme ofrenda, la vigorosa cabeza del caballo llegaba hasta lo más profundo de la ciudad que se estremecía sacudida por los vítores vibrantes y la embriaguez de la victoria. Todo era delicia y fiesta. Pero más tarde, en los estertores de la celebración y el aturdimiento del éxtasis, al amparo de la oscuridad, desbordaron desde dentro del ídolo muchos hombres, diminutos al lado de la enorme mole del caballo, y se dispersaron veloces por todos los rincones buscando presurosos donde incrustar sus ávidas lanzas y espadas y dagas. Troya, que abrió de par en par sus magníficas puertas, se había dejado penetrar completamente sin sospechar su malaventura, entregada al delirio de creerse vencedora.

Segunda portada de Kasandra

¿Quién habría previsto aquella noche estragada después de las alegrías del placer victorioso? ¿Quién leyó en los devaneos seductores de la ofrenda la consecuente sumisión de los vencidos? ¿Quiénes no escucharon esa voz delirante?

Los gritos eran las advertencias de la hija de Hécuba y Príamo, la princesa sacerdotisa de Apolo, la loca del ático. Nadie quiso atender sus advertencias.

Esta es, de alguna forma, una evocación del mito de la caída de Troya, producto del engaño y la vanidad. Pero también de la maldición que Apolo hizo caer sobre Casandra, cuando ésta lo sedujo con su belleza pero los desairó en sus requerimientos, por lo que el dios le concedió el don de ver el futuro, pero le negó también que alguien pudiera creerle.

El fascinante mito de Casandra ha dado múltiples posibilidades creativas, interpretaciones, en sus sentidos más trágicos y más humanos, pero el que interesa en esta nota tiene que ver con los hechos trascendentes que ocurrieron en agosto de 1989.

La pesquisa conduce a testimonios aislados que evocan espacios conspirativos, locales nocturnos en la capital que se prestaron para encuentros insospechados, una casa disimulada que luego cayó en manos de los soviéticos (después no había soviéticos), vino, marihuana y rock, y cientos de páginas de filosofía. Más adelante se decantó por el cómic y la anarquía. La producción artesanal y circulación casi clandestina dieron paso a colaboradores y simpatizantes que quisieron meter la cuchara. El salto a las calles fue incontenible. Hubo cómplices que se prestaron para facilitar la circulación en puntos estratégicos.

En la revista Paquidermo, de alguna forma descendiente de Kasandra, el filósofo, escritor y artista gráfico Jorge Jiménez habría de recordar aquella tarde remota en que un asistente de laboratorio llamado Jorge Arturo, por demás poeta, lo llevó a cofundar Kasandra.

Era un momento aciago, de desazón y derrota frente a “una realidad que creíamos transformable pero cuya resistencia al cambio nos deparaba una enorme frustración y una necesidad visceral de escuchar rock pesado.” recuerda Jorge Jiménez.

La caída del malogrado mundo socialista provocó una unipolaridad política que facilitó la imposición global del modelo económico neoliberal. Centroamérica era un baño de sangre que no amainaba. En noviembre de 1989, un escuadrón del ejército asesinó brutalmente a los jesuitas Ignacio Ellacuría, rector; Ignacio Martín-Baró, vicerrector académico; y al director del Instituto de Derechos Humanos, Segundo Montes, de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” en El Salvador, junto con otros sacerdotes, profesores y dos mujeres que los asistían.

En la plaza Tiananmen en Pekín, en junio, el ejército reprimió las protestas que se venían dando por varios meses, y dejó centenares de heridos, cerca de mil muertos y definió el rumbo que seguiría China.

El poder se hacía sentir por el horror de la brutalidad o por los ajustes implacables de un modelo económico que resultó un fracaso para las sociedades y la entronización de las corporaciones.

En aquel entorno entre dramático y solemne surgió este alarido. Desde el principio Jiménez lo tuvo claro, siguió los postulados situacionista de uno de sus inspiradores, el filósofo francés Guy Debord y, al igual que este, se convirtió en un estratega.

La izquierda no tenía espacio para el humor, pero era necesario sacarse la rabia con una risa sardónica. La misma creatividad y el ingenio dieron paso a un ejercicio divertido, que sacaba alegría de la irreverencia, de la desobediencia y de la denuncia,

Kasandra sería una revista, pero rompió con los formatos tradicionales, cada ejemplar hecho completamente a mano, llena de diseño gráfico y de collage; era una provocación y una convocatoria. Era la primera revisa verdaderamente contracultural y urbana que recogía el caos de la misma ciudad y estaba hecha de fragmentos, recortes, canciones, mucho humor y una declaración contundente de que no se dejaría pisotear más.

La convocatoria dio resultado. Artistas, músicos, escritores, intelectuales, comprendieron el giro que significaba. Jorge Arturo y Jorge Jiménez le habían conectado un rotundo p@#%8 anarquista al mundo cultural josefino y reclamaban una postura distinta.

La revista circuló diez años, hizo 13 ediciones, cada una de ellas una verdadera pieza de arte contemporáneo, contó con decenas de colaboradores y provocó una inquietante actitud que aún hoy pervive.

El viernes 1º de junio recién pasado se realizó un acto de rememoración del surgimiento de Kasandra, el cual convocó a varias generaciones, artistas e intelectuales de la época y jóvenes que conocieron de la revista siendo muy niños o por referencias de sus padres, profesores o amigos mayores.

Entre los asistentes recordaron la figura enorme del poeta Jorge Arturo Venegas, quien lamentablemente falleció muy joven hace algunos años y fue cofundador de la revista.

En una mesa protocolaria, que no pudo eludir rasgos de formalidad, presidieron Jorge Jiménez, el filósofo y escritor Mauricio Molina, actual director de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, la escritora Catalina Murillo, quien fue, muy joven, colaboradora de Kasandra; el poeta y periodista argentino Jorge Boccanera, quien estaba de visita fugaz en Costa Rica; y el escritor Luis Chávez, quien también colaboró con Kasandra y quien concibió la revista de poesía argentina-costarricense Los amigos de lo ajeno.

De la rememoración de la génesis de Kasandra se pasó a las múltiples anécdotas que su convocatoria produjo.

Irreverentes manifestaciones perseguidas por la policía, el intento de hacer levitar el viejo Estadio Nacional, movimientos antielectorales, muchos textos, música, nuevas ideas e inquietudes que dieron ese impulso vital desde y hacia Kasandra.

Entre la nostalgia y el reclamo, sobrevino la inevitable discusión de por qué no había en el medio cultural actual algo con ese espíritu.

Definitivamente el medio era el mensaje. Los cambios tecnológicos han producido otras formas de comunicación e interactuación. Las inquietudes se canalizan de otra manera.

Luis Chávez señalaba su preocupación por una especie de excesivo recato en el debate de ideas y una preocupación que él siente desmedida por no resultar ofensivo.

Por su parte, Jorge Boccanera reclamó la necesidad de compromiso y participación de los intelectuales en la discusión de lo político y social.

Mauricio Molina destacó que han existido otras publicaciones que, independientemente del soporte papel o digital, buscan retomar ese espíritu; pero reconoció que no hay un medio que convoque de la misma forma.

Un joven del público, que dijo haber conocido Kasandra al ver un viejo ejemplar cuando él apenas tenía diez años, explicó que quizás la juventud actual no se convoca por proyectos como una publicación, que ha sido una forma tradicional de convergir intelectuales en los últimos siglos, pero ahora lo hacen por estilos de vida donde convergen con inquietudes diversas y afinidades comunes.

Sin duda la producción artística, urbana y cultural es más diversa y rica ahora, y tiene mayores vías de expresión, el dilema parece ser cómo ser contracultural, cómo romper la obediente monotonía que es capaz de tragarse todo disenso, más cuando este tiene un soporte fugaz.

Son tiempos urgentes para que ocurran cosas, para lo extravagante, para lo incorrecto, para el humor desintoxicante, como lo predijo Kasandra.


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