En el taller del genio del boom

En las páginas de Vivir para contarla hay un verdadero curso de cómo se hace un escritor con base en los esfuerzos, sacrificios y miserias

En las páginas de Vivir para contarla hay un verdadero curso de cómo se hace un escritor con base en los esfuerzos, sacrificios y miserias por las que debe pasar para abrirse paso en el estrecho camino de las letras, pero los 27.000 documentos que el Harry Ransom Center colgó en Internet en diciembre pasado son una puerta directa al taller en que se forjó el mayor genio del boom: Gabriel García Márquez.

La esposa de García Márquez, Mercedes Barcha, una mujer de enorme relevancia en su vida, en la casa del poeta Pablo Neruda, en Normandía, Francia, en 1973.

Durante 18 largos meses, informa el Harry Ramson Center, bibliotecarios, restauradores, informáticos, estudiantes y archivistas se dedicaron a clasificar los miles de documentos que el Premio Nobel de Literatura 1982 guardó durante medio siglo.

Tras su fallecimiento, el 17 de abril de 2014, se informó tan solo unos meses después de que el Harry Ransom, de la Universidad de Texas, había adquirido el legado del escritor colombiano. De esta manera, en febrero de 2015, dicha entidad destacó que había comprado los archivos por $2,2 millones (¢1.224 millones al tipo de cambio actual).

En ese momento sorprendió la rapidez con que se había realizado la negociación, pero la familia de Gabo, como le llamaban sus amigos, por medio de Rodrigo, su hijo, afirmaba el interés en que investigadores, estudiantes y lectores tuvieran acceso a los preciados archivos.

“El mayor interés de mi madre, mi hermano y el mío, siempre fue que el archivo de mi padre alcanzara la mayor audiencia posible”. Este proyecto permite aún mayor acceso al trabajo de mi padre, incluyendo una comunidad global de estudiantes e investigadores”, afirmó Rodrigo, quien es cineasta, oficio con el que siempre soñó su progenitor, quien incluso llegó a matricularse en los estudios de Cinecittá, en Roma, y escribió los guiones de varias películas.

En los archivos, los investigadores han podido constatar dos elementos que se avizoran en sus obras, pero que en los manuscritos y los borradores se aprecian con mucha mayor nitidez: la pasión por la técnica de escritura y la obsesión por la autoedición.

Una foto de octubre de 1982 muy significativa del archivo, puesto que a su derecha se ubica Álvaro Mutis, lector privilegiado de la mayoría de sus originales, y a su izquierda el pintor Alejandro Obregón Loría, miembro del grupo de Barranquilla, que se reunía en la cueva.

Es sabido que García Márquez fue un admirador del Ernest Hemingway cuentista –no así del novelista—y que el escritor estadounidense aconsejaba con reiteración la importancia de tener cerca un sesto para ir tirando una a una las cuartillas que en vez de acercarse a la idea del escritor se alejaban.

En los archivos de obras como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera y Noticia de un secuestro, entre sus muchos libros, se aprecia cómo el periodista y escritor se prodigaba en los detalles y en corregir, incluso hasta en el último momento, el texto, con el fin último de que el lector se encontrara con la mejor versión posible.

El caso que ha llamado mucho la atención hasta ahora es el de la novela inédita En agosto nos vemos, de la que hay ocho versiones, y tal fue la necesidad de corregirla y dejarla reposar, que el autor se murió sin que sus millones de lectores tuvieran la oportunidad de apreciar la obra.

LA AUTOEDICIÓN

Quien haya leído parte de la obra de García Márquez podrá percatarse del cambio que el escritor fue experimentando a lo largo de los años, en los que el periodismo siempre fue una acción vital y central, y desde el que cinceló su inconfundible estilo.

Vivir para contarla causó un revuelo mediático sin precedentes para un escrito latinoamericano con un tiraje inicial de un millón de ejemplares. Aquí el álbum para guardar esos momentos.

Así, por ejemplo, quien lea sus columnas Séptimus y La jirafa podrá apreciar su paulatina evolución que desembocó en La hojarasca, su primera novela, en la que su estilo todavía tenía pendiente un largo recorrido hasta alcanzar cuotas de maestría en Cien años de soledad y Crónica de una muerte anunciada.

En los archivos, hoy disponibles en Internet, quien tenga la paciencia de hurgar en las diferentes páginas disponibles, notará cómo el Nobel tachaba, agregaba, quitaba, y reescribía sus textos.

A primera vista parece que esa ha de ser la condición sine qua non de cualquier escritor, no obstante, por extraño que parezca, muchos autores noveles consideran que es más enriquecedora la escritura automática, que aquella ligada a la práctica de la vieja guardia que apuesta por la corrección permanente.

Las primeras lecciones de García Márquez como periodista le marcaron el camino. Es ya famosa la primera experiencia vivida en El Universal de Cartagena de Indias, donde se encontró con aquel hombre moreno, que habla de tangos, boleros, vallenatos, y que parecía tener en su cabeza la enciclopedia completa del saber humano.

Se llamaba Clemente Manuel Zabala y pasó a la historia en el laberinto garcíamarqueano como el hombre del famoso lápiz rojo, porque después de entregarle las primeras cuartillas le decía que estaban muy bien, pero cuando se las devolvía estaban totalmente perdidas de tinta roja.

En Cómo aprendió a escribir García Márquez, Jorge García Usta, ya fallecido, cuenta la referida anécdota y detalla cómo el escritor de Aracataca fue forjando un estilo que lo volvería famoso por sus metáforas desaforadas, pero sobre todo por lo que ya antes también había dicho su maestro Hemingway: que la escritura es como un iceberg, es decir, que solo se ve en la superficie una pequeña porción, y el resto responde a un ejercicio íntimamente ligado a la técnica y a la corrección.

“Cualquier nota de Zabala, la menos afortunada por la prisa periodística o la insustancialidad del tema o la necesidad del espacio, está tocada por la gracia de un giro, un párrafo, un adjetivo, una idea. Zabala era un hombre obsesionado con la forma…”, apunta García Usta en su libro.

Esa herencia no la olvidaría jamás el entonces joven (21 años) García Márquez, que aprendería y adoptaría para siempre los desafíos de la edición y la autoedición, como elementos fundamentales de toda escritura.

La visibilidad de la autoedición como herramienta trascendente en el quehacer del escritor es solo una parte de los tesoros que estudiosos y aficionados de su obra están descubriendo a diario en los archivos en los que se encuentran álbumes con recortes de prensa, fotografías, cartas, manuscritos, originales corregidos y otros documentos que hacen del archivo una propuesta irresistible para sus seguidores.

“No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. Perdone usted, señor lector, este principio de greguería”: así comenzaba García Márquez una de sus columnas de “Punto y Aparte” su espacio en El Universal, en cuya página aparecían también los textos del maestro Zabala y del poeta y pintor Héctor Rojaz Herazo.

CARA Y CRUZ

A la par de esa corrección continua de sus textos, corre paralela la otra gran preocupación del narrador y que se ha podido observar y palpar directamente de los archivos en línea: su afán por la técnica de escritura, porque esta le permitía lograr el sueño de todo escritor: la hipnosis del lector.

Las diferentes versiones de sus novelas, de sus cuentos y de sus guiones dan razón de esta preocupación por lograr que en cada párrafo ocurriera algo, como había descubierto con el escritor de telenovelas cubano Felix B. Cagnet.

Con el gran Jorge Amado, camarada y colega.

García Márquez era más que realismo mágico porque detrás de sus escritos se esconden dos vertientes extraordinarias que bien merecen ser destacadas para comprender mejor su inmensa producción: la del genio y la de la técnica.

Desde el momento en que decidió ser escritor, precisamente, cuando cursaba Derecho en la Universidad Nacional, en Bogotá, García Márquez inició una búsqueda de la perfección técnica sin límites y que no cesó jamás, como puede incluso comprobarse en su última novela publicada: Memoria de mis putas tristes, criticada por muchos por su abordaje, pero elogiada por sus dotes técnicas.

Se está constatando en los archivos del Harry Ransom Center, que García Márquez es mucho más que el realismo mágico con que se le etiquetó, sobre todo, por Cien años de soledad.

Pero es siempre ese afán de perfección en la escritura el que predominará en toda su carrera y no el realismo mágico, como puede creerse hoy, y ello significa que si bien la saga de los Buendía lo puso en lo más alto de la literatura del momento, ya antes había trabajado esa obsesión en piezas como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mama grande, y luego vendrían valiosas obras como El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada.

De ese don de genialidad, reniega el profesor e investigador Álvaro Santana-Acuña, quien prepara el libro Ascent to Glory: How One Hundred Years of Solitude Became a Global Classic, para quien hay mucho mito detrás de la figura del autor colombiano, quien se encargó personalmente de soltar aquí y allá informaciones para crearse una aureola.

“Dos mitos que se han construido sobre el escritor se refieren a su genialidad y al origen legendario de sus obras. Al igual que a otros creadores de obras famosas, a García Márquez se le suele considerar un genio solitario tocado por el relámpago de la inspiración”, sostiene Santana-Acuña en un artículo publicado en The New York Times.

“Se sigue repitiendo que, tras ocurrírsele el comienzo de Cien años de soledad mientras conducía desde Ciudad de México hacia Acapulco, el autor abandonó su trabajo de inmediato y se encerró a escribir en su estudio durante dieciocho meses hasta que acabó la novela.

Mientras tanto, su mujer se endeudó con los comerciantes del barrio para alimentar a la familia. Su archivo nos descubre que consiguió un crédito para dedicarse solo a su novela y que no la escribió de un tirón durante un año y medio, sino en doce meses, con interrupciones. Tampoco escribió sobre la soledad en soledad, sino en compañía multitudinaria”, puntualiza.

OTRAS JOYAS

El archivo de García Márquez también descubre que aunque durante toda su vida siempre fue un hombre arisco a las entrevistas de prensa y daba la impresión de que no le interesaban las críticas que se hicieran de sus obras, lo cierto es que en la realidad tenía en un alto valor lo que se dijera de ellas.

Así lo confirman cientos de páginas de recortes de prensa tanto en español como en inglés, en los que incluye periódicos tanto de alcance nacional como local.

La colección podría inducir a que era un hombre vanidoso, como apunta el propio Santana-Acuña, pero en realidad este ejercicio, llevado con rigurosidad por sus secretarias, lo vincula con sus raíces, las cuales todas remiten al periodismo.

En un taller de periodismo literario realizado en Aracacata, su tierra natal, Jaime, su hermano, le contó a este redactor que Gabito, como le llamaban en la familia, siempre resaltaba el hecho de que en el texto de concesión del Nobel se precisara que se le otorgaba por su obra periodística y literaria.

De manera tal que los álbumes con reportajes, crónicas, notas y reseñas sobre su obra revelan el respeto que le merecía a él, siempre un reportero raso, el trabajo de sus colegas.

Aunque siempre fue un latinoamericano de cepa, comunista declarado, amigo de Cuba sin importar los temporales del momento y un crítico del poder norteamericano, sus más valiosos documentos acabaron en Texas, al que se sumarán otras joyas como las cartas que se escribió, entre 1961 y 1971, con su compadre y colega Plinio Apuleyo Mendoza. De forma tal que la esencia de García Márquez hay que ir a buscarla en el corazón del imperialismo yanqui, en lo que parece ser una metáfora desmesurada, pero que pierde vuelo cuando se cae en la cuenta de que el Harry Ransom Center existen las condiciones óptimas para resguardar su legado de la mejor manera y así compartirlo con millones de admiradores en el orbe entero.

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