El reto de conservar las esferas precolombinas con recursos limitados

Tras la declaratoria de Patrimonio Mundial crecieron las expectativas, pero no así los presupuestos para las investigaciones en los sitios arqueológicos del Delta del Diquís

El 23 de junio de 2014, el país se despertaba con la espectacular noticia, procedente desde Doha, Qatar, de que los sitios arqueológicos del Delta del Diquís, en la Zona Sur, habían sido declarados Patrimonio Mundial, sobre todo por las esferas de piedra, únicas en el mundo.

Tres años después, sin embargo, el impacto de aquella noticia empieza a apagarse, porque los esfuerzos por dar un adecuado mantenimiento y una oportuna restauración a los sitios, está condicionada a las posibilidades económicas de que dispone el Museo Nacional, entidad del Estado encargada por velar por el patrimonio arqueológico de Costa Rica.

Es decir, la declaratoria no generó nuevos recursos ni estatales ni del exterior, con la excepción de alguna colaboración puntual.

La declaratoria de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ha representado un mayor reto, puesto que las expectativas en torno a los sitios crecieron, pero no necesariamente los recursos.

Los presupuestos para Finca Seis, de acuerdo con el Museo, reflejan lo siguiente: en el 2014 se destinaron ¢68,9 millones; en 2015, ¢102,4; en 2016, ¢65,0 y en 2017 de 74,8 millones. La diferencia de 2015 la estableció una partida especial de la Unesco, pero en general se puede apreciar lo limitado de los recursos.

Además de Finca Seis los sitios declarados patrimonio son Matambal, Grijalba y El Silencio, donde hay diferentes manifestaciones arqueológicas de las culturas precolombinas que entre el año 400 y 1500 después de Jesucristo, crearon las enigmáticas esferas que hoy sufren deterioro por acción del ambiente, los elementos biológicos y las inundaciones, entre otras razones.

Precisamente para estudiar cómo se pueden proteger de las inundaciones que se producen en Finca Seis, el gobierno logró que, del Fondo de los Embajadores para la Preservación Cultural, de Estados Unidos, se destinaran $38,5 millones para un estudio hidrológico que permitiría reencauzar las aguas para proteger las esferas ubicadas en dicho sitio.

Todavía no se conoce la fecha precisa en que se comenzará el estudio ni de dónde procederán los profesionales que lo realizarán, expresó Ana Eduarte, conservadora y restauradora del Museo.

El estudio hidrológico solo se realizará en Finca Seis y no en los otros tres sitios arqueológicos, por ser el primero el que presenta un estado más crítico.

Las esferas sufren una “meteorización y tienen diferentes estadios”, de acuerdo con Eduarte.

La acción de insectos y otras especies también las afectan, por lo que para conocer el estado real de cada una de las esferas se requiere la competencia de especialistas como químicos, biólogos, físicos y conservadores, entre otros, por lo que es necesaria una acción interinstitucional, la cual según Eduarte ha creado el Museo con diferentes organismos estatales.

El desafío en cuidar de las esferas hoy es mayor al pertenecer a la categoría de Patrimonio Mundial, no obstante, sin que para ello se hayan destinado mayores recursos económicos, como de forma implícita reconoce Eduarte al ser consultada al respecto:

“El Museo está trabajando con gran responsabilidad en la conservación con los recursos de que disponemos. Se ha hecho un gran esfuerzo”.

Para Eduarte, la declaratoria de los sitios arqueológicos en la Zona Sur hace que esa tarea sea “muy demandante”, por lo que el Museo ha tratado de obtener la colaboración de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de otras instituciones, incluido el gobierno mexicano que envió recientemente a la experta Isabel Medina.

La instalación en Finca Seis de una estación meteorológica, instalada por el Instituto Meteorológico Nacional, forma parte de esos esfuerzos por disponer de elementos que contribuyan a tomar mejores decisiones en la zona.

“Con la instalación de la estación meteorológica podemos conocer mejor el clima de la zona: la humedad, la temperatura, la dirección del viento y saber cómo estos elementos pueden afectar”, dijo.

Muchas de las esferas, contrario a lo que se percibe a la distancia, no están expuestas, sino que se encuentran ocultas o semiocultas. Por tal motivo, es que en algunas acciones del Museo han excavado para determinar el estado de las joyas precolombinas.

Otro elemento para destacar es que un alto porcentaje de las esferas no se encuentran en sus sitios originales, sino que han sido movidas en respuesta a diferentes intereses, incluso se sabe de la existencia de dos de ellas en Estados Unidos.

LENTA PUESTA EN VALOR

La arqueóloga Ifigenia Quintanilla, quien lleva más de 20 años dedicada al estudio de las esferas, fue funcionaria del Museo y es autora del libro Esferas precolombinas de Costa Rica, asegura que la puesta en valor de los sitios arqueológicos en el Delta del Diquís es uno de los compromisos de la declaratoria de Patrimonio Mundial, pero que se avanza “demasiado lento”, y ello porque el Museo carece de los recursos suficientes para hacer frente al reto.

“Para mí el ritmo de trabajo en los sitios arqueológicos declarados Patrimonio Mundial es muy lento y así se nota a tres años de la declaratoria. Solo se han hecho cosas puntuales. El Museo no tiene un equipo de restauración, por ejemplo. Se realizan labores de una semana o dos al año”, explicó.

A tres años de la declaratoria, también, sostiene Quintanilla, el hacer accesible los sitios al público va de forma excesivamente lenta, lo que crea el ambiente en los pueblos aledaños de que los sitios no tienen mayor relevancia ni mayor impacto en la vida de la población actual.

“Uno de los argumentos que se escuchan en la zona es que ese patrimonio no le aporta nada a Osa, ni en visitación ni desde un punto de vista económico, y ahí cuando la gente dice, de forma errónea, pero lo dice, mejor que haya campo para cultivar la piña. No debe olvidarse que dentro de las declaratorias de Patrimonio Mundial se contemplan los beneficios que traerán a las comunidades y a las zonas aledañas, y eso en el presente no se está logrando”.

Puntualizó que con los mismos recursos, ahora el Museo tiene que atender el sitio patrimonial de la Zona Sur y que ello hace que los avances sean pocos; lo que a su vez repercute en la percepción que la población en general tiene del valor de los sitios y de las esferas en particular.

Respecto al valor de las esferas precisó que “representan una gran capacidad de creación e innovación, así como de organización del trabajo y de resolución de problemas técnicos”.

En la época en que fueron talladas, esos pueblos precolombinos “no conocían la rueda, ni contaban con animales de tiro, como bueyes, y las esferas algunas pesan nueve, diez y hasta 26 toneladas”.

Su largo período de investigación sobre las esferas hizo que Quintanilla desarrollara no solo un gran amor y una gran admiración por las culturas precolombinas del Delta del Diquís, sino también un espíritu crítico en relación con el tema.

“Considero, con base en mis investigaciones, que el gran valor de las esferas de piedra radica en que se hicieron en condiciones tecnológicas y sociales que hoy se consideran muy difíciles. No obstante, los indígenas crearon cientos de ellas con forma casi perfecta, con acabados finos en muchos casos y con tamaños que van desde unos pocos centímetros hasta los 2,6 metros de diámetro”.

La especialista recordó que fue en los pueblos de “Pérez Zeledón, Buenos Aires, Osa, Coto Brus y Golfito que se concentraron los asentamientos precolombinos con esferas”. Y que, en los más de 1.000 sitios precolombinos detectados en el Sur del país, solo en 57 encontraron esferas. Dicha producción se hizo a lo largo de mil años.

“Es posible que el valor social de las esferas haya estado determinado por la suma de sus cualidades (simetría, materia prima, tamaño, color y textura). Estas cualidades, unidas al lugar donde fueron usadas y a las prácticas sociales de las que formaron parte, marcaron las diferencias entre ellas y entre las distintas comunidades que las poseían”, añadió Quintanilla mediante un texto enviado a este medio.

El país, expresó, no tiene todavía conciencia de lo que significan las esferas y el valor y el legado extraordinario que dejaron los indígenas antes de la llegada de Colón.

“Hay que decir que de las 350 esferas que se conocen el 90 por ciento no está en su sitio original. Hemos sido irresponsables con una producción cultural única en el mundo. En ningún lugar de América ni de otro sitio que se conozca, se desarrollaron esferas como las que hay en Costa Rica. Por eso digo que nos dieron la declaratoria de Patrimonio Mundial no por el gran trabajo que hemos hecho, sino para obligarnos a cuidarlas y protegerlas”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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