Cultura

El sarcasmo de lo cotidiano que se apagó con la partida de Juan Carlos Tabío

En la segunda y tercera semana de enero, la isla perdió a dos de sus grandes cineastas: Juan Carlos Tabío y a Enrique Pineda Barnet, quienes en su momento pasaron por Costa Rica como se recuerda en el reportaje.  

Quien conoció a Juan Carlos Tabío podría afirmar que entre el cine que hacía y su forma de ser había una gran distancia, porque una vez detrás de cámaras y en la escritura de los guiones dejaba traslucir todo ese sarcasmo con que retrató la realidad cubana de su tiempo.

El director de películas como Se permuta (1983), Plaff (1988), El elefante y la bicicleta (1994), Lista de espera (2000), Aunque estés lejos (2003) y el Cuerno de la abundancia (2008) falleció el lunes 18 de enero tras una amplia carrera como cineasta e intérprete de la realidad cubana en su cotidianidad a partir del melodrama y la comedia.

Enrique Pineda Barnet falleció el 12 de enero de 2021 a sus 87 años y siempre se distinguió por su cultura refinada. (Foto: ADN Cuba).

Tabío, quien falleció a los 77 años, fue codirector de la célebre Fresa y chocolate (1993), así como de Guantanamera, ambas codirigidas junto con su amigo Tomás Gutiérrez Alea, conocido como Titón, quien lo llamó cuando dirigía a la primera de estas dos películas cuando se dio cuenta de que padecía un cáncer.

“Se atrevió a sacar las cosas que ocurrían pero con ese sarcasmo. Pasó con Fresa y chocolate, que en un principio el exilio cubano en Miami celebró como si fuera contra el régimen, pero en realidad era un retrato de una realidad que estaba ahí y nadie se atrevía a abordar”, Pedro Zurita.

Para el estudioso del cine latinoamericano Pedro Zurita, promotor de la Videoteca del Sur,  esa colaboración entre ambos directores de una forma tan natural constituyó en su momento un hito, por el valor que se le otorgó a la amistad y al profesionalismo.

Zurita recuerda que Tabío de entrada parecía siempre un hombre serio, lejos del humor, el sarcasmo y esa chispa que le ponía a sus películas para retratar la realidad cubana de su tiempo.

“Tabío vino a hacer una filmografía con el melodrama y la comedia y dibuja el panorama cubano con sarcasmo y busca reírse de las situaciones y las paradojas de esa sociedad. Esa fue su impronta, su manera de hacer cine y atraer a mucho público, y se crea una ruta y una manera de hacer dentro del contexto cubano”, explicó.

Recordó que Tabío en realidad pertenecía a la generación posterior a Titón y Humberto Solás y que tuvo la virtud de saber contar la realidad cubana sin hacer concesiones, pero desde una óptica inteligente, de modo que pudo ser crítico en su visión.

Para adentrarse en esa alma cubana, a Tabío le gustaba caminar La Habana, conversar con las gentes y, sobre todo, escuchar el habla cotidiana, captar los giros lingüísticos, los asuntos relevantes, a la par de que observaba el día a día de sus compatriotas, quienes luchaban junto al régimen de Fidel Castro para vencer las inclemencias económicas, tras tantos años de bloqueo económico por parte de Estados Unidos.

“Se atrevió a sacar las cosas que ocurrían pero con ese sarcasmo. Pasó con Fresa y chocolate, que en un principio el exilio cubano en Miami celebró como si fuera contra el régimen, pero en realidad era un retrato de una realidad que estaba ahí y nadie se atrevía a abordar”.

El filme, que comenzó Gutiérrez Alea y al que luego se integró Tabío por el cáncer que afectaba a su colega, recibió no solo en Cuba sino afuera las mejores críticas y fue nominada a la mejor película extranjera para los Oscar de 1994.

El propio Tabío en una entrevista de 2008 expresaba que en un principio tenían muchas dudas sobre cómo iba a reaccionar la gente al personaje de Diego.

Fresa y chocolate fue una película que tocó el nervio de muchos intereses en el mundo entero, porque anteriormente las películas cubanas no entraban en esa red de distribución internacional, porque el cine es muy complejo y prácticamente todas las salas de cine están agarradas por Hollywood, pero bueno, algo se hace”, dijo Tabío a Habana Cultura en su oportunidad.

Fresa y chocolate supuso un punto de inflexión en la carrera de Juan Carlos Tabío. (Foto: Internet).

Tabío recordaba en la entrevista que la historia que él y Gutiérrez llevaron a la pantalla chica estaba basada en el cuento de Senel Paz: “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”.

“Yo pienso que el personaje de Diego es clave en nuestra cultura. Titón y yo habíamos hablado mucho, porque teníamos miedo de cómo iba a ser entendida la película y de cómo iba a ser entendido el personaje de Diego, cómo el pueblo cubano, tan machista, iba a aceptar a ese personaje desmelenadamente homosexual. Y la respuesta fue increíble, porque la película tuvo una respuesta de público en Cuba maravillosa, lo cual nos indica que muchas veces somos víctimas de esquemas que nos hacemos nosotros mismos. Los esquemas son muy peligrosos porque son parte de la mentira, y el ser humano es mucho más complejo, el ser humano es mucho más abierto, profundo y amplio de lo que uno pueda pensar en un principio”.

Para Zurita, el hecho de que Tabío se centrara en esa cotidianidad de lo cubano contribuyó a crear esa identidad.

Las locaciones, los personajes y  las visiones que manejaba en sus diferentes creaciones, siempre con ese humor y ese sarcasmo que le permitían profundizar en sus argumentos, reflejaban una realidad cubana que estaba ahí, pero a la que había que abordar con esa mirada tan particular que poseía Tabío.

La bella del Alhambra fue la obra más conocida de Pineda, y supuso un éxito rotundo. (Foto: Internet).

Aunque Tabío dio clases en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, para Zurita no tenía la vocación de Humberto Solás o el propio Enrique Pineda, fallecido el 12 de enero pasado, quienes estaban las 24 horas dispuestos a recibir a alumnos en busca de un consejo o de cómo resolver una determinada situación en una historia.

Hay que recordar que Tabío se vinculó al cine muy joven en el entonces recién creado Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), allá por 1968, y de asistente poco a poco fue escalando posiciones hasta convertirse en director, aunque él a veces dudaba de lo que era.

“Yo no sé si soy cineasta. Simplemente soy un hombre que hasta ahora ha hecho cine. Yo comencé a hacer cine a partir de coyunturas muy fortuitas. Cuando tenía 15 o 16 años estaba en una beca para estudiar servicio diplomático. De esa beca fui expulsado y da la casualidad de que la jefa de despacho del presidente del Instituto de Cine era amiga de la familia. Entonces, bueno, estaba sin hacer nada, hablé con ella y comencé a trabajar en el Instituto de Cine. Si esa señora no hubiera sido amiga de la familia yo estaría haciendo quizá otra cosa en la vida. La vida es la que lo va llevando a uno, uno no va llevando a la vida. Al final, la vida lo lleva a uno por donde van las cosas”.

Después de escuchar esta declaración de Tabío no es extraño que las casualidades sean elementos importantes en su cine, porque están ahí para ir moldeando la realidad y la vida que transcurre en esa cotidianidad en la que parece que nada pasa.

Zurita mantiene en su memoria una imagen que no olvidará nunca. Refiere que un día estaba en el Malecón, en La Habana, cuando vio venir caminando a Gutiérrez Alea y Tabío y parecían tan compenetrados en la conversación que ni siquiera tuvo arrestos para interrumpirlos, simplemente se limitó a saludarlos a la distancia.

La imagen, agrega, es valiosa porque eran para entonces ya dos consagrados del cine cubano y latinoamericano, pero seguían caminando la ciudad para percibir el alma del pueblo al que pretendían retratar en sus historias.

La presencia de lo cubano que consolidó Tabío con sus películas es uno de sus grandes aportes, no solo a su país sino también en el ámbito lationoamericano, considera Zurita.

“Lo importante del cine cubano y latinoamericano es la presencia, porque hay etapas en que los países no tienen imágenes consolidadas y tampoco muestran a las personas. Nuestro cine tiene validez a partir de esa presencia. Que sea algo que motive y dignifique esa identidad de los ciudadanos. En el caso cubano, ellos lograron superar todas las eventualidades, que han sido muchas en el proceso de la revolución, porque han tenido que luchar contra cortadas y embargos, y a pesar de ello han logrado sobresalir, no con un cine excepcional, porque no lo es, pero sí con un cine de presencia y que ha tenido mucha aceptación”.

EL “CONDE” PINEDA

Pineda Barnet pertenecía a una clase acomodada antes de la revolución de 1959 y cuando esta asumió el poder la familia se dividió. Una parte se fue a Miami y otra se quedó en la isla. La madre de Pineda decidió seguir en su país y esto marcó en gran parte el destino del hijo que siempre fue fiel a su nación. Era un hombre de gran fineza, recuerda Zurita, quien reconoce que incluso trató más a Pineda que a Tabío.

Quien conoció a Pineda debía saber que para nada le gustaba hablar del filme Soy Cuba, que buscaba retratar a esa nación antes del triunfo revolucionario.

La película en que participó Pineda como coguionista con el poeta Evgueni Evtushenko, de 1964, se convirtió en un fiasco.

Zurita recuerda que la comunicación que tuvieron era por medio de intérpretes y que pese a los esfuerzos técnicos al final el público no entendió la dimensión de lo que se proponían.

“Invité a Pineda Barnet a uno de mis talleres en Nueva York para hablar de Soy Cuba y de entrada se negó. Me dijo que de esa película no quería decir nunca más ni una palabra. Quería pasar página. Al final, eso era en 1996, lo convencí y la sala se llenó”.

Aunque al gran público no le cautivó el filme de Mijaíl Kalatózov, Zurita precisa que la calidad de la fotografía y el esfuerzo humano que representó ese proyecto fue monumental. A tal punto que muchos años después Martin Scorsese y Francis Ford Cóppola adquieren sus derechos para ponerla a disposición de los amantes del cine.

La película dura dos horas y veinte minutos y está estructurada en cuatro historias. Las técnicas utilizadas para filmarla fueron de avanzada para la época, así como los planos y otras consideraciones de esa índole.

“Pineda se avergonzaba de esa película y no quería saber nada de ella. Sin embargo, no se puede pasar de una creación así, que hoy es valorada por cineastas del mundo entero. Con el tiempo se revirtió la idea de que era un fracaso. Él se sentía orgulloso de La Bella del Alhambra y de Giselle, el documental en que cuenta el personaje que interpreta Alicia Alonso”.

El cine de Pineda se caracterizaba, refiere Zurita, por ser muy experimental. Había sido un hombre de teatro e incluso llegó a ser cantante. Aunque cuando se decidió por el cine se entregó en cuerpo y alma. Convirtió su casa en una extensión de su labor docente, porque siempre estaba dispuesto a la hora y el día que fuera a atender a sus alumnos o a los cineastas jóvenes.

“Pineda era muy versátil. Muy refinado en su hablar. Era una escuela escucharlo. Un maestro a tiempo completo. Y sabía quién era mejor para una labor u otra dentro del cine. Tenía esa capacidad de ver el potencial de cada uno donde mejor le convenía estar”.

En lista de espera, del año 2000, Tabío vuelve a emplear el sarcasmo para retratar con sutileza la realidad cubana. (Foto: Internet).

RELACIÓN CON COSTA RICA

Tanto Tabío como Pineda tuvieron acercamientos con Costa Rica, refiere el escritor Carlos Morales, quien recuerda que Pineda vino al país con motivo del 25 aniversario del Semanario UNIVERSIDAD y dio una conferencia en el Centro Cultural de España. De igual manera la sala Garbo proyectó La bella del Alhambra, el filme más logrado de Pineda y que ganara un Premio Goya 1990 a mejor película extranjera de habla hispana, otorgado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

“Pineda fue un figurón del cine latinoamericano y se le considera el gran renovador de la comedia musical latinoamericana. La bella del Alhambra fue una locura, y estuvo también en el teatro. La historia se basa en la novela La canción de Rachel, de Miguel Barnet, quien retrató en su historia a la vedette cubana Amalia Sorg”.

Refiere que Pineda fue un hombre que hizo de todo, desde cantante a mesero, pero que tenía una sensibilidad especial para captar la realidad de su pueblo. Por eso las crónicas de la época refieren que La bella del Alhambra fue vista por más de tres millones de espectadores en Cuba.

“En Costa Rica se pasó la película a sala llena en la Sala Garbo y la conferencia que Pineda ofreció también tuvo una gran afluencia de público”.

Fiel a su Cuba, Pineda siempre se mantuvo en su tierra al lado de su madre, recuerda: “Él tenía una relación especial con doña Esperanza. Aquí estuvieron y visitaron el volcán Irazú. Al final de su vida, al cineasta le dio por pintar, cuando ya estaba muy afectado por la enfermedad”.

Tabío, por su parte, viajó a Costa Rica poco después del aniversario de UNIVERSIDAD, al que no pudo asistir aunque estaba entre los invitados. Estuvo en el país cuando ya gozaba de la consagración que le había significado Fresa y chocolate.

“Tabío reflejaba en sus películas esa cubanidad. Era muy cubano. Lo conocí por Plaff, que ganó varios premios en el Festival de Cine de La Habana, en 1989. El guion lo había hecho el novelista Daniel Chavarría, uruguayo-cubano que también falleció”.

Su obra se distinguía por ser crítico sin renunciar a los desafíos que le planteaba la revolución: “Era crítico con el régimen, pero a la vez era muy sutil. Mostraba un gran respeto por las tradiciones y la cultura de Cuba. Tabío no era un desertor, un helminto, era muy cubano, pero veía grietas en la revolución y las pintaba en su comedia. Hacía en tu tiempo lo que hoy hace Leonardo Padura en su novelística”.

En el temprano enero, tras un año feroz de pandemia, Cuba se quedó sin dos visiones privilegiadas, pero dejan un importante legado en su cine y en su calidad humana.

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