El gran agitador cultural de Costa Rica en el siglo XX

Al cumplirse cien años de su nacimiento y seis de su muerte, la voz de Alberto Beto Cañas todavía retumba en el acontecer nacional.

“Yo soy una llama. Yo soy un fuego”: aquellas palabras de Roberto Brenes Mesén en la Escuela de Derecho en 1939 encenderían un sinfín de hogueras en el ánimo del joven Alberto Cañas Escalante y serían un estímulo inolvidable para las luchas que se aprestaba a emprender en el campo político, cultural y periodístico.

El 16 de marzo de 2020 se cumplieron cien años del nacimiento de Beto Cañas, como lo llamaban propios y extraños, y a seis años de su muerte (el 14 de junio de 2014), todavía hoy se recuerda con frescura al gran agitador cultural que tuvo Costa Rica en el siglo XX.

En esa tarea le precedió el prócer de la cultura costarricense Joaquín García Monge, quien desde Repertorio Americano, la Biblioteca Nacional, la Escuela Normal de Heredia y sus tertulias continuas abrió camino para agitar las ideas y el pensamiento costarricense desde una óptica cultural.

Osvaldo Santacruz, Pepe Vásquez, Rodrigo Durán, Aurelia Trejos Carmen Bunster, Ángela María Torres y Alberto Cañas, atrás, vistos por Hugo Díaz en “Operación TN… T”. (Foto: del libro Noches de Estreno con Hugo Díaz).

En esa faceta nadie le discute ni un ápice, de acuerdo con quienes lo trataron en el ámbito público y privado, y de su escuela de llamar a las cosas por su nombre y de hablar sin temor a lo que pensaran los otros, Cañas hizo un ejercicio que siempre agitaba las mansas aguas de la Costa Rica en la que le tocó vivir.

Novelista, articulista, dramaturgo y polemista: Cañas era un todo terreno que con su vozarrón inconfundible se abría paso muchas veces entre la mediocridad que lo rodeaba y de su impulso abarcador bebieron varias generaciones que vieron como el “viejo” figuerista creía en la necesidad de forjar un mundo mejor.

Sus preocupaciones políticas comenzaron muy pronto, antes de los 20 años, cuando pasó a integrar el Centro para el Estudio de Problemas Nacionales (CEPN) junto con Gonzalo Facio Segreda, Rodrigo Facio Brenes, Carlos Monge Alfaro, Isaac Felipe Azofeifa y Daniel Oduber, entre otros, en lo que sería el germen de lo que más tarde se conocería como el Partido Liberación Nacional (PLN). Aunque luego saldría de esta agrupación para fundar con Ottón Solís el Partido Acción Ciudadana (PAC).

A lo largo de su vida Cañas dejó una colección de frases ingeniosas y de greguerías como si en ese hacer quisiera competir con el padre de ellas: Ramón Gómez de la Serna.

Una de las que mayor impacto causó fue cuando dijo que la “Gradería de sol se metió a la Asamblea Legislativa”, con lo cual hacía el más breve y puntilloso retrato de lo que pasaba en el Congreso y en el país, y se anticipaba con creces a lo que sobrevendría.

Cañas, no obstante, era mucho más que una serie de frases ingeniosas. Fue el primer Ministro de Cultura que tuvo el país cuando en 1970 nació esa dependencia respaldada por José Figueres Ferrer, con quien tendría una amplia amistad y de quien sería un admirador incondicional.

Desde la trinchera del Ministerio de Cultura fundó la Compañía Nacional de Teatro (CNT) en 1971 (aunque pasados los años aseguró que extrañamente aquella lo había olvidado como dramaturgo) y el Departamento de Publicaciones, mediante la cual se fomentó la lectura y la cultura del libro impreso. ¿Quién fue y qué hizo? Fue una serie pionera para conocer las principales figuras de la cultura y la política costarricense.

El hecho de que se manifestara sin cortapisas, en un país que teme a la polémica y en el que los intelectuales gustan de lanzar la piedra y esconder la mano, lo convirtieron en un personaje que sacaba de la modorra al mundillo cultural y político, pese a que sus máximas figuras y la clase burguesa partía de que era la indiscutible suiza centroamericana.

A pesar de su verbo siempre afilado, pronto le reconocerían sus aportes y en 1976 recibió el Premio Magón, el más destacado galardón que una personalidad de la cultura puede alcanzar en el país.

GÉNESIS

Como lo cuenta en sus memorias 80 años no es nada (Editorial UCR, 2006), la llegada de Roberto Brenes Mesén a Costa Rica en 1939 constituyó un acontecimiento para un grupo de jóvenes que alrededor del Centro para el Estudio de Problemas Nacionales trataba de entender qué pasaba en la política nacional, sin perder de vista lo que ocurría en el exterior.

Brenes Mesén arribaba al país tras 20 años de dar clases en la Universidad de Northwestern, Illinois, y venía con la idea de agitar las conciencias que en un futuro cercano tendrían la responsabilidad de conducir a la nación.

La atmósfera en que se produciría aquel encuentro estaba precedida por años convulsos de la política costarricense. Ya habían caído los Tinoco y había gobernado León Cortés y se estaba, también, a las puertas del gobierno del Partido Republicano, primero con Rafael Ángel Calderón Guardia y luego con Teodoro Picado.

De forma tal que aquellas palabras: “Yo soy una llama. Yo soy un fuego”, pronunciadas por la voz fina de Brenes Mesén, que contrastaba con su fuerte llamado a una acción diferente, constituyeron un antes y un después en la vida de Cañas.

“¿Cuántos de nosotros, jóvenes urbanos, habíamos alguna vez conversado o intentado conversar a fondo con un campesino tratando de dilucidar su alma y sus aspiraciones”, les preguntó el viejo profesor.

Conforme Brenes Mesén iba exponiendo se iba ganando la admiración y el asombro del auditorio que lo escuchaba absorto.

“Láncense, muchachos, por esos caminos de Dios; recorran esta Costa Rica que no es tan extensa, entérense de lo que en ella ocurre y de los que en ella esperan. Hagan a un lado los libros, eso sí, sin olvidarlos; pero busquen su nueva sabiduría en las calles y en los caminos. Los libros no contienen recetas. Los libros iluminan, despiertan el cerebro, lo preparan para captar la realidad. Lo que ustedes han estudiado, lo que estudiarán en el futuro, los preparará”.

Y remató la reflexión de forma tal que no se olvidarán nunca de ella: “Pero ni un país ni una sociedad se salvan aplicando recetas de farmacopeas políticas, económicas ni sociales, sino aplicando la cultura individual y colectiva de sus dirigentes a la búsqueda de soluciones prácticas, factibles y adecuadas a la realidad ambiente”.

La respuesta a ese llamado de fuego y palabras no se haría esperar. Esa generación del 40 a la que pertenecía Cañas estaba ávida de acción y conocimiento.

“A pocos días de este encuentro, un primer grupo salió de San José con el profesor Brenes Mesén en gira dominical, para conversar, en alguna cabecera de cantón, con la gente que llegara al mercado. Y lo mismo el domingo siguiente y el que siguió. Para el análisis de las informaciones que recogieron los grupos que fueron formándose y que no estaban integrados exclusivamente por estudiantes de Derecho, se sintió la necesidad de organizar algo más que la ACED (Asociación de Estudiantes de Derecho). Y al comenzar 1940, se constituía el Centro para el Estudio de Problemas Nacionales, llamado desde su nacimiento a desempeñar todas las funciones que Brenes Mesén enunció en su conferencia de julio, ya sin la participación suya, porque lo primero que ese Sócrates hizo en cuanto vio a los estudiantes movilizarse, fue hacerse a un lado y decirnos: ‘Levántense y anden, pero solos”.

Nacía, así esa faceta que le acompañaría siempre: la de político, que lo llevó a ser ministro de Cultura (1970-1974), viceministro de Relaciones Exteriores (1955-56) y diputado en 1962-1966 y 1994-1998, entre otras funciones.

HUMOR ÁCIDO

A lo largo de su extensa vida, este abogado que poco ejerció su profesión para atender el llamado de la política y del periodismo de opinión, se le tachó muchas veces de cascarrabias, término que a él le habría hecho gracia, porque detrás de ese personaje que parecía enfadarse con facilidad, existía un hombre al que le gustaba y le definía su sentido del humor, el que trasladó a las columnas que con este fin tuvo en diferentes medios como el Diario de Costa Rica y el Semanario UNIVERSIDAD.

Así fue como en 1961 nació La Piapia, un semanario de humor político que tendría corta vida como medio independiente, porque, como lo cuenta el propio Cañas, el administrador desapareció los fondos del proyecto.

Diez años después de ese suceso, La Piapia volvería al escenario nacional, pero esta vez no como semanario independiente, sino como una publicación diaria en La Prensa Libre.

La vertiente del humor fue una constante de Cañas a lo largo de su vida. De ello da cuenta

Chisporroteos, que mantuvo por muchos años en La Prensa Libre y luego en La República, periódico del que también fue director. En este espacio tenía sus dosis de humor, mezclados con diatribas que se podía permitir por ser quien era. La columna fue cambiando de tonos hasta que adquirió uno más serio con el paso de los años.

Una prueba fehaciente de que el humor y la ironía se las aplicaba a sí mismo, como un filtro para calibrar más y mejor la vida, es una cita a pie de página que recoge 80 años no es nada, en la que precisa que en el ámbito literario nunca ganó nada, excepto el concurso de cuentos de 1964 convocado por la Dirección de Artes y Letras, que entonces era una dependencia del Ministerio de Educación. Se impuso con Una casa en el Barrio del Carmen. La labor de una vida y Voy a llamarte Aurora, presentadas como un conjunto.

Lo que vino después fue el desierto, en cuanto a concursos literarios se refiere, aunque  ganó el Aquileo J. Echeverría en cuento y novela.

En 1964 participé en un concurso de obras de teatro con La parábola de la hija pródiga, ganó El Capitán Pólvora de Manuel Angulo. En 1967 participé en otro, centroamericano, con La Segua; ganó Muerte y Ejecución de una Gallina, de mi malogrado amigo guatemalteco Manuel José Arce. En 1974, en el de la Editorial Costa Rica, con Ni mi casa es ya mi casa; ganó un Modelo para Rosaura, de Samuel Rovinski. Entonces desistí”.

En sus memorias Beto Cañas narra cómo a su generación la marcó la figura de Roberto Brenes Mesén. (Foto: portada del libro 80 años no es nada).

AGITADOR CULTURAL

Más allá de sus puestos oficiales en la política, el legado de Cañas se mide por haber sido el gran agitador cultural que Costa Rica tuvo en el siglo XX, actividad que practicó a lo largo de toda su vida.

Era un generador de ideas. No temía manifestarse por nada con la contundencia que exigían las circunstancias y tampoco temía dejar al descubierto las muchas falencias que fueron acompañando a la cultura, como la decadencia del teatro, del pensamiento y de la cultura en general.

Al referirse, por ejemplo, a la Escuela de Periodismo, la primera en el país creada por la Universidad de Costa Rica (UCR) en 1968, expresó: “El plan de estudios del que hablo hacía un fuerte énfasis en lo costarricense. Quiero decir: los aspirantes a periodistas debían llevar cursos de Historia de Costa Rica, Derecho Costarricense, Literatura Costarricense (más que literatura, cultura diría yo), todo sobre la base expuesta claramente por el Rector en su discurso inaugural, de que los periodistas deben conocer a fondo sus “fuentes”, y la fuente principal del periodista costarricense es su país”.

Acto seguido, con esa firma inconfundible, agregaba: “Posteriormente, una epidemia de pedantería invadió la escuela. Le cambiaron su sencillo y sonoro nombre por el de Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva (yo, ignorante que soy, sigo creyendo que la comunicación es un arte y no una ciencia), sustituyeron los cursos sobre Costa Rica, que no podían impartir los numerosos refugiados sudamericanos a quienes se necesitaba colocar, por materias teóricas aptas para ellos, tales como Psicología de la Comunicación y Sociología de la Comunicación, que vienen siendo hasta hoy objeto de chistes entre los estudiantes, que no logran entender la importancia o utilidad de tanta pseudociencia tropical”.

Sus palabras, como muchas que manifestó sobre diversos temas, sobreviven a la prueba del tiempo. Así remataba su reflexión sobre la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva, realidad que se puede extender a las escuelas privadas que hoy enseñan periodismo.

“(…) El plan de estudios no se ha subsanado todavía. Nuestros periodistas (salvo los autodidactas de siempre) desconocen la historia, la cultura, la geografía y la estructura política y jurídica de su país… pero han aprobado esas cosas que mencioné arriba”.

Esa labor de agitador cultural la ejerció desde su crítica de teatro, por muchos años en La Nación. Luego de su salida del citado periódico, hizo crítica de teatro y de cine en el Semanario UNIVERSIDAD.

A ambas labores debe añadirse la de crítico literario, faceta en la que se le recuerda por su amplia generosidad, dado que siempre buscaba estimular, en especial, a los jóvenes escritores a que siguieran con esa titánica tarea de contar historias.

Por sus posiciones contundentes respecto de temas de índole cultural y política, en un país temeroso de las ideas y las polémicas, lo volvió imprescindible; al punto de que hoy, tras seis años de su partida, su silencio empieza a pesar cada vez más.

Como era esperable, en su libro de memorias tenía que dejar a la posteridad una honda reflexión sobre el Ministerio de Cultura que él había contribuido a forjar.

“Vuelvo a mi paso por el Ministerio de Cultura. ¿Qué es lo que hace en nuestros días sistemáticamente, con continuidad, con tarea cotidiana? La verdad es que lo ignoro. Creo que ni siquiera pelea (en Planificación, en Hacienda y en la Asamblea Legislativa) un presupuesto decoroso que equivalga porcentualmente al que nos dio Barahona Streber. Y ante lo que puedo percibir como una burocracia desaforada y carente de la mística que caracterizó a todo, absolutamente todo, el equipo de 1970, he llegado a desinteresarme totalmente de lo que allí ocurre… si es que algo ocurre dentro de la magnífica sede que le construyó Aida Fishman, la gran embellecedora de la ciudad de San José”.

TRINIDAD

Junto con Daniel Gallegos y Samuel Rovinski, Cañas forma la trinidad de dramaturgos costarricenses de mayor peso y trascendencia entre 1970 y 1990.

Entre sus obras se encuentran Oldemar y los Coroneles, La Segua, Esta casa ya no es mi casa, En agosto hizo dos años, El luto robado, La Parábola de la Hija Pródiga, Una bruja en el río, Uvieta, Algo más que dos sueños, Tarantela, Operación TN… T, Cosas de mujeres y Naturaleza muerta con Violín.

El estreno de La Segua, en 1971 en el Teatro Nacional, se hizo con Kitico Moreno como actriz principal, pero un accidente que la obligó a hospitalizarse, al dar un paso en falso tras la realización de la pieza, hizo que entrara en escena ocho días después Haydée de Lev. Las funciones fueron de calidad y un éxito de taquilla.

En el caso de Uvieta, la obra tuvo tal calado popular que muchos años después de su estreno se hacían representaciones en distintos puntos del país e incluso en colegios con estudiantes como actores improvisados.

A Uvieta la interpretaron Luis Fernando Gómez, José Trejos y Ana Poltronieri y tuvo una gran recepción con más de 100 funciones.

Las múltiples facetas de este personaje único convocan a una mirada profunda y multicolor de su actuar como político, novelista, cuentista, dramaturgo, articulista y editor: cien años “no es nada”, incluso con reminiscencias de tango, para este agitador cultural por excelencia, cuyos ecos aún resuenan en la vida nacional.

El 14 de junio se cumplieron seis años de la muerte de Alberto Cañas Escalante, quien revolvía el ámbito cultural en sus múltiples facetas y gracias a sus valientes posturas como creador. (Foto: UCR).


Dos miradas

Álvaro Rojas, Director del Colegio de Costa Rica, y del cantautor Dionisio Cabal, expresan su percepción sobre la figura de Alberto Cañas.

Dionisio Cabal

“La luz de Don Alberto jamás acusó el paso de los años. Siempre coherente, consistente y nítido en sus posiciones, mantuvo su vigencia como pensador y actor político cultural hasta el final. Polémico en extremo, frontal y cáustico, fue un constante revulsivo de la pasividad, mediocridad y adormecimiento de nuestro medio cultural.

Su talante le garantizó muchas antipatías. Él no las despreciaba, más bien las desafiaba subrayando su pensar y su proceder. Por otra parte, nunca fue necesario coincidir con él o dejar de adversarlo en ciertos temas para tributarle sincera admiración. Impulsivo en ocasiones, se justificaba en la intención de lo que acometía. Se sabía provocador y ejercía plenamente”.

Álvaro Rojas

“Alberto Cañas representa la intelectualidad de la Segunda República, con sus aspiraciones y sus rivalidades. Fue un hombre de inteligencia inquieta, multifacético, abogado, periodista, escritor, político. En el campo cultural materializó en instituciones su visión política. El Ministerio de Cultura, la Editorial de la UNED son muestras del valor de su trabajo. Era un gran lector, cosa que no es común en la clase política contemporánea. Su novela Una casa en El Barrio el Carmen contribuye, desde la ficción, con el conocimiento de la Ciudad  de San José”.

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