Yanory Rojas: Indígena por encima de las diferencias

Dejó su familia y viajó cientos de kilómetros por ir detrás del estudio. Adaptarse al nuevo ambiente fue un reto que la motivó a defender con más fuerza lo que representa.

El viaje desde el territorio indígena de Boruca en Puntarenas fue largo. Yanory Rojas llegó a la residencia de la Universidad Nacional tan solo un día antes de arrancar el primer semestre de su carrera universitaria. A la vez, ese viaje fue doloroso: era la primera vez que se separaba de su familia.

Muchas cosas cambiarían. Quizá no tenía toda la noción de que la tranquilidad que se respiraba en su hogar quedaría atrás y que las tradiciones, las comidas, el idioma o las conversaciones en las hamacas no las encontraría en su nuevo hogar.  Eso no fue nada fácil. Esos dos ambientes bien podían ser considerados mundos distintos en un mismo país. Muchas cosas no calzaban.

Yanory es estudiante en la Universidad Nacional (UNA)  y de  la Universidad de Costa Rica (UCR). Es indígena antes que todo, como bien afirma. Es de estatura baja, piel morena, pelo por los hombros y cara redonda.  Se considera una activista interesada en temas relacionados con derechos humanos y defensa de los territorios indígenas.  

Su aventura académica inició en una escuela unidocente. Para ir al Colegio le tocó hacer un esfuerzo  mayor: caminar dos horas diarias -o más- todos los días. Escuchando a sus compañeros de la universidad se ha percatado que las condiciones de la educación que recibió, posiblemente, no fueron las mismas que vivieron otros de la capital.

Sus padres siempre la alentaron para que pudieran estudiar. Más que un privilegio,  eso lo ve como un derecho, pues desde pequeña entendió que ser de un territorio indígena no le restringía en nada para recibir una educación. 

Incomprensión

A seis años desde que se instaló en la Universidad, esta joven se las arregla muy bien para llevar el ritmo de dos carreras a la vez. Estudia  Planificación y Promoción Social de la Salud en la UNA y Antropología en la UCR.

El arranque de esta estudiante de 23 años fue duro. Las diferencias que sus compañeros le señalaban le eran incomprensibles y le lastimaban. Había cosas tan comunes para ella que resultaban tan diferentes para otros a su alrededor como preparar sus alimentos.

“Yo quería comer lo que tradicionalmente comía en  mi casa: arroz, frijoles, carne ahumada y el banano, que siempre fue como una parte muy importante de la dieta. Cuando yo llegué aquí y cocinaba banano la gente me decía: ¿por qué cocina esa cosa?”.

También cuenta que la volvían a ver extraño cuando pronunciaba palabras en Boruca; decir “Túshi” para referirse a la acción de agacharse. “La gente no me entendía y a la mayoría de la gente le parece interesante los idiomas, pero por ser idioma indígena era como: No, eso no tiene nada que ver con nosotros”.  

A lo largo de la vida de Yanory han estado presentes muchas personas, sin embargo, aquellas que ocupan los espacios más relevantes son mujeres. Foto: Katya Alvarado.

A pesar del tiempo, hubo cosas de su tierra que Yanory nunca dejó ni deja de extrañar: la tranquilidad, el silencio, las charlas en las hamacas con los mayores para aprender de su cultura. Yo lloré mucho, decía que me hacía falta la familia. Hubo momentos que yo ya no aguantaba el ruido de los carros, necesitaba estar en un lugar con más silencio. Yo vivía lejos del centro, entonces en mi casa alrededor  lo que había era árboles”.

Pero los pequeños ratos de silencio para reflexionar siguen siendo tan necesarios que, por más que hayan pasado seis años desde que dejó su hogar para salir a estudiar, sabe que las visitas a su casa son obligatorias al menos una vez al mes.

Ahora pertenece a una organización de estudiantes indígenas de varias universidades que se autodenomina Movimiento Indígena Interuniversitario de Costa Rica. Conocerlos fue una dosis de confianza y acompañamiento en un mundo que parecía muy distinto. 

 Tradiciones valiosas 

Cuando Yanory estaba pequeña su mamá la llevaba al río a recolectar agua, durante el trayecto surgían conversaciones que se transformaban en lecciones y aprendizajes sobre la cultura de sus antepasados. Su madre se tomaba el tiempo para explicarle el por qué de muchas cosas y de sus grandes tradiciones. También le contaba de las historias de los abuelos como cuando iban a cazar descalzos.

Su mamá solía llevarla donde una señora que hablaba muy bien el idioma Boruca. A ella le causaba mucha admiración. También la  llevaba a conversar con gente mayor que le contaba de las narraciones sagradas, sobre cómo se hizo el mundo y la  espiritualidad.

Cuenta que la espiritualidad es algo bien importante para ella y toda su familia, pues le enseñaron que está presente en todo lo que le rodea: “Desde lo que comemos, en los que los abuelos cazaban, en las prácticas tradicionales como ir a pintar el hilo, hasta con la naturaleza”.

A lo largo de la vida de Yanory han estado presentes muchas personas, sin embargo, aquellas que ocupan los espacios más relevantes son mujeres. Eso no es coincidencia, ya que para ella, en Boruca, las mujeres son las que que mueven la comunidad y organizan muchísimas cosas.

Por ejemplo, bien recuerda a la madrastra de su papá,  a quien describe como una mujer de  “mucha sabiduría en medicina tradicional”. Ella siempre tenía un remedio a la mano cuando alguien estaba enfermo. Según le han contado -puesto que Yanory es la menor de todos los hermanos-  esa señora era quien le ayudaba a su mamá con los partos y a cuidarlos después. 

Alzar la voz

Todas estas tradiciones para la joven no son poca cosa, es lo que la ha formado, es lo que lleva adentro y es lo que debe y quiere defender. Eso la alentó a  levantar la voz y jugar un papel activo en la búsqueda de mejores condiciones de igualdad para los pueblos indígenas.

La inquietud llegó un par de años atrás, aunque siempre trajo la espina y el interés por este tipo de temas.  Yanory relata que  una pequeña curiosidad a partir de sus vivencias fue la que la llevó a cuestionarse las injusticias relacionadas con temas de salud, de  violencia o del acceso a justicia.

¿Por qué las personas indígenas tienen menos acceso a educación superior, si es un derecho de nosotros, igual que como lo es para todo el resto de la gente del país”, reflexiona  en tono serio.

Este año se cumplen seis años desde que se trasladó. Adaptarse no fue fácil  pero las cosas ahora son  distintas. Sabe que queda mucho camino por recorrer, en parte muchas cosas que defender para los pueblos indígenas. En especial, qué más jóvenes indígenas como ella puedan cursar una carrera universitaria.   


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