Entre Yoknapatawa y Macondo se alumbró Zarcero

La regla general de nuestra producción literaria posmoderna es que las obras nacientes, en narrativa y poesía, no alcancen un nivel muy respetable.

Relatos de un tatarabuelo potencial

Cuentos

Hernán Solís Bolaños

Editorial de la Universidad de Costa Rica

360 páginas

2016

La regla general de nuestra producción literaria posmoderna es que las obras nacientes, en narrativa y poesía, no alcancen un nivel muy respetable.

Como se ha desatado la autopublicación y casi no existe ya el exigente jurado de preselección que tenían antes la grandes editoriales para ediciones de por lo menos 3000 ejemplares, lo que impera es la lisonja de la camarilla y los tirajes de 30 o 50 libros fotocopiados.

En ese maremágnum de pobreza librera, casi todo es descartable y, cuando por excepción aparece un libro que rompe con la medianía dominante, es una obligación soltar las campanas y salir a pregonarlo por las calles.

Tal es el caso del que, con el horrible título Relatos de un tatarabuelo potencial, la Editorial de la UCR le acaba de publicar a Hernán Solís Bolaños, un ingeniero en hidráulica (¡!) que consigue plantar al pueblito de Zarcero en las cumbres de la inspiración que consiguieron sus colegas con Yoknapatawa y Macondo; guardadas sean las proporciones del TEMA, como diría cualquier idiota en la tele.

En efecto, a pesar del feo y aparatoso bautizo, este conjunto de vivencias campesinas se yergue como la obra más cuidada, mejor escrita, más divertida y más profunda del acontecer campirano infantil del pasado siglo XX, hasta ahorita publicada.

Solís no es un novato en la incursión literaria, como suele ocurrir con los primerizos de moda. Se entrenó con esmero  para llegar a esto. Comenzó publicando articulejos en el Semanario UNIVERSIDAD, allá por los años 80, y luego se dejó venir con dos o tres libros que no tuvieron mucha repercusión laudatoria ni zambumbia de camarillas, pero sí un invaluable entrenamiento para él que hoy se ve cristalizado en ese encantador historial de Zarcero que nos trae a la memoria a Marcos Ramírez y nos dice que todavía hay autores que sí saben lo que es el canto poético de las palabras, el ritmo y cadencia del buen decir y la penetración psicológico-social y cargada de humor en los verdaderos valores de nuestra idiosincrasia. De hecho, es la pieza rural más rica y divertida que recuerdo desde Breve historia de todas las cosas de Marco Tulio Aguilera Garramuño (1975).

En esa onda de lo gracioso, lo hiperbólico y lo irónico, Solís recrea el Zarcero de su infancia, un pueblito lechero entre montañas preciosas que la frívola tele ha destacado por sus ingratas esculturas de ciprés vivo, pero que tiene todo un caudal de bellezas topográficas y un sin fin de historias humanas inolvidables que el autor irá desarrollando desde un enfoque memorístico infantil que nunca pierde el candor, pero tampoco le falta  hondura ni mucha fisga.

Con los crímenes y los odios de la Yoknapatawa de Faulkner, tiene menos que ver, si bien describe el laberinto de conflictos y diabluras que se suelen desatar entre familiares y vecinos de un pueblo chico, como aquel Mississippi del norte. Y con el Macondo de García Márquez, tiene mucho más parentesco, pues los Solís son, en Zarcero, un poco como los Buendía: dominantes, parientes de todo el mundo, constructores de todo lo que allí se haga o deshaga, inventores de los sistemas de ordeño, de los cachiflínes silbadores, de las reposterías más fantásticas, las competencias más inauditas y, en fin, todo un universo popular que el autor revive y salva para nuestro deleite, y conservación de las generaciones futuras. Todo con cierto aire de Aracataca.

Pero hay que decir lo principal: lo revive con una asombrosa gracia pocas veces vista en la literatura de nuestro siglo, heredera de Magón y de Aquileo y asistida por similares recursos que Hernán Solís aprovecha hoy como una catarata musical que le ha brotado después de su gran esfuerzo con Sexto: No exterminar (1984), Geometría de infamias y ternuras (1991) y El aprendiz de Redentor (1993). Además de estudios en México, Rumania, Turrialba e Inglaterra.

Digo gran esfuerzo, porque uno de los desafíos más serios, para un escritor, es encontrar el tono en que debe contar su trama. Allí radica casi siempre el fracaso del que opina que con “orinarse en la tumba de Debravo” va a conquistar la inmortalidad y la fama. Nada de eso, encontrar el do mayor o el si bemol para narrar una vida, es tarea de años que por lo general no se consigue. Solo lo alcanzan los verdaderos escritores, los que ya venían con el don de nacimiento y lo pulieron y lo pulieron con el paso del tiempo. Es el caso de este libro: una especie de recuento de memorias que sale del alma misma de quien las vivió, con toda su sinceridad y modestia, pero en un alarde de equilibrio entre contenido y continente, entre forma y fondo, que Aristóteles también hubiera aplaudido. Lo mismo que Waaly, el profesor de música que nunca dejó cantar al desafinado protagonista.

Está contado en primera persona, 32 capítulos con 360 páginas de formato grande, tipografía 12 con interlineado 14, pero con centenares de historias graciosas que merecen una fiesta en Zarcero con juego de pólvora y todo.

Con una naturalidad que asombra y seduce, Solís se puso a contar para sus herederos, lo que ya casi no existe en su pueblo, pero lo concretó en un molde de realismo ficción que se acerca mucho a la novela, aunque él jura que todo es verdad, “salvo unas cuantas jetonadillas”.

El resultado es un recorrido por la vida y costumbres de un reducto campesino en los años 50 del siglo pasado, contado como si estuviera con sus nietos alrededor de algún fuego amoroso, con uno de los mejores castellanos que he podido leer en los últimos años de la psicodelia poética y con una gracia tan eficaz y profunda que aplaudirían Magón y Aquileo.

Dice Joël Dicker en su último libro, que “uno no se hace escritor, la gente, los lectores, son los que lo ven y lo hacen escritor y esto solo se consigue al cabo de mucho tiempo” (cif). Hernán Solís decía que quería ser cantante, pero en el fondo lo que quería era cantar por escrito: ser un escritor, y a mi, desde la lejanía en que nos hemos visto rara vez, me da mucho gusto decirle hoy que lo ha logrado. ¡Ya cantaste Ingeniero!

Si me pongo un poco pesado (¿más?) podría agregar que el libro debió de cerrar con la época de infancia y dejar las últimas vivencias (adolescencia y juventud) para otra pieza de futuro, pero eso ya es peccata minuta y no andemos aquí con vainas, si lo que hay que hacer es prenderle una bombeta de doble trueno y triple éxito, como las que preparaba su tío Federico, o el dinamitero Tomás, ¿o era Edgardón acaso?

¡Albricias Sir Hernán!

 

 


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