Tocar el agua, tocar el viento

Polonia, principios del invierno, año treinta y nueve. Un profesor judío llamado Pomeranz huyó de los alemanes y se ocultó en los bosques.

Polonia, principios del invierno, año treinta y nueve. Un profesor judío llamado Pomeranz huyó de los alemanes y se ocultó en los bosques. Era un hombre rechoncho de ojos diminutos y mandíbulas anchas, casi diabólicas. Parecía un astuto espía de una comedia americana. Daba clases de matemáticas y física en el Instituto Nacional Mickiewicz de la ciudad de M. En sus horas libres se dedicaba a ciertas investigaciones teóricas, pues los secretos de la naturaleza despertaban en él una fuerte pasión. Se rumoreaba que estaba a punto de hacer algún descubrimiento en el campo de la electricidad o del magnetismo. Y sobre su labio superior cuidaba con cariño un fino y nervioso bigote. Al principio, Pomeranz se ocultó en medio de un bosque, en una cabaña abandonada que había pertenecido a un leñador llamado Dziobak Przywolski. El tal Przywolski había muerto la primavera anterior a manos de los campesinos. Lo mataron a hachazos porque siempre andaba por el bosque con un gorro frigio naranja y unas botas rojas, hacía pequeños milagros ante los aldeanos y proclamaba que su nacimiento había sido virginal. Entre otras cosas, era capaz de sanar una muela mediante encantamientos, de seducir a una joven campesina valiéndose de canciones de iglesia, de sacar a los perros pastores su lado más salvaje y devolverles la calma de un plumazo, y también de elevarse un poco en la oscuridad de la noche solo con que hubiese un viento propicio. Asimismo, solía eructar mucho y robar gallinas a diestra y siniestra. Una vez, en viernes santo, el leñador se jactó ante los aldeanos de que, si le golpeaban la cabeza con todas sus fuerzas con un hacha, el hacha se rompería. Así que le golpearon con todas sus fuerzas, y el hacha quedó intacta. A solas en la cabaña abandonada, Pomeranz observaba la lenta desintegración de las vigas del techo, escuchaba con extrema atención el bullir de los bosques por la noche, la violencia del viento azotando las oscuras copas de los árboles, la pena del follaje susurrante. Desocupado como estaba día y noche, se dedicó a pensar. A lo lejos, en las laderas del bosque, donde la maleza lamía las aguas del río, unos ingenieros alemanes dinamitaron todos los puentes del ferrocarril. Las distancias grisáceas y el aire húmedo y denso produjeron como un retardo, una especie de vacilación, entre el fogonazo de la explosión y el estruendo sordo. Esa demora, a pesar de ser fugaz, le confirió a toda aquella operación un aspecto casi cómico que hizo que Pomeranz, en su escondite, se viese asaltado por las dudas. Y en efecto, al cabo de dos o tres días, tras recibir nuevas órdenes, reaparecieron esos mismos ingenieros y, dominados por un entusiasmo febril, empezaron a medir furiosamente el puente y a repararlo todo de nuevo, a tensar cables de acero, a clavar tubos rellenos de hormigón, a levantar un par de puentes de campaña gemelos, a devolverlo todo a su estado original. Pero también en esa ocasión, las distancias y la luz otoñal confirieron un carácter absurdo, casi grotesco, a toda aquella frenética actividad que se estaba realizando a los pies de las laderas. Figuras de personas diminutas, voces perdiéndose entre las colinas, un horizonte gris y paciente. Cada tarde, tropas melancólicas desembarcaban e inundaban los bosques y las colinas de una penumbra turbia, desoladora. Pan y agua llevaba a la cabaña una vieja hechicera de pueblo. Campesinos asustados se acercaban de puntillas, de cuando en cuando dejaban un ganso degollado frente a la entrada de la cabaña, a una distancia prudencial, y desaparecían al instante en el seno del bosque: Dziobak Przywolski, el eructador hijo de la virgen, les había advertido de antemano que regresaría muy pronto transfigurado. O no había ninguna hechicera, ni campesinos, ni gansos degollados, sino que Pomeranz vivía allí en estado de pura espiritualidad.

Stefa Pomeranz no huyó con su marido a ocultarse en los bosques, sino que se quedó en su casa de la ciudad de M. Era profesora de pensamiento alemán en el mismo Instituto Mickiewicz y también mantenía una relación epistolar y telepática con el famoso filósofo Martin Heidegger. No le tenía ningún miedo a los alemanes: en primer lugar, detestaba las guerras y todo eso, además no creía en ellas. En segundo lugar, desde el punto de vista racial, Stefa era judía solo en cierta medida y, desde el punto de vista identitario, era absolutamente devota del continente europeo. Además, también era miembro de la Sociedad Goethe. Stefa se pasó todo ese tiempo sola en su pequeño y artístico piso, donde dedicaba unas cuantas horas al día al trabajo literario: estaba preparando las últimas investigaciones del profesor Zajicek para su publicación. Fuera ocurrieron cosas impactantes: Pomeranz huyó, Polonia se desplomó, aviones alemanes bombardearon las fábricas desde el sur, las terminales de ferrocarril, los cuarteles del Ejército, carros blindados corrieron durante toda la noche por la avenida Jaroslaw, al amanecer se cambiaron las banderas y Stefa cerró con repugnancia todas y cada una de las ventanas y contraventanas de la casa. Sobre el aparador del estudio había un guerrero africano, alto y delgado, tallado en madera y decorado con pinturas de guerra. Ese guerrero, que amenazaba noche y día con su enorme y feroz verga, parecía a punto de saltar sobre la joven delicada, rosa y desnuda del cuadro de Matisse situado en la pared de enfrente. Con Stefa también había dos viejos gatos siameses, Chopin y Schopenhauer, que dormían acurrucados el uno junto al otro sobre la alfombra frente al fuego de la chimenea y llenaban la casa de calma y de ternura. A veces, Stefa creía oír por el recibidor el susurro de los pasos de Pomeranz en zapatillas y el sonido seco de su tos. Y una vez, al amanecer, escuchó claramente cómo susurraban su nombre. Ahí estaban los utensilios de afeitado de su marido, ahí estaban el albornoz, el olor a tabaco, el recuerdo de su silencio. Por todas partes reinaba una limpieza enérgica, implacable, cocina reluciente, bañera impoluta, estanterías ordenadas y lámparas resplandecientes. Stefa se pasaba los días sola detrás de las contraventanas cerradas y, poco a poco, la casa se fue llenando de un sutil aroma a perfume. Desde la cornisa, muy por encima del piano y de todos los floreros, una cabeza de oso aterradora clavaba en los dos gatos siameses adormilados unos grandes ojos de cristal. Aquel oso gozaba de una paciencia irónica que casi rayaba la calma absoluta. Stefa era una mujer hermosa y altiva, desde su juventud todos los intelectuales de la ciudad habían anhelado intimar con ella sirviéndose de las ideas o de la literatura. Una señorita tan inteligente, tan artística, decían, y de repente, por un capricho, se entrega al hijo pasmado de un simple relojero. Ese tipo de caprichos, decían, se desvanece en un abrir y cerrar de ojos. Y hasta el apellido Pomeranz queda absurdo con el nombre Stefa. Y efectivamente, cuando los alemanes empezaron a cercar la ciudad de M., el hijo pasmado del relojero huyó solo a los bosques y dejó a Stefa a salvo en manos de sus admiradores, los intelectuales de la ciudad. Ella esperaba que consiguiera salir bien parado de todo aquello y que, algún día, volvería a verlo, no quería poner nombre a sus sentimientos, solo anhelaba al hombre y tenía mucha fe en sus capacidades. Noche tras noche se oían a lo lejos los disparos de las patrullas alemanas. Había frecuentes altibajos en la corriente eléctrica. Entre los operarios se dejaba sentir una evidente desidia: los basureros y los carteros descuidaban sus tareas. El jardinero borracho al que todos apodaban Corre Jesús se instaló de pronto, sin pedir permiso, en la caseta del fondo del jardín, y en sus ojos había un brillo de insolencia y de velada amenaza. Sonreía, adulaba, hablaba mucho, entraba y salía a su antojo. Mientras que la criada Marta de la trenza rubia, Marta Nomepellizques, abandonó para siempre al profesor Zajicek, en cuya casa llevaba siete años trabajando. Todos se disgustaron con ella y hubo quienes consideraron aquello como un mal presagio de cara al futuro. El profesor Zajicek, el orgullo de la ciudad, era un anciano erudito y viudo cuyo nombre era conocido en toda Europa. Tenía un semblante parecido al de Karl Marx, marcado por el sufrimiento y la sabiduría. El gobernador de la ciudad, un tal barón Joachim von Topf, promulgó un edicto: los batallones estaban obligados a confiscar la sede del Instituto. Por el momento, quedaban suspendidas todas las clases. Al final del edicto, el barón consideró oportuno dirigirse a los ciudadanos con una especie de fórmula de disculpas: las penalidades de la guerra pasarán y muy pronto será establecido un nuevo orden. Pero las dificultades se sucedieron. Los tranvías dejaron de funcionar, los precios se pusieron por las nubes, el antiguo campanario de la iglesia de San Esteban, una joya 13 arquitectónica de estilo florentino, fue derruido por una bomba errada. Noche tras noche se oía un ruido de ladrillos desplomándose entre las ruinas de la iglesia y a veces, por la noche, al caer, esos ladrillos golpeaban la campana, de ahí que se propagaran por la ciudad todo tipo de rumores infundados. Incluso en los círculos de los intelectuales católicos cundió la opinión de que todo era posible. Personas de todo tipo, incluidos algunos dignatarios, abandonaron la ciudad. En medio de la avenida Jaroslaw había un tranvía carbonizado, y un castaño arrancado rodó por allí durante varias semanas. El profesor Zajicek se quejaba con frecuencia a sus amigos más íntimos de una fuerte infección de vejiga. Circulaban rumores funestos, e incluso atroces: las mujeres contaban en el mercado que los judíos pobres, o los sacerdotes, o puede que solo los tuberculosos, estaban siendo trasladados por las autoridades a otros sitios. Era casi imposible probar la veracidad de aquellos rumores, enterarse de dónde procedían y de si tenían algún fundamento. Por las recónditas callejuelas, pequeños y despreciables contrabandistas campaban a sus anchas. Hasta la biblioteca fue cerrada durante un tiempo. Stefa cayó presa de la frustración: la guerra, con toda su inmoralidad y sus atrocidades, abría una posibilidad de rejuvenecer Europa, de refrescar ideas obsoletas, de ser testigo y partícipe de una inmensa conmoción histórica, y resulta que no había más que mezquindad y estrechez de miras. Unos soldados borrachos rompieron por la noche la histórica vidriera del Palacio de la Música. La estatua de Adam Mickiewicz fue profanada dibujándole un grotesco bigote que era asombrosamente parecido al fino bigote de quien fue allí profesor de física y matemáticas: ¿soldados embrutecidos o estudiantes desenfrenados? En la esquina de la calle María Magdalena, un cabo suabo se dirigió a Stefa en un alemán tan aberrante que se quedó consternada. De pronto se percató: era muy tarde. Y Stefa nunca había sido fuerte, todas las mañanas sufría de migrañas. Lo peor de todo: las comunicaciones postales con el mundo exterior se fueron deteriorando. Los viejos sellos quedaron fuera de circulación. Se confiscaron pianos en varias casas. El nuevo orden tardaba en llegar. Con astuta calma, unos ojos vítreos de oso lo observaban todo. Y en las tiendas de ultramarinos se acabaron por completo las sardinas de Portugal.


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