El periodismo visto desde la literatura

El periodismo está podrido. Por los muchos imbéciles que hay en las redacciones. Por los analfabetos funcionales.

La literatura, que tiene esa capacidad inimitable de profundizar en la realidad, nos pone frente a frente con el periodismo de nuestro tiempo en historias de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, con Cinco Esquinas, y Umberto Eco, que nos dejó antes de morir, una irónica y amena reflexión en Número Cero.

Ambos artículos se complementan con la mirada de dos periodistas de gran valía y de amplia experiencia: Manuel Bermúdez y Carlos Morales, en una edición del Suplemento Libros dedicada al periodismo, que vive una transición sin precedentes y cambios vertiginosos que podrían precipitarlo al vacío.

El periodismo está podrido. Por los muchos imbéciles que hay en las redacciones. Por los analfabetos funcionales. Por los que nunca han oído, ni oirán, hablar de ética. Porque al periodismo se lo tragó la tierra con el advenimiento supremo de la corrupción y la estupidez. Y, finalmente, por la falta de compromiso con la sociedad a la que sirve.

Este es el fresco que se desprende de leer Número Cero, la última novela publicada en vida por Umberto Eco (5 de enero de 1932-19 de febrero 2016) y que refiere la historia de un periódico –Domani– que nunca saldrá, en una trama ubicada en la Italia de 1992 y articulada con fina ironía, que recoge y retrata con fidelidad el estilo del escritor.

Simei el director, Colonna, jefe de redacción, y los periodistas Romano Braggadocio, Maia Fresia, Constanza, Cambia y Lucidi son prototipos de periodistas reales que pululan en las redacciones actuales y que no solo están sujetos al poder que ejercen los medios como un poder en sí mismos, sino que la ideología y las malas artes que se practican en ese entorno se les va metiendo en la piel, aunque quedan siempre utopías por cumplir como es el caso de Braggadocio, que sigue la pista de una oscura investigación, que lo lleva a los misterios del propio Duce, y que desencadenará serias consecuencias en su vida.

La gran metáfora que subyace en Número Cero es que detrás de este periódico todo está podrido: la idea real de Commendatore Vimercarte, que crea el diario para extorsionar a sus adversarios políticos y empresariales; el doble juego del director Simei, que admite la patraña de Vimercarte y a la vez prepara sus propias amenazas con el libro que escribirá el Dottore Colonnna para chantajear, cuando sea el caso, a su jefe, y el propio Colonna, que agobiado por su afición a ser un perdedor empedernido, tiene que torcer su moral y su ética, y aceptar la trampa a que lo arrastra su director.

Luego están Maia Fresia, que viene de las revistas del corazón y sus mayores aportes al periodismo están precedidas por su facilidad para redactar el horóscopo, Lucidi, que hace de doble, al estar ligado a los servicios secretos, Cambria y Constanza, que viven el día a día sin mayores aspiraciones, y Palatino, que provenía de semanarios de pasatiempos y crucigramas.

Una pequeña redacción de la que se extraen algunas lecciones, porque al fin y al cabo Colonna y Braggadocio reviven lo que hacían los periodistas de la vieja guardia: irse a preparar el periódico del día siguiente al bar, donde se eligen y se cuecen temas, donde se hacen relecturas de la realidad, para ir más allá de ella, para que se cree el sano ejercicio, hoy extinto, de interpretar los hechos al calor de la discusión, y, sobre todo, donde se practique algo que también fue expulsado del oficio: el arte de pensar.

Eco evoca este ejercicio con nostalgia. Ahora las redacciones son enjambres de periodistas que corren de aquí para allá y están siempre pendiente del número de clips por nota, y olvidan que el valor real y supremo que demanda la profesión es darles un sentido a los hechos, para darles así argumentos a los lectores que otrora confiaban en la veracidad de sus noticias, aunque, eso también, se ha ido por el despeñadero, porque ahora la verdad está en Facebook y Twitter, aunque circule por ahí que un norteamericano tuvo 1300 hijos extramatrimoniales, y la noticia se convirtió en una de las más compartidas, en un trending topic, como dicen los entendidos, sin que nadie se detenga a pensar que aquello no es más que una tomadura de pelo.

De Número Cero se desprenden algunas lecturas que el autor ha querido filtrar con suma sutileza y que recuerda axiomas que han estado siempre en la palestra y siguen aún sin resolverse: los periódicos dan cuenta de la realidad o son creadores de realidad, qué efectos produce la contigüidad de las noticias y, ante este panorama, por qué los periodistas tienen que aferrarse a eso que llaman ética, palabra que para los más jóvenes del oficio es absolutamente desconocida.

Y detrás de toda la trama de la novela –que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas de periodismo, si todavía los alumnos leen—queda patente que el ejercicio del silencio u omisión por parte de los periódicos es tan trascedente como el de la elección de qué noticias publicar.

Sobre los hombros del Colonna y Braggadocio corre la trama de Número Cero, y es precisamente este segundo, quien siguiendo la pista de la Red Gladio, la P2 de Lucio Gelli, y demás informaciones, da con un hecho que lo convierte en un blanco que hay que eliminar.

Detrás de esta recopilación de informaciones, muchas de las cuales Eco las sacó hurgando en los archivos judiciales, se desvela un elemento casi olvidado en el periodismo actual: la importancia del contexto. Es decir, si bien el periodismo siempre está amenazado por la hora de cierre, ya también inexistente por la inmediatez, darles a los hechos una justa dimensión e interpretarlos es esencial al oficio, y es lo que hace Braggadocio y por lo cual se gana un navajazo que lo tumba en la vía Begnara.

En esa parrafadas extenuantes de Braggadocio contándole a Colonna los avances de su investigación, que conducen al supuesto encubrimiento de la falsa muerte de Mussolini, idea con la que se regodea e ironiza a cada paso el autor, Eco rinde un ligero pero importante homenaje a David Yallop, autor inglés, que en su momento puso en contexto la muerte de Albino Luciani en En nombre de Dios, el mismo autor que anticipara, también, la corrupción en la FIFA, que tan de cerca ha tocado a Costa Rica con el entonces Presidente de la Federación Costarricense de Fútbol hoy preso en Estados Unidos.

Aunque la novela parte de un juego de espejos: un periódico que nunca saldrá, un libro para documentar la trama de ese medio ficticio y para que sirva de instrumento de chantaje, y el cual tampoco nunca será publicado, el autor filtra duras realidades como el no cubrir un tema porque afecta los intereses del Commendatore Vimercarte. ¿Habrá sucedido esta situación en la vida real de las redacciones costarricenses? ¿Siguen teniendo credibilidad los periódicos (y por extensión los medios) en esa carrera desmesurada por dar primero la noticia en perjuicio de la verificación de los hechos?

La propuesta de Eco es rica en matices y a pesar de que a veces aparece ese gusto por la erudición del autor, este mismo se corrige y se ironiza cuando afirma que debe corregir ese afán de la cita rimbombante para darles credibilidad y altura a sus escritos.

Profunda. Cargada de ironía: Número Cero es una gran metáfora del periodismo actual, en el que la superficialidad, el poder del dinero, la corrupción, y los intereses que rodean a los medios acorralan a la ética y a la verdadera razón de ser del oficio: informar sobre la base de un ejercicio serio, contrastado, responsable, y alejarse de las tendencias en las que todo se mide en clips, y se olvida que detrás de cada noticia hay seres humanos que respiran, sueñan, sufren, van al supermercado y todavía se casan en nombre de Dios.


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