Nuestra América: vida y utopía de José Martí

Este 28 de febrero se cumplen 165 años del natalicio del poeta, pensador y libertador cubano José Martí, cuya copiosa obra, en una breve vida_de_apenas_42_años,_lo_destaca_como_uno_de_los_intelectuales_más_importantes_de_América_Latina.

Este 28 de febrero se cumplen 165 años del natalicio del poeta, pensador y libertador cubano José Martí, cuya copiosa obra, en una breve vida de apenas 42 años, lo destaca como uno de los intelectuales más importantes de América Latina. Este artículo analiza la vigencia de su pensamiento, cuyas “constelaciones afectivas y redes de ideas, podrían suponer un retorno a los mecanismos esperanzadores, dinámicos y activos a los que a menudo se renuncia frente a las distopías de la modernidad y postmodernidad”.

A menudo, muy a menudo, José Martí hablaba con sus hijas sobre la naturaleza. Del correr del agua en el monte, de las hileras de hormigas cruzando la tierra. Les dibujaba las flores que veía, describía para ellas con minuciosa paciencia los paisajes que encontraba. Curiosamente, en esos paisajes, en el roce de las abejas en su boca, en el crecimiento del mundo en su cuerpo, siempre palpitaban otros cuerpos. Astrales, animales, humanos. Cuerpos que resonaban en una manera particular de enunciar, leer y vivir esos encuentros.

De esos puntos de contacto Martí obtenía materia vital, aparente desorden, una desembocadura incierta en la que todo tenía cabida. Tanto el rumor de las hojas en medio de la selva, como el ruido de las bocinas automovilísticas en Nueva York; la lectura que con fruición hacía de los textos de Emerson y Withman, como la de las cartas de sus hermanas; asistir a la exposición de los pintores impresionistas, como escribir una crónica sobre ello; una tarde de conversación pícara con su amigo Manuel Mercado mientras veían pasar a las muchachas por la Alameda Central en México; los poemas de amor a María García Granados –su niña guatemalteca– y las cartas de ella en respuesta; las conversaciones brutales con el viejo Tomás, su amigo y guía en Caimito de la Habana, donde conoció de cerca la esclavitud y sus violencias; atestiguar la pobreza de los barrios marginales centroamericanos en sus rutas migratorias; la formación del Partido Revolucionario Cubano en Cayo Hueso junto a Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada; enamorarse de Carmen Millares en Nueva York, discutir con ella las resoluciones del Partido.

Los cuarenta y dos años que vivió, siempre al borde de colapsos de salud graves, pueden medirse en el amplio trazo de sus viajes derramados por el mundo, en sus más de mil 500 cartas, en los cientos de crónicas periodísticas escritas en su peregrinaje por la tierra, en las miles de páginas políticas y afectivas con que armó un cuerpo de poesía, pero sobre todo, de utopía.

Pensar la vida

El sentido de utopía en Martí tiene todo que ver con su relación con la vida, así como con sus relaciones humanas. La utopía en Martí es siempre un mirar que se asombra con la belleza de la tierra y de los corazones humanos, que se duele por los horrores cometidos en esa misma tierra. En ese balance de fuerzas, la comprensión martiana de la utopía se construye como una ética política y afectiva. Digamos: una poética estética, política y afectiva en consonancia. Al respecto, Eugênio Rezende de Carvalho, en su libro América para la humanidad: El americanismo universalista de José Martí (editado por el Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la Universidad Nacional Autónoma de México, y traducido por Antonio Corbacho Quintela), señala lo siguiente:

En cuanto a Hispanoamérica, el diagnóstico de Martí fue el de una realidad caótica, fragmentada y conflictiva, la cual, en un esfuerzo por atribuirle una identidad, el discurso de Martí procuró ordenar y unir. Sin embargo, más importante que las unidades políticas y formales en el ámbito del continente americano era la unidad de alma y espíritu, una unidad en torno a los mismos valores universales y que respetase las diferencias, según él, útiles a la libertad.

Este americanismo universalista, según Rezende de Carvalho, la utopía martiana, no tenía que ver con la homogeneización del territorio ni con la abstracción de valores identitarios nacionales. Por doloroso que fuera el pasado, por imposible que pareciera la comunión desde las diferencias, Martí pensó en Nuestra América como un encuentro humano en el que caben las historias concretas de la gente que habita todos los días el espacio. Continúa Rezende de Carvalho:

“El americanismo de Martí asumió una orientación universalista por vía del humanismo. Fue un americanismo que pretendió conciliar, por consiguiente, una perspectiva de identidad regional americana con determinados criterios de universalidad. Un americanismo que buscó un punto de equilibrio entre la individualidad de cada nación y su integración en una totalidad nuestramericana, o, en otro nivel, entre una individualidad nuestramericana y una totalidad universal”.

En ese pensar universal que concilia muchos registros, el papel de la ética como principio estético resulta un referente fundamental para entender que en el ideario martiano, la utopía, como la vida, se construyen en congruencia con el pensamiento y la acción. Por este rasgo puede verse a Martí en sintonía armónica con su obra, como una realización de sí mismo: una parte del todo, que a su vez, es un todo completo.

Una ética de la esperanza

Lo que hace especial a José Martí no es solo su trato humano, ni su insospechada capacidad para la ternura y la firmeza, sino esa rara luminosidad en la forma de hacer de su comprensión universal de mundo una experiencia terrenal capaz de compartirse con cualquiera que tenga la paciencia de entablar diálogo con todas las pequeñas cosas, pues son ellas quienes revelan la pertenencia –y a la vez, la autonomía– a un universo en el cual la libertad de decidir nos convierte en los humanos que somos y, simultáneamente, en los que deseamos ser. El matiz de la esperanza martiana está en entender esta expresión de conocimiento, vinculadora de los saberes de la ciencia con los saberes del sentimiento, como un organismo vivo, en constante expansión y transformación; un conocimiento que se nutre de muchas fuentes, que se robustece conforme adquiere experiencias y atraviesa continuos procesos de transformación en los cuales (“conciliación paradójica”) hay lugar tanto para el cambio como para la permanencia.

En la crónica titulada “Maestros ambulantes”, que publicó en la revista La América, en Nueva York, en mayo de 1884, Martí construye esta idea:

“La mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra. Comieron y bebieron; pero no supieron de sí. La cruzada se ha de emprender ahora para revelar a los hombres su propia naturaleza y para darles, con el conocimiento de la ciencia llana y práctica, la independencia personal que fortalece la bondad y fomenta el decoro y el orgullo de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo”.

La experiencia literaria, ante este escenario, resulta en Martí no solo un mecanismo de expresión, sino una pulsante necesidad vital de defender esa convicción formativa, de tener fe en que si el mundo puede ser un lugar mejor, lo será en la medida en que los seres que lo habitamos estemos dispuestos a ser mejores en consonancia.

La literatura, para Martí, es la vida. En ella la literatura cobra forma; la misma Nuestra América es un ensayo. Para pensar la realidad política de su continente, Martí escribió un texto profundamente literario. Eligió esa forma maleable, porosa y viva que es el ensayo, como lugar para pensar lo híbrido, para tomar una postura ante la creación, la política, la estética.

Periodismo y crónica: la vida como materia

En el contexto decimonónico en que Martí escribe, la gran polémica en torno al arte se concentraba en dos frentes aparentemente opuestos: las teorías del arte por el arte como ausencia de posición política y de cualquier mediación social en la obra, y el circuito de profesionalización de la labor del artista. En términos de escritura, esto último significaba que los autores escribieran para “ganar el sustento”, situación a menudo concebida como un “vender” (prostituir) el arte propio.

Frente a esta disputa, Martí opta por una forma de hacer trabajo literario que renuncia a la contradicción aparente y a la fragmentación de los saberes. Elige la vida como materia fundamental del arte. Este guiño supone, entre otros movimientos, preferir géneros de publicación periódica como la crónica, no por verse obligado a trabajar en ello para sustentarse, sino por el convencimiento de que la prensa posibilita ampliar el espacio público de lo literario y, con ello, el encuentro dialógico entre voces y expresiones diversas. Como señala Susana Rotker en su libro Fundación de una escritura: Las crónicas de José Martí:

“Solo el periódico permite la invasora entrada de la vida: es justamente la vida el único asunto legítimo en la cultura finisecular. El periodismo fue una de las fuentes de aprendizaje natural para esta nueva sensibilidad que debía encontrar poesía en una cotidianidad invasora. Como dice (Martí) en el prólogo a Pérez Bonalde, en una afirmación que explica tanto el sistema de representación a través del símbolo y la analogía como el trabajo del cronista con una materia diaria y vulgar: ‘en la fábrica universal no hay cosa pequeña que no tenga en sí todos los gérmenes de las cosas grandes”.

Escribir en los periódicos significa tomar una decisión, una postura ante la difusión y el diálogo de la obra. Martí se suma a la sensibilidad autoral de época que construye en la crónica y el ensayo un laboratorio de ideas, un espacio para conversar, traspasar el papel, reconocer la grandeza vital de lo pequeño. Migrar. Continúa Rotker:

“Sus crónicas no fueron mero ejercicio estético o vehículo informativo; fueron, definitivamente, y sin por ello excluir a sus poemas o ensayos, su obra literaria. La crónica, por sus características, era exactamente la forma que requería la época. En ella se producía la escritura de la modernidad, según los parámetros martianos: tenían inmediatez, expansión, velocidad, comunicación, multitud, posibilidad de experimentar con el lenguaje que diera cuenta de las nuevas realidades y del hombre frente a ellas; eran parte del fenómeno del “genio que va pasando de lo individual a lo colectivo”.

De esa metáfora nace Nuestra América. De la palabra, la imaginación como un gesto crítico de interpretación de la realidad. Se imagina porque se resiste.

Ante el pesimismo que a veces se filtra en el potencial político de las generaciones que vivimos la transición del siglo XX al XXI, el estudio de las propuestas de José Martí en sus constelaciones afectivas y redes de ideas podría suponer un retorno a los mecanismos esperanzadores, dinámicos y activos a los que a menudo se renuncia frente a las distopías de la modernidad y postmodernidad.

En ese sentido, recuperar la fe y reconstruir la esperanza se parece bastante a una lucha a muerte por la vida. La utopía para José Martí estaba en esa batalla, librada desde el amor como energía revolucionaria. La imaginación crítica de una tierra posible, Nuestra América. Nuestra América como el agua y el pan y las hormigas cruzando la tierra. Nuestra América como la vida. Como las personas.

Tomado de La Jornada

 


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