Manuel Mora: su papel en la historia, ayer y hoy

Manuel Mora Valverde funda en 1931, con un puñado de jóvenes compañeros en la Escuela de Derecho, que entonces era el equivalente a una facultad dirigida por el colegio profesional correspondiente, el partido comunista.

Manuel Mora Valverde funda en 1931, con un puñado de jóvenes compañeros en la Escuela de Derecho, que entonces era el equivalente a una facultad dirigida por el colegio profesional correspondiente, el partido comunista. La Universidad de Costa Rica sería creada en 1941 por el gobierno del Dr. Calderón Guardia, con el apoyo entusiasta del partido fundado por Don Manuel.

No será sino con la huelga de 1934, la histórica huelga contra la United, la primera en que se derrota a este emporio imperial en la historia, que el partido se convertirá en una alternativa real de transformación revolucionaria y así será  asumido por todo el país. Al lado de Manuel Mora, en su condición de fundador y secretario del partido, emerge la gran figura como líder popular de Carlos Luis Fallas, Calufa.

Manuel Mora Valverde es Benemérito de la patria. Este diciembre se cumplen 25 años de su fallecimiento.

Pero eso no fue por casualidad, como nada en la historia es casual. El partido comunista costarricense emerge en la misma época en que los otros partidos comunistas en América Latina, a partir de 1929, como aplicación de las resoluciones de II Congreso de la Internacional, en apoyo y como solidaridad, pero también bajo la inspiración de la triunfante y joven Unión Soviética. Eso en un momento en que el capitalismo en su fase imperialista, como decía Lenin, sufría su primera gran crisis estructural universal que desencadena el crash de la Bolsa de valores de Nueva York en Octubre de 1929.

En contraste, los planes quinquenales de Stalin estaban dando resultados sorprendentes, hasta el punto de que la joven Unión Soviética, a pesar de haber apenas salido de la Guerra Civil en que se vio invadida por las 18 naciones más poderosas del mundo capitalista, lograba un crecimiento del 10% anual, mientras el mundo capitalista imperial se veía sumido en su mayor crisis hasta entonces. Todo lo cual desencadenaría en el surgimiento, como respuesta brutal y desesperada del capitalismo industrial, del nazifacismo en Europa Central encabezado por Alemania.

Con ello, se desembocaría en la II Guerra Mundial, la mayor hecatombe de la historia, en la que la Unión Soviética salvaría, gracias al heroísmo del pueblo ruso, a la humanidad de su mayor amenaza, como fue el Tercer Reich liderado por Adolf Hitler.

Es dentro de este contexto mundial y situados en una región geoestratégicamente de primera importancia en el mundo, como es la región del Caribe, que el joven Manuel Mora funda el partido comunista y comienza a escribir una de las páginas más gloriosas y significativas de la historia de nuestra patria.

Mora ve en el pensamiento marxistaleninista una ciencia conducente a la acción revolucionaria; es decir, trasformadora de la realidad, en un determinado momento histórico y en una circunstancia concreta del devenir histórico y cultural de un pueblo concreto, el suyo.

Manuel Mora concibe al partido como la conciencia racional que posibilita el análisis racional de los procesos socioeconómicos y políticos que configuran la historia de la humanidad, pero que se realizan de manera desigual, como decía Lenin; es decir, según las circunstancias históricas y culturales de cada país y de cada región en el planeta.

A la luz de este análisis científico, se concluye que el capitalismo ha entrado en su fase imperial como lo calificaba Lenin y que esta es su fase final, con lo cual, dicho sea de paso,  no se le ponen fechas de vencimiento como si se tratara de una mercancía perecedera (el filósofo no es un profeta, afirmaba Hegel). Con ese calificativo se señalaba el rumbo que siguen los procesos históricos de la actualidad.

Por ende, no se trata de copiar recetas o fórmulas, sino de analizar científicamente la historia de nuestro país y caracterizar el momento histórico que vive dentro del concierto de naciones del planeta. Uno de los  mayores méritos de Carlos Marx fue haber comprendido que la humanidad avanza gracias a saltos cualitativos llamados “revoluciones”, como fueron las que lideraron las burguesías nacionales en Europa, que comprenden dos fases: la burguesía financiera o precapitalista, y la burguesía industrial o de capitalismo desarrollado. Esta última fase fue la que vivió Carlos Marx. El mérito de Marx fue haber visto, a la luz de la dialéctica de Hegel, que las revoluciones no son producto de la casualidad, ni se hacen a base de voluntarismo, por más heroico que este sea, sino de la toma de conciencia de las contradicciones primarias o irresolubles, como las califica Lenin, del  capitalismo, como en nuestro tiempo lo vio Mao en su célebre libro sobre las contradicciones.

Mora gestiona la liberación de trabajadores presos por razones políticas.

La humanidad tiene siempre una propuesta racional y humana para asumir las crisis que se le presentan en la historia, pues estas crisis son el producto de la acción del hombre mismo.  Marx se propuso hacer del socialismo una ciencia, lo que Engels califica como “socialismo científico” en contraposición al “socialismo utópico”. Marx vislumbra las leyes científicas que rigen y explican los procesos políticos y, por ende, hacen no solo factible, sino necesario el surgimiento de las revoluciones socialistas en el mundo desarrollado, como Marx lo señaló en el capitalismo inglés, el más poderoso y desarrollado de entonces. Pero Marx fue más allá, pues estudió las periferias del imperio británico, como era la situación de Irlanda, India y China. Pero no tuvo tiempo de crear el instrumento que haría posible estas revoluciones en calidad de vanguardia de los procesos políticos modernos.

Marx ciertamente vio muy claro que el sujeto de esos procesos históricos eran los sectores explotados, liderados por el proletariado que aporta, con su mano de obra esclava, la plusvalía de que se nutre el capital en esta fase del capitalismo industrial. Marx no tuvo tiempo de forjar teoría ni desarrollar la estrategia para usar el instrumento que haría posible la revolución socialista. Esa fue la función que la historia le tenía encomendada a Lenin: la creación y organización del partido revolucionario, inspirado en los principios del centralismo democrático y concebido como un partido de cuadros con línea de masas.

Pero volvamos a la Costa Rica de finales de la década de los años 20. Manuel Mora entendió que había llegado el momento de fundar un partido de esas características, dado el vacío dejado por el movimiento revolucionario liderado por el general-sacerdote Jorge Volio, el Partido Reformista, que había dominado la escena política nacional durante toda la década de los años 20. Su fracaso se debió a que no fue propiamente un partido en el sentido estricto de la palabra, sino un movimiento inspirado en el extraordinario carisma personal de su fundador y candidato a la presidencia.

Mora y Figueres en la década de 1980 gestionaban la paz en Centroamérica.

El propio Manuel Mora en su juventud tuvo su primera experiencia política en ese partido. Con la distancia que da el tiempo hoy debemos reconocer que ese partido provocó una efervescencia, sobre todo entre las masas trabajadoras del valle central, como nunca antes se había dado en la historia de este país.  Mora sufrió en carne propia ese fracaso, pero entendió que había llegado la hora de fundar un partido que encauzara la dinámica social que había despertado la palabra encendida del General Volio. Costa Rica estaba fuertemente dominada en su política doméstica por la presencia y el poderío de una compañía imperial que dominaba a casi todos los gobiernos de la región, la United Fruit.  Fue allí, frente a ese monopolio y en la región más explotada del país, donde los comunistas encabezaron una huelga que catapultaría el partido a dimensiones nacionales y lo pondría a la vanguardia de los procesos políticos del país. En una concepción dialéctica no se trata necesariamente de cantidad sino de calidad, pues la cantidad al crecer da un salto que produce una nueva cualidad. Por eso el capitalismo, como lo muestra el Manifiesto de 1848, engendra el socialismo, como un salto dialéctico de una etapa superior.

La reacción de la oligarquía nacional y del imperialismo internacional no se hizo esperar.  Tal fue la administración de don León Cortés. Este gobernante se rigió por el autoritarismo antidemocrático de inspiración fascista, por lo que persiguió no solo a los comunistas, sino igualmente a intelectuales patriotas como don Joaquín García Monge. Pero con la alianza de los Estados Unidos liderada por Roosevelt y la Unión Soviética, durante la II Guerra Mundial, y la llegada al poder del Dr. Calderón Guardia, de inspiración social cristiana, don Manuel impulsa una unidad nacional de inspiración antifascita y que promueve la más profunda reforma social de nuestra historia.

Dicha unidad abarca no solo a partidos políticos y organizaciones sociales, sino también a la Iglesia católica, liderada por un hombre que nunca olvidó sus orígenes campesinos y que estaba dotado de una inteligencia brillante y una erudición histórica suprema, Víctor Manuel Sanabria, segundo arzobispo de San José. Así se concretó lo que algunos historiadores llaman “la alianza inverosímil”, alianza que lo fue por etapas, pues primero se hizo con el gobierno del Dr. Calderón en 1942 y luego con la Iglesia de Monseñor Sanabria en 1943. Así se hizo posible la gran reforma social.

La Guerra Civil de 1948 fue, en buena medida, una imposición del imperialismo yanqui que no podía permitir que, en su traspatio inmediato, un partido comunista tuviera tanto poder y aceptación popular; todo dentro del contexto del inicio de la Guerra Fría. Manuel Mora hizo otro pacto, cuyo objetivo era finiquitar la conflagración, la más sangrienta de nuestra historia, como fue el Pacto de Ochomogo, promovido por el Padre Benjamín Núñez y por don Manuel; con lo que de nuevo hay una alianza entre cristianos y marxistas, todo con el fin de preservar el mayor don, como es la paz basada en la justicia social y la democracia política.

Mora, Sanabria y Calderón en el desfile del 15 de setiembre de 1943.

Sin embargo, los grandes sacrificados fueron los comunistas que fueron proscritos en la Constitución Política de 1949 y no fueron legalizados sino hasta 1975 en el último gobierno socialdemócrata de nuestra historia, el de Daniel Oduber. Ahora se trata de construir un frente patriótico y antineoliberal que ponga las bases de una Costa Rica más justa y democrática como primer paso hacia la construcción de una patria socialista… a la tica. Tal es la tarea patriótica que nos corresponde cumplir a quienes nos hemos propuesto honrar la memoria de figuras históricas y prohombres de nuestra patria, como Manuel Mora Valverde, en estas primeras décadas del siglo XXI.


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