Los Libros

Libros que no son para leer  

Hay textos que se leen con el paso del tiempo y se vuelve a ellos constantemente por el tipo de información que contienen.  

Cuando ya había terminado mi último libro, y se encontraba en labores de parto en la imprenta, a punto del alumbramiento, me percaté de que había cometido varios errores (como siempre) o por lo menos falencias, que me hubiera gustado enmendar allí mismo. Pero no me dio tiempo.

Por ejemplo, me faltó 1) extenderme, y explicar, sobre ese aparente oxímoron que representan los “libros que no son para leer”; 2) me faltó detallar los efectos que tiene la lectura constante en la memoria y, también, 3) la importancia que tiene la crítica previa en la publicación de un buen libro.

Trataré de hacerlo ahora y luego veré cómo incluirlo en el producto ya publicado.

Mi texto La pasión del libro (Prisma 2020) es un homenaje a la lectura y, por extensión, un acercamiento a las actividades colindantes: la escritura y la tarea editorial.

Cuando lo concebí, lo quise como un texto breve, casi una confesión o un manual didáctico para todo tipo de público, en especial mis alumnos, a quienes está dedicado. Como me empeñé en la brevedad, consciente de que cada vez hay menos lectores en papel y más gente leyendo en pantalla (aunque la tortilla se puede volver), se me quedaron muchos temas por fuera, y eso ya no hay modo de enmendarlo. Empero, se puede hacer algo con en este artículo de prensa, y acaso repartirlo luego, de mano en mano, entre mis cuatro potenciales compradores, si es que los hay. O meterlo fotocopiado entre los libros en vitrinas. Nada es imposible.

LIBROS PARA ESTUDIAR

En mi recorrido por la lectura, y al cabo de unos setenta años en esa faena, descubro que algunos libros no son para leer: ¡son para estudiar! Son los libros que no están bien comentados en mi texto y que corresponden a obras de intenso aprendizaje y muchas veces de más difícil comprensión y tratamiento más largo. Porque una cosa es leer de corrido, en pleno disfrute del caudal musical e intelectual que destila una novela de Flaubert o un poema de López Velarde. Y otra, tratar de asimilar el conocimiento profundo que encierran ciertas obras didácticas, científicas o filosóficas.

Esas son las piezas que reposan más tiempo en la mesa de noche y, preferiblemente, en la mesa de trabajo o en el salón de estudios. Da lo mismo cualquier rincón con buena luz, por supuesto. Tienen estas un ingrediente de superación, de adquisición de conocimientos técnicos o escurridizos, cuyo placer no es el placer de la lectura poética, inmediata, que se concentra en la belleza y en los secretos del corazón, más que de la razón. Tienen un cierto grado de dificultad. Dirigen sus lanzas de sabiduría al lado izquierdo de nuestro cerebro.

Por ejemplo, he dicho que en mi mesa de noche tengo un bellísimo tomo de la Historia de la Filosofía, de Bertrand Russell, pero es un ejemplar distinto a los demás. Este no se mueve. Con sus 900 páginas sigue fijo en el sitio y solo se mueve el separador de Gabo que alguien me regaló en un cumpleaños. Es decir, es un libro para estudiar; para pensarlo. No se puede aligerar. Hay que asimilar párrafo por párrafo; subrayar; anotar en hoja aparte; ir a Google. En fin, un libro para estudiar, no exactamente para gozar, como pasaría con Madame Bovary o Mobydick, verbigracia.

Igual ocurre con los textos académicos, científicos, matemáticos, que se abordan desde una perspectiva distinta, y en eso el lector tiene alguna posibilidad de optar; pues los referidos libros para leer se pueden atacar con actitud de aprendizaje, de estudio, pero los libros para internalizar solo se pueden afrontar con una disposición reflexiva, de aprendizaje, o se pierde el rato y el tiempo. Vamos a ver, lo que quiero decir es que hay libros que no se pueden leer en el autobús ni en la playa.

Es lo que me ha ocurrido con Imposturas intelectuales, de Sokal y Bricmont, que lo voy releyendo por espacio de varios años y más bien se ha convertido en texto de consulta. Igual me pasó con Historia de la belleza, de Umberto Eco, que lo saboreé como tres años,  y ahora con su Historia de la fealdad, que va por dos. Es un tipo de deleite distinto, contemplativo o racionalista, con afán de perdurabilidad, como estudiar el álgebra de Baldor o el Shakespeare de Víctor Hugo o las Axiologías del profesor Pedro Haba… Si te apresuras, te pierdes.

Otros libros que no son para leer son los de pinturas, fotografías, estereogramas o juegos, siempre enriquecedores y que a menudo son para niños, pero eso ya se aparta del tema central que abarca La pasión del libro. También la Biblia, el Corán, el Talmud y códigos afines, son textos para consulta, y deben reposar siempre cerca, porque se leen en tractos. ¿Versículos? …Ah, y las enciclopedias, que han sido relegadas a la decoración porque Internet es la vía rápida de consulta. Ya no las reciben ni las compraventas.

De este agregado se desprende que hay varias actitudes para ingresar en la lectura, y eso se me había olvidado comentarlo, o ya no me acuerdo si lo comenté.

La enciclopedias, como la de Diderot y D’Alembert, que nacieron con esa visión abarcadora del conocimiento, y pertenecen a la categoría destacada por Morales.

EJERCICIO DE LA MEMORIA

En las páginas y programas televisivos de la prensa corronga, se ha puesto de moda dedicar mucho tiempo a los asuntos vinculados con la memoria:  cómo funciona, cómo se fortalece, qué son las sinapsis, cuál lóbulo cerebral es puro sentimiento y cuál es racionalista, cómo se interceptan, etc.

No hay duda que el estudio del cerebro, y todo lo que tenga que ver con él se ha puesto en la mesa. No solo por el aumento en los casos de Alzheimer, sino por los avances de la neurociencia y de la neurocirugía, que son cada vez más sorprendentes con sus hallazgos y posibilidades futuristas. ¡Ya te pueden intervenir el cerebro mientras tocas la guitarra!

En la educación formal de la antigüedad, no tan antigua, por supuesto, se insistía mucho en el valor de la memoria, y era prácticamente obligatorio aprenderse bastantes conocimientos por vía de la repetición: desde las tablas de multiplicar hasta parrafadas de Don Quijote y El Arcipreste de Hita.

Hoy parece ocurrir todo lo contrario: la memoria se ejercita poco y la enseñanza se inclina por lo audiovisual y lo instantáneo. Que alguien se conozca todos los adverbios o que pueda recitar completa Margarita, de Darío o El seminarista de los ojos negros, de Miguel Ramos o el monólogo de Segismundo, es algo excepcional, que si acaso se puede hallar en ciudadanos de la tercera y la cuarta edad. Pero esa no es una práctica vana, sino todo lo contrario, aunque ya no esté de moda.

Desde muy joven procuré acercarme a los sabios de mi país, y como creía que esa cualidad solo se hallaría en las personas mayores, cultivé fuerte amistad con los viejos. No voy a relatar aquí lo que fueron esas magníficas e inolvidables experiencias (en mis libros El Café de las Cuatro I y II se pueden encontrar muchas), pero sí puedo resaltar que todos ellos eran verdaderos repositorios ambulantes. Escuchar, por ejemplo, a Mario Roa Velázquez recitar, durante diez minutos, los versos de La Perrilla, de Manuel Marroquín; o a Alberto Cañas reconstruir con detalles los inicios del teatro en Costa Rica; o a José Marín Cañas la guerra de Coto, era cosa memorable.

Libros que no son para leer completa “La pasión del libro”, publicado en 2020.

En mi caso no es mucho lo que puedo repetir de memoria y, por lo que pueda ser de interés, relato aquí cuál fue mi método memorístico (¿archivístico?) utilizado en cuanto comencé la acumulación de libros.

Rechacé ad portas aprenderme las fechas y nombres que los maestros de secundaria se empeñaban en embutirme a fuerza de regaños, pero quise guardar en mi cerebro todo lo que las buenas lecturas pudieran abonarme y que sospechaba me servirían en el futuro. Claro, previa selección de lo que estimaba óptimo.

Me parecía –de puro adolescente– que jamás iba a tener campo en mi cráneo para almacenar todo ese bello conocimiento que acumulaban los libros, cada día más abundantes en casa. Pensaba, en ese entonces (craso error), que la memoria tenía una capacidad limitada. Entonces se me ocurrió que al no tener campo para todo en mis lóbulos corticales, lo ideal sería fundar un banco de datos. Así nació mi biblioteca, que primero fueron seis libros y hoy andará por unos veinte mil.

Al principio todo era fácil. Sabía dónde estaba cada libro y podía llegarle directo a cualquier pensamiento de su contenido, pero conforme creció el acervo, las cosas se han puesto cada vez más difíciles, si bien ya cumplieron todo su cometido, pues ya no tengo tantas urgencias como antes, cuando ejercía el periodismo diario.

Hoy la biblioteca sigue siendo mi cerebro o disco duro externo, y, aunque me cueste a veces llegar al título que busco, por lo general termino encontrándolo.

No tendría palabras para cuantificar el aporte que ha significado en mi vida ese manejo de la memoria, que siendo externa, exige también un control interno. Digamos que el software de las sinapsis, cuyo beneficio se extiende a todas mis condiciones de ser viviente.

Lo que sí tengo claro, porque está comprobado científicamente, es que la lectura moviliza y renueva todas las acciones cerebrales, por lo que las neuronas tienen menos posibilidad de asentarse o morirse, es decir, se renuevan más intensamente en los cerebros ocupados que en los que no leen, y un cerebro más alerto es menos propicio a todo tipo de males hoy tan evidentes. Sobre todo al mal de la falta de vocabulario, que ha vuelto monoTEMÁticos a todos los que salen en la tele, pues es la única palabra que conocen a fondo, y por eso no pueden argumentar sin usarla una y mil veces como muletilla. Salvo, que estén diciendo “referenciar”,  “film truculento”, “de un pronto a otro”,  “doceavo aniversario”, “accionar”, “aperturar”, y otras burradas similares.

Hay que cultivar la memoria leyendo mucho para desenvolverse mejor en la vida y para protegerse de una amnesia temprana, y no está mal agregar un disco duro o base de datos como auxiliar, para los casos en que ya las circunvoluciones cerebrales no rindan por sí solas.

La Biblia es un libro para sopesarlo que más para leerlo de corrido.

LA CENSURA PREVIA

Todo escritor debe tener alguien que lo censure. Que lo censure antes de publicar. Es lo mejor que le puede pasar; antes de que le pase lo peor.

¡He visto cada libro echado a perder por una pésima corrección o falta de autocrítica! ¡Verdadera lástima! Obras que se pudieron salvar con un poquito de amor y maquillaje.

El autor no es el mejor crítico de sus hijos. Nadie ve feo a su primogénito… Menos una madre. Y en el caso del libro, el autor es padre y madre, por lo que está expuesto a incurrir en doble error, y que así se lo cobren.

A veces un libro que pudo ser cuasi perfecto y que se publicó como desastre de menor valía, solo debió ser ordenado por alguien, o sometido a un consejo sabio independiente que al autor se le pasó por alto, para que se convirtiera en opera magna.

Los mejores críticos son los despiadados, los que no tienen pelos en la sin hueso para marcarle al texto las debilidades que lo hacen más merecedor de la basura que de las vitrinas. Y eso el escritor, cuando es auténtico, lo verá como un favor, no como una maldad.

Tengo como mi mejor crítica literaria nada menos que a la persona que duerme conmigo. Una lectora inexorable que a menudo me gana la carrera en esa faena y cuya opinión respeto sobremanera.

De hecho ningún libro mío sale a la calle sin que lo haya leído María. Eso solo me pasó con los primeros, pero era porque no la conocía. Y no se vaya a suponer que por esta cercanía de las almohadas puedo estar yo muy tranquilo. Nada de eso, es la comentarista más dura que puedo imaginar y me dice con toda franqueza, no sé si con algo de temor, todos los males que he garrapateado en mi lanzamiento inicial.

Pongo suma atención a su criterio. Sé lo bien alimentado que viene de sus lecturas intensas en varios idiomas y aunque no siempre le hago caso, de puro testarudo que soy,  siempre me ha sido útil escucharla y proceder a formular los cambios que me sugirió y considero convenientes.

Historia de la belleza, de Umberto Eco, es para disfrutar sin prisas.

Mas no es la única opinión. Debe haber otras. No muchas. En mi caso, tengo unos cuantos amigos, lectores de inéditos, que escojo según sea el género y el tema de la obra. Nunca publico un libro sin esa consulta previa. Recibo con agradecimiento todas sus opiniones, aplico las que estimo válidas y jamás me enojo o resiento porque sus apreciaciones sean duras o contrarias a mi razonamiento o sensibilidad.

Así, todas las críticas que se publiquen sobre un libro serán  siempre recibidas con afecto. Incluso las más negativas, pues implica el esfuerzo de una lectura, de un análisis, de una reflexión. Y si se vuelve un ataque contra lo que escribo, no es cosa que me dañe en lo personal. Cuando decido publicar un libro es porque ya pasé por donde se caen todas las letras.

Por eso me duele cuando algunos colegas (sobre todo los primerizos) se aventuran sin revisión en pos de la fama, y se llevan un planazo público que pudo haber sido evitado con tan solo aplicar este sencillo procedimiento.

Este razonamiento es un poco la base de la crítica periodística, por cierto, hoy inexistente en Costa Rica, y se apoya en el criterio de que sí importan los otros y lo que digan. Me explico: vivimos en función de la otredad y todo lo que esta diga sobre nuestro quehacer es una forma de retroalimentar al duende creativo, grande o chico, que llevamos dentro; siempre lo favorece.

Quien no soporta la crítica, bien o malintencionada, suele ser un mal profesional de su especialidad. Observen algunas de las cosas que ha dicho la crítica: “es alambicado, inverosímil, extravagante, peca de absurdo, de hinchazón, escritor del vulgo, de la canalla, carece de talento, carece de gracia”.

¿Y saben contra quien se dirigieron tales epítetos? Pues nada menos que contra el más grande poeta de todos los tiempos, el genio de Stratford Upon Avon: William Shakespeare.

Hay que escuchar a la crítica, pero mejor aun si es antes de que publiquemos el libro.

Y en todo caso, nunca hay que dejar de escribir por más palos que le peguen a uno. El que deja de escribir por ello es porque no es escritor de cepa. La escritura es una necesidad vital: cuando viene de lo profundo nadie la puede contener. Por eso yo escribo todo el tiempo, aunque sea para decir o aconsejar como es que escribo lo que escribo, que es este el caso.

Pretensión, acaso vana, pero de origen sano.

*Escritor y periodista.

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