Distopía era esto

Los adalides de la gig economy prometían que, si bien los sueldos no eran muy altos, esta permitiría reducir el paro, lo que luego permitiría aumentar los salarios. Mentían en todo.

“El Repartidor pertenece a un cuerpo de élite, a una orden sagrada. Rebosa esprit de corps.” Así empieza Snow Crash, la novela cyberpunk de Neal Stephenson. Publicada en 1992, nos presenta una sociedad estadounidense donde la agenda neoliberal se ha erigido triunfante; el gobierno prácticamente ha desaparecido, y su lugar lo ocupan las grandes corporaciones que lo controlan todo: franquicias, carreteras, divisas, agencias de seguridad privada que hacen las veces de policía. En este mundo decadente, buena parte de la población sobrevive como repartidores y korreos, encargados de entregar puntualmente los pedidos mientras se juegan la vida entre el tráfico a cambio del dinero justo para sobrevivir. ¿Les suena de algo?

Los adalides de la gig economy prometían que, si bien los sueldos no eran muy altos, esta permitiría reducir el paro, lo que luego permitiría aumentar los salarios. Mentían en todo.

Cuando leemos el término distopía mucha gente piensa automáticamente en obras como 1984, de George Orwell o Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Pero yo siempre he sostenido que quienes más acertadamente anticiparon los aspectos más oscuros y decadentes de nuestro presente fueron los autores del subgénero cyberpunk, más concretamente William Gibson y Neal Stephenson. Sus novelas, más allá de letreros de neón y tribus urbanas con las que se asocian estos universos, hablan de mundos donde el capitalismo ha triunfado en toda su oscura gloria, donde las corporaciones gobiernan soberanas en lugar de los Estados y el grueso de la población ha sido reducida a un precariado alienado que malvive de trabajos puntuales y mal pagados, como espadas de alquiler de la era digital tratando de arañar el dinero suficiente para seguir viviendo un día más. Un mundo en decadencia que, francamente, cada vez se parece más al nuestro.

No voy a descubrir a nadie, a estas alturas, lo que es la gig economy. Se han vertido ríos de tinta hablando de plataformas como Uber o Glovo, que llevan tantos años entre nosotros que ya las hemos normalizado en nuestro día a día. Pero con el mundo sumergiéndose de cabeza en la mayor crisis de este siglo, cortesía de la pandemia de coronavirus, las mentes que urdieron la gig economy no van a dejar pasar la oportunidad de enraizar hasta los cimientos su modelo de negocio en nuestra sociedad, siempre en nombre de la creación de empleo y el crecimiento.

La pasada recesión fue testigo del surgimiento de estas plataformas, que vendían las bondades de un nuevo paradigma de trabajo que permitía tener horarios flexibles y compaginar tu ocupación principal con ese otro empleo, todo desde la facilidad de una app. Los adalides que nos vendían este futuro prometían que, si bien los sueldos no eran muy altos, sus plataformas permitirían reducir el desempleo, lo que posteriormente permitiría aumentar los salarios. Por supuesto, mentían en todo. A pesar de que el número trabajadores de Uber y otras plataformas de ridesharing creció como la espuma, los conductores vieron cómo sus ingresos se reducían un 53% entre 2013 y 2017. No ha sido la única plataforma en la que ha pasado esto. Los conductores han tenido que trabajar cada vez más y más horas, hasta el punto de que algunos conductores viven en sus vehículos. Paralelamente, las empresas artífices de la gig economy se aferraron con uñas y dientes al mantra de que sus trabajadores no eran realmente “sus” trabajadores, sino agentes autónomos, simples usuarios de su aplicación, que debían correr con todos los gastos derivados de su actividad, pagar sus cuotas de autónomo y hacerse responsables de cualquier eventualidad. Se instauró un sistema de puntuación para los trabajadores por el cual, si su calificación descendía por debajo de un umbral arbitrario, estos perdían el acceso a la aplicación y, con ello, sus ingresos. Todas las conquistas, fruto de décadas de lucha por los derechos laborales, fueron barridas de un plumazo, eso sí, en nombre de la tecnología que venía a hacer nuestras vidas más fáciles.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte los gobiernos y la justicia han frenado una parte de los atropellos de estas plataformas. Numerosas sentencias han obligado a reconocer a sus trabajadores como asalariados, no como autónomos, o han obligado a pagar el salario mínimo a sus empleados. Y, aun así, lejos de disuadir a los inversores, todos estos contratiempos no han sido óbice para que estos destinen miles de millones en estos proyectos. Uber está valorado en más de 120.000 millones de dólares, pese a haber tenido unas pérdidas de 1.100 millones en 2019. Ese mismo año Glovo cerró una ronda de financiación de 150 millones de euros, a pesar de haber perdido 45,7 millones en el ejercicio anterior.

La única explicación posible para que tantos inversores se dediquen a arrojar dinero a estas trituradoras es que esperan que las condiciones cambien para imponer su sistema. Y es aquí donde entra el 2020 como elefante por cacharrería, con la economía desplomándose y el desempleo alcanzando cifras récord. Sin saber todavía si una segunda ola de contagios sumirá aún más al mundo en la crisis, es cierto que se avecina una larga temporada de recesión, terreno abonado para los abanderados del neoliberalismo y sus políticas de austeridad, pero también para una segunda ola de falsas promesas de como la gig economy es la única que nos puede sacar del atolladero.

Sus profetas no se detendrán en plataformas como Uber, Glovo, y similares. Su objetivo es claro: “uberizar” todos los sectores de la economía y la sociedad, incluyendo la sanidad y la educación. Nos hablarán de crear “mercados competitivos” y de cómo, mediante el libre mercado y la competencia, los salarios subirán y todos seremos más ricos, ignorando que la historia nos ha demostrado que mienten. Nos hablarán de cómo estas plataformas “apenas tienen barreras de entrada” y cualquiera con una app puede hacerles la competencia, escondiendo que estas compañías tienen a su disposición miles de millones que no dudarán en usar para deshacerse de cualquiera que ose competir con ellas y no tenga un capital similar. Nos venderán una utopía de libertad y milagros tecnológicos, cuando lo que nos quieren colar es un infierno de precariedad y subempleos con el único fin de hacer más ricos a los ricos, mientras el grueso de la sociedad se pelea entre ella por las migajas.

En tiempos de crisis es muy difícil no ser pesimista. Las distopías de las que nos hablaban los libros de ciencia-ficción de hace décadas se han colado en nuestras vidas por los huecos mientras no estábamos mirando, y ahora avanzan como una apisonadora sin frenos. Por eso se hace imperativo luchar con todas nuestras fuerzas. Es necesario, casi una obligación moral, creer que podremos salir airosos de este pulso entre una sociedad justa y digna para todos o una distopía de miseria y precariedad. Al menos ahora ya le hemos visto las orejas al lobo. Por mucho que las esconda tras una app.

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