Patricio Pron

“Las rupturas amorosas forman parte de un paisaje político y económico que las condiciona”

Premio Alfaguara de novela 2019, tres meses tardó Patricio Pron (Rosario, 1975) en escribir su último título Mañana tendremos otros nombres (Alfaguara).

Premio Alfaguara de novela 2019, tres meses tardó Patricio Pron (Rosario, 1975) en escribir su último título Mañana tendremos otros nombres (Alfaguara). Una historia sobre los sentimientos y los afectos en la que disecciona una ruptura amorosa, la historia de Ella y Él, en tiempos de Tinder, que le sirve como pretexto para retratar el contexto social en el que se enmarca. “Las rupturas -afirma- forman parte de un paisaje económico y político que las condiciona”.

Autor de libros de relatos como Lo que está y no se usa nos fulminará, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan y La vida interior de las plantas de interior y de novelas como No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, comparte Pron que, más allá del tiempo que le llevó documentarse, que fue mucho más, había cierta urgencia en este último título. “No permeaba a la escritura, no tenía ninguna urgencia en eso, pero sí la hay, y aparece en el libro, por dar cuenta de un presente que puede cambiar el mes que viene”.

¿Y se siente satisfecho con el resultado final?

–Todos los escritores nos sentimos especialmente satisfechos con el último libro. En especial aquellos escritores que tenemos la impresión de que estamos continuamente aprendiendo y estamos adquiriendo nuevas y más herramientas que defender. Sería relativamente frustrante descubrir que como escritor no he podido superar los estándares altos impuestos por mis libros anteriores. Siempre escribo contra lo que yo he escrito anteriormente. En este sentido, este título es una continuación de las obras anteriores pero también una respuesta. Por lo común, mis libros siempre se han aproximado al presente desde el pasado, otorgando una enorme importancia al hecho de que el pasado permea y moldea por completo nuestro presente, pero este es el primer libro en el que me he atrevido a mirar el presente a los ojos y tratar de comprender la forma en que vivimos hoy.

De hecho, a partir de la ruptura de sus dos protagonistas, Él y Ella, traza un retrato del contexto social, económico y político actual, ¿era algo buscado?

–Nunca establecí una distinción. Me daba la impresión de que las rupturas de quienes me rodean, y las mías propias también, eran y son parte de un paisaje político y económico que las condicionaba por completo. Se tiende a establecer una distinción muy importante entre el ámbito privado y el público, pero, al menos de la forma en que yo fui criado, esa distinción no existe. Todos creemos que nuestras historias de amor son únicas, que nos singularizan y que nos han sucedido solo a nosotros, pero el hecho es que tanto la experiencia del enamoramiento como la del desamor y la ruptura son fenómenos relativamente universales, condicionados por aspectos económicos y políticos, pero en última instancia asuntos que nos conciernen a todos. Y tenía la impresión de que el tratamiento del amor en las novelas contemporáneas en español, en particular, estaban subrayando este aspecto. Presentaban las historias de amor de estos personajes que se enamoraban y se desenamoraban en virtud de condicionantes propios de su entorno pero no necesariamente eran conscientes de ello, o no eran conscientes del marco más general en el que sus historias se inscribían. Me pareció interesante escribir acerca de dos personajes que sí lo fuesen, que sí fueran capaces de comprender que eso le sucedía a muchas personas y que lo que les estaba pasando constituía parte de una experiencia generacional y social.

Nuestra forma de entender el amor se remonta al amor medieval y al amor romántico pero, ¿considera que esa manera de sentirlo está cambiando? ¿Qué existe una nueva forma de amar?

–Efectivamente, la forma en que imaginamos las relaciones amorosas y cuestiones claves vinculadas con esas relaciones como el consentimiento, la adscripción a un género o a otro, los estereotipos vinculados con esos géneros adheridos, todas estas cosas están cambiando muy aceleradamente. En buena medida para bien, si uno considera la forma en que se pensaba, por ejemplo, las posibilidades y limitaciones en la vida de una mujer en una sociedad como la nuestra hace cincuenta años. Pero a su vez, como en todo momento de transición de un régimen a otro se producen excesos y sobre todo y al margen de ellos, lo que se produce es una enorme perplejidad en muchas personas. Una de cada dos parejas, según las estadísticas, se conforma hoy mediante alguna aplicación o página web. Y me parecía que era interesante hablar de este momento en España. La mayor parte de nosotros está viendo cómo estas cosas están cambiando y están contribuyendo a esa transformación pero, a su vez, no siempre sabe cómo integrar estas nuevas formas al ámbito de su vida privada. Es un momento muy interesante, precisamente por la falta de certezas. A mí lo que me interesa escribir es aquello que aborda esas situaciones en las cuales no hay certezas. En las que la moralidad imperante se ve puesta en cuestión y todavía no ha emergido un nuevo régimen, hay una especie de vacilación o de duda, que es por otra parte la duda que, según los sociólogos y numerosas estadísticas, más afecta a las relaciones amorosas en este momento.

¿Cómo influyen las nuevas tecnologías en nuestra manera de relacionarnos?

–Tenemos por una parte esos recursos electrónicos que facilitan el encuentro amoroso entre dos personas, tenemos una moralidad afortunadamente más permisiva que la que imperaba hace cien años y, por consiguiente y aparentemente, una mayor posibilidad de encontrar a una persona a quien querer y nos quiera. Pero, a su vez también, y de acuerdo a las estadísticas, las personas están insatisfechas; hay una enorme soledad y una gran dificultad para trascender el ámbito de las relaciones sexuales y constituir una pareja. Hay, al parecer, enormes dificultades por parte de los miembros más jóvenes de la sociedad para integrar la experiencia sexual a su vida práctica porque se han habituado a tener sexo al margen, sin que esto constituya parte de la forma en que se piensan a sí mismos o articule su vida cotidiana. Hace algún tiempo leía en la prensa británica un ensayo en el que se hablaba que se había producido un cambio muy interesante en el ámbito del porno. Antes los usuarios tendían a buscar actrices y actores reputados, mientras que últimamente solo se abordan características físicas o determinadas prácticas lo que supone; en algún sentido, que ya no se contempla al interlocutor como una persona sino más bien como una serie de atributos. Entonces, cuando una persona es reducida a una mera característica física se produce una despersonalización notable.

¿Se podría hablar, de hecho, de las relaciones como un producto de masas?

–Sí. Muchos libros abordan la cuestión del desplazamiento de la forma en que conseguimos el amor y que, en algunos contextos, se piensa como un capital. Un capital que no puede ser invertido tan solo en un objeto debido al riesgo que supone una inversión única sino que debe ser repartido en una enorme cantidad de objetos de tal forma que, si alguno de ellos no es satisfactorio, la inversión no se pierda por completo. La forma en que abordamos la ruptura en este momento también tiene que ver con cierta pérdida que es percibida incluso como material… Todo eso supone la que creo que es la pregunta clave en este momento. Por una parte, ¿dónde nos refugiamos de la explotación masiva de nosotros mismos y de los demás que se produce en el contexto de este régimen económico si no es en el ámbito relacional de las relaciones de pareja? Y, por otra parte, ¿cómo imaginamos un final feliz para esas historias de pareja si muchas de ellas imaginan al otro como una inversión o como una propiedad de la que se debe ejercer un derecho de usufructo?

En Mañana tendremos otros nombres indaga además sobre la diferencia entre amor y deseo, ¿cree que es posible que cada vez nos cueste más distinguir la diferencia e, incluso, eso nos genere una mayor frustración en las relaciones en pareja?

–Es posible, sí. Históricamente han estado separados. El ideal del amor romántico, que es puesto en cuestión en estos momentos, en realidad existe desde el surgimiento de la modernidad, pero no se constituyó como tal hasta el final de la II Guerra Mundial, cuando por fin las personas pudieron escoger libremente a sus parejas sin la presión de sus padres y sin la presión de los condicionamientos económicos. Entonces, realmente si lo piensas bien esta unión entre deseo y amor ha durado menos de cien años. No digo que esto sea ni bueno ni malo, porque esta novela no propone ninguna visión moral. Hay algo de contradictorio entre la demanda de apego que todos tenemos y un mercado que aparentemente ofrece personas como bienes de forma inagotable. En la experiencia de quienes usan plataformas de búsqueda de pareja es que es muy difícil decidir, no porque los candidatos o candidatas no sean particularmente atractivos o interesantes, sino más bien debido a que la oferta es tan grande que sería una estupidez quedarse con una sola opción. Estas cosas están condicionando la forma en que muchas personas piensan en los sujetos y los intereses amorosos. Piensan, pensamos, como sujetos integrantes de una sociedad, sujetos políticos y consumidores. Y en torno a la cuestión de los afectos y del deseo confluyen todas estas cuestiones claves para la sociedad, que tienen que ver con el concepto de la identidad.

En Oscuridad total, Renata Adler abordaba una ruptura amorosa como una pérdida también de identidad y un entorno de oscuridad, ¿lo siente así también.

–Creo que estas exploraciones comenzaron a ser hechas por un puñado de mujeres estadounidenses en los años 60. Esa literatura a la que hace referencia, la de Adler y otras autoras, es absolutamente pionera y pienso que solo en los últimos años hemos sido capaces de estar a su altura y comprender el potencial transformador que tenía. Ahora bien, si lo piensas con muy pocas excepciones la literatura en español parece no haber sido consciente de estos desarrollos o parece fingir que no se han producido. En ese sentido, pensaba, tal vez fuese necesaria una especie de actualización de esa literatura. A su vez creo que todo escritor debe medirse con estos temas. Precisamente porque son muy difíciles de abordar, más en un momento como el actual en el que hay tantas incertidumbres y tantas faltas de certezas. Tantas transformaciones tan aceleradas que nos producen una especie de vértigo. Yo pensaba que alguna vez iba a tener que medirme con una novela que abordase los sentimientos y los afectos y había llegado el momento.

¿Por qué ahora?

–Creo que hay una pista en el epígrafe del libro de Stoner, de John Williams. Yo tengo 43 años ahora, la misma edad que tenía Stoner cuando descubre que estaba equivocado respecto a lo que las relaciones amorosas eran. Las razones son múltiples, algunas privadas y otras públicas que tiene que ver con este momento tan particular en el que vivimos, este mundo de falta total y absoluta de certezas. También con el conocimiento de que había adquirido las herramientas para escribir este libro, lo cual nos devuelve al inicio de la conversación, cómo algunos escritores pensamos en nosotros mismos como personas o creadores mejores con el tiempo. No hay otra forma de aprender a hacer esto.

Tomado de El Cultural.


Mañana tendremos otros nombres

En las primeras páginas de Mañana tendremos otros nombres asistimos al final de la relación de pareja que mantenían dos personajes a los que en todo momento conoceremos solo como Él y Ella.

Desolado, Él llega a pensar que “ningún libro era necesario” ante la dureza de una ruptura, es decir, que al final carece de importancia perpetuar la propiedad individual de un libro o extraviarlo entre las pertenencias del otro. A continuación, rompiendo las expectativas que despierta semejante planteamiento “sentimental”, Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) narra no tanto una historia de desamor como el complejo estado de un mundo (un cierto mundo: occidental, urbano, profesional) en el que las relaciones personales se circunscriben a las leyes del mercado, y en el que cualquier forma de responsabilidad o generosidad en los afectos se convierte en un manifiesto político.

Así, el texto llegará a ser muy emocionante en su esperanzado final, para mí epifánico, pero el camino está construido mediante una prosa analítica, inquisitiva incluso, en la que cada latigazo de ironía sirve para remachar un cierto número de reflexiones sobre las redes sociales, la reducción del lector a la marginalidad del emboscado, la volatilidad de los encuentros entre individuos, la tensión entre el agotamiento de la fórmula monógama convencional y la fragilidad de la propuesta poliamorosa, etc.

Pron hace que las ideas circulen en sus páginas como acciones narrativas, que las ideas sean la trama y tomen cuerpo en forma de fenómenos estrictamente contemporáneos: grupos de WhatsApp, fotografías no solicitadas de penes erectos (“tótem de la urgencia”, los llama en una fórmula memorable), conversión del paisaje de la ciudad en territorio franquiciado…

No es azaroso que en Mañana tendremos otros nombres Él y Ella sean, respectivamente, un escritor de ensayos y una arquitecta: pensamiento y estructura vehiculados a través de dos prácticas muy creativas (aunque solo en contadas ocasiones trasciendan hasta lo artístico) que para tener sentido pleno requieren algún tipo de compromiso con la vida pública, con el presente y quienes lo habitan.

La novela pone el diseño narrativo (su estructura) a trabajar en el compromiso contra la lógica imperante del miedo, eso que Mark Fisher llama “realismo capitalista”, sorprendentemente parecida a la mentalidad de un depresivo y según la cual el estado de cosas es irrebatible y no hay alternativa.

También se compromete en el rechazo al giro reaccionario que vivimos hoy, ese empeño en enterrarnos bajo viejas identidades constrictivas. Hay una profunda curiosidad por lo real y sus demandas en este libro que, frente a esos “tótems” erguidos y nervados que circulan por chats privados de ligue, se alza como un talismán frente a la urgencia.

Y pesa sobre el libro una idea de amor hermosa y desgarrada que podría remitir al Bernhard de Maestros antiguos, y en él reencontramos la prosa cerebral del autor aplicada a un asunto a priori novedoso para él, y el resultado es magnífico.

Descubrimos por todas partes conexiones con lo mejor de la teoría feminista, con los debates en torno a nuevas masculinidades o nuevas redes afectivas, y sorprende que todo ello logre tomar forma narrativa, con algunas escenas notables (por ejemplo, el viaje a Brasilia de Ella).

En las últimas páginas, Él y Ella toman una decisión desafiante que vincula lo privado con lo político y el amor con las ideas, y el título adquiere sentido pleno.

Es en ese momento cuando el lector recuerda por qué algunos libros sí son necesarios (no su posesión sino su escritura, no su canonización sino su lectura), a saber: “Todas las personas que se habían resentido del estado del mundo -es decir, todas las que habían actuado con sensatez- habían expresado su disenso a través de la palabra escrita”.


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