La superación hegeliana de la hora de la angustia

Las circunstancias vitales de los filósofos no son periféricas ni inconsecuentes, sino por lo general muy instructivas para comprender y dimensionar las creaciones de su pensamiento.

Las circunstancias vitales de los filósofos no son periféricas ni inconsecuentes, sino por lo general muy instructivas para comprender y dimensionar las creaciones de su pensamiento. Algunas veces, incluso, la dimensión vital coadyuva con la develación de los secretos de obras prohibitivas, abstrusas y aparentemente especulativas hasta la hipertrofia. Tal es el caso de los vínculos subterráneos entre ciertos eventos de la vida de Hegel y la concepción de su Fenomenología del espíritu (1807): una de las obras cumbres de la filosofía moderna y de todos los tiempos. Empero, este circunstancialismo -como pretendo demostrar- es, en última instancia, limitado para dar cuenta de la actividad propia del pensar filosófico. Por ello, confundir vida y obra es un gesto típico de quien no comprende la procedencia del pensar. Y esto es algo que aprendemos, precisamente, de los entuertos vitales (y su superación) que rodearon la concepción de la fenomenología hegeliana, que me apresto, acto seguido, a narrar.

Inmediatamente concluidos los estudios de teología en el Seminario de Tubinga (donde, como es harto sabido, tuvo de compañeros de juventud a Schelling y a Hölderlin), el joven Hegel trabajó como preceptor, a saber, como simple maestro de hijos de familias adineradas. Se trataba de la opción laboral más sensata para alguien que había decidido, por una interna vocación filosófica, no seguir la carrera teológica para la cual estaba preparado después de los cinco años de estudios en el Stift.

En su clásica biografía de Hegel, Jacques D’Hondt narra algunos episodios humillantes que tuvo que soportar el joven preceptor en su periodo en Berna y en Fráncfort, tal como el trato despectivo de sus empleadores que lo consideraban parte de la servidumbre. Cuando muere su padre en 1799, Hegel pudo hacerse de una modesta herencia que le permitió liberarse por un tiempo de las estrecheces económicas de entonces y que, nel mezzo del camino de su vida, lo puso a soñar con sus aspiraciones literarias de convertirse en un filósofo y profesor universitario.

Recurrió a Schelling, quien lo invitó a una Universidad de Jena que, a decir verdad, estaba ya en decadencia después de la expulsión de Fichte en 1799, por la sonada polémica sobre el ateísmo, y a causa de la marcha de otros profesores eminentes como Voss y Paulus hacia otras universidades alemanas. Estaban todavía en Jena, eso sí, no solo Schelling, sino también los hermanos Schlegel, en torno a los cuales gravitaba, con alto poder de vibración, el círculo literario romántico. Pero Hegel todavía no había publicado nada significativo y apenas en 1801 obtuvo la venia legendi con su Dissertationi Philosophicæ de Orbitis Planetarum que le permitió convertirse en un Privatdozent sin sueldo, ni dietas de ninguna clase.

Durante su estancia en Jena, a Hegel le tomó al menos siete años independizarse de la sombra de Schelling, con quien se le asociaba por su Differenzschrift (1801) y el Kritisches Journal der Philosophie que editó junto con este de 1801 a 1803. Allí aparecieron famosos ensayos como Glauben und Wissen y Über das Wesen der philosophischen Kritik überhaupt… Publicados, por cierto, sin firma, lo cual daba la impresión de haber sido redactados por ambos filósofos, pero cuya autoría reconocemos de sobra por el estilo y el uso del lenguaje.

Si bien Hegel tenía fama de ser un docente dedicado y estudioso, algunos de sus estudiantes de aquella época lo retratan como un expositor balbuceante, tartamudo e inseguro. Si quería obtener una cátedra de profesor, debía publicar una obra que demostrase su talento filosófico y la valía de su pensamiento. Poco le convenía la percepción generalizada de ser un mero adulador de la filosofía schellingniana. Por ello, desde 1802, Hegel se hace el propósito de concebir y hacer publicar su sistema, pero Schelling marcha a Würzburg, y también los hermanos Schlegel abandonan la ciudad, lo cual disuelve el círculo romántico y precipita la caída definitiva de la época dorada de la Universidad de Jena.

Hegel no solo se queda sin interlocutores de altura, sino que sus recursos económicos se ven reducidos cada vez más. Por las amables y solidarias gestiones de Goethe, quien tenía a Hegel en gran estima, se le proporciona una plaza extraordinaria como profesor, pero los 100 táleros anuales que le correspondían por ese puesto apenas igualaban los recursos económicos de un estudiante de la época. Hegel está solo, empobrecido, y en Jena se escuchan los retumbos de los cañones franceses de la guerra, precisamente, cuando redactaba con toda celeridad los pasajes más densos y especulativos de la Fenomenología. En carta a su mejor amigo, Niethammer, Hegel le relata los avatares de aquellos días de guerra, que denomina la hora de la angustia (die Stunde der Angst), y su visión de Napoleón: “al emperador -esa alma del mundo- lo he visto salir cabalgando de la ciudad… Es en verdad una sensación maravillosa la de ver a un individuo tal, que así, concentrado en un punto, sentado en un caballo, toma el mundo con sus manos y lo domina”.

A estas vicisitudes se suma el hecho nefando del embarazo de Johanna Burckhardt, quien esperaba un hijo ilegítimo de Hegel que nacería precisamente en el año de publicación de la Fenomenología. Ludwig, el hijo natural, le causaría durante toda su vida muchos sufrimientos a Hegel, pues aparentemente no supo integrarlo a la familia que formó poco después con su esposa legítima y sus dos hijos. La única carta que se posee del hijo ilegítimo data de 1825. Está dirigida a Ebert y en ella Ludwig se muestra rencoroso con el padre, a quien llama, con la distancia y frialdad del caso, Herr Hegel: “el señor Hegel se despidió formalmente de mí a través de mi patrono, sin siquiera escribirme directamente. Yo aún le escribí una sentida carta de despedida desde Maguncia, la última que recibirá de mí, y con esto rompimos”. No obstante, existen múltiples testimonios documentales que demuestran la constante preocupación de Hegel por Ludwig, con quien rompe definitivamente cuando se le acusa de un hurto. Hegel monta en cólera y deja de escribirle. Ludwig se enrola en un ejército extranjero en Java, a la sazón colonia holandesa, y muere sin pena ni gloria pocos meses antes que su padre. No cabe duda de que el juicio de D’Hondt sobre la Fenomenología es apropiado: “¿Se ha concebido, redactado y publicado alguna vez una obra filosófica en condiciones más complicadas y más dramáticas que aquellas en las que se debatía Hegel? Como que acabó en una batalla”.

Antonio Gómez Ramos, el excelente traductor de la Fenomenología, se admira del apresuramiento en el proceso de redacción de la obra y las circunstancias externas en extremo complicadas que rodearon su concepción; circunstancias que -como afirma en el estudio previo de su traducción- “hacen admirar tanto más la brillantez de su estilo, su calidad literaria, incluso en su oscuridad, la altura de sus metáforas, la acidez de sus sarcasmos, su sofisticadísima construcción y la refinada trabazón, casi sinfónica, de sus motivos y argumentos”.

Todo fue sufrimiento. Con la intervención de los batallones franceses, Hegel se angustiaba por el destino de los capítulos que había enviado a su editor, Joseph Anton Goebhardt, por el servicio de correo. Su casa fue saqueada por soldados franceses y sus manuscritos revueltos. Hegel, consciente de los avatares de la guerra, se las arregló para andar siempre consigo los capítulos que todavía no le había hecho llegar a su editor. Este paró la impresión del libro y suspendió el contrato suscrito por la extrema tardanza con la que Hegel le hacía llegar las partes de la obra. Niethammer, como en otras ocasiones, salió al auxilio de su amigo, y se comprometió con Goebhardt a desembolsar una suma de dinero si Hegel no cumplía con la entrega de la totalidad del manuscrito para el mes de octubre.

El resultado es harto conocido. Un filósofo hasta entonces desconocido en un ambiente académico altamente competitivo, publicó, aparentemente de la nada, una obra de 800 páginas que dejó a los miembros más eximios de la cultura alemana con la boca abierta. La Fenomenología del espíritu es una obra de una originalidad tan pasmosa y una profundidad especulativa tan evidente, que cabe cualificarla como un verdadero acontecimiento del espíritu. No existe en la historia del pensamiento una obra comparable con la Fenomenología. Puede llamársela obra maestra con toda justeza, siempre que se comprenda bien que la acepción del término “obra” no es otra que ejecución, el devenir que produce, en la exposición misma, la verdad filosófica in actu. Uno se admira de su concepción tanto más cuando se tienen en cuenta las nefandas circunstancias en que fue redactada.

Haríamos bien, seguramente, en notar la procedencia vital de ciertas doctrinas fenomenológicas como la de “El placer y la necesidad”. Esa necesidad (Notwendigkeit) como infortunio que “sin duda se inspira mucho más directamente… en el significativo episodio de su propia vida en Jena” (D’Hondt). También la doctrina de la servidumbre (la dialéctica del amo y del esclavo) recuerda su periodo servil como preceptor. Sin embargo, hay un error de bulto, al menos desde el mismo punto de vista hegeliano, en subjetivizar e individualizar la concepción de una obra del pensar como la Fenomenología.

Según mi parecer, se lee mal la evaporación del individuo en el todo del espíritu cuando se piensa que, con ello, Hegel anula intencionalmente las posibles contribuciones de nuestra subjetividad. Es cierto que Hegel afirma que “la actividad que al individuo le corresponde en la obra total del espíritu no puede ser sino nimia (gering)”. Pero esto porque el pensar filosófico es la actividad del concepto mismo, y no la de la conciencia ni la de individuo alguno.

En la redacción prodigiosa de la Fenomenología, Hegel estuvo tocado por la actividad extraordinaria, no de sus pensamientos como individuo, sino de la conceptualidad (Begrifflichkeit) misma. Su compleción fue posible solamente por esa confianza arcana de los pensadores que saben, en el fondo, que han sido llamados para la concepción de algo grande, que no se sabe muy bien qué es, ni de dónde proviene. Así, como afirma en uno de sus cuadernos de notas, “no se trata ya solo de pensamientos… Se trata de conceptos. Pero, mientras que a aquellos se los puede hacer valer inmediatamente y por sí mismos, en cuanto conceptos, en cambio, se los debe hacer comprensibles conceptualmente, con lo que la forma de la escritura se altera y adquiere un aspecto que exige un esfuerzo quizá incluso penoso, como en Platón y Aristóteles”.

Para los psicologistas y los reduccionistas sociológicos, esta distinción entre el pensamiento concreto del individuo y lo propiamente conceptual resulta inaceptable por arcana y misteriosa. Sin embargo, no es que Hegel destruya el individuo, sino que rechaza una individualidad atómica y abstracta: un sujeto vacío. Este debe ser superado (aufgehoben) en otra disposición, que compenetra la conciencia y su contenido en el concepto (Begriff). La verdad, así, no es nunca algo individual, sino el todo del espíritu. Se me perdonará el infundio, pero nada hay más alejado de Hegel que una interpretación sociológico-cultural del espíritu (Geist).

Esto, por cierto, es lo genuinamente hermenéutico de la Fenomenología hegeliana. Todo comprender conceptual verdadero es un acontecer, es decir, una forma de estar hechizado por la Begrifflichkeit. Así, si se logra comprender, si se logra transformar el pensamiento en concepto, esto nunca acaece de forma expresamente asumida, como si lo comprendido me perteneciera o viniera de mí. Todo lo que procede de nosotros podría ser quizá una muestra de talento pero, como reza el poema de Rilke, ello no es más que botín sin importancia (läßlicher Gewinn); no es otra cosa que lo que nosotros mismos hemos arrojado (Selbstgeworfenes). Lo verdaderamente fundamental es la facultad de atrapar el balón eterno que no sabemos de dónde viene, a saber, solo así esa Vermögen (o facultad) no será nuestra, sino del mundo.

La expresión “pensamiento hegeliano” es entonces un oxímoron, a saber, una contradictio in terminis, pues su carácter verdadero no le pertenece a Hegel, el individuo. Más bien, el individuo “tiene que olvidarse tanto más de sí” (Phä., p. 49). Nada que provenga de uno mismo puede valer, según Hegel, “para la manera en que se haya de exponer la verdad filosófica” (Phä., p. ii). Y tan solo olvidándose de sí y abandonándose enteramente a lo concebible (begreiflich), ha podido Hegel superar las contrariedades de sus circunstancias y esa grave hora de la angustia que lo embargaba mientras redactaba la Fenomenología del espíritu.


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