Alain Deneault

“La mediocracia es la antesala de una revolución”

En pocos años se convirtió, junto a Naomi Klein, en uno de los intelectuales más importantes de la izquierda crítica de Canadá

En pocos años se convirtió, junto a Naomi Klein, en uno de los intelectuales más importantes de la izquierda crítica de Canadá, tras publicar varios libros sobre las multinacionales mineras y las facilidades que concedía su país a los paraísos fiscales y reflexionar sobre la «gobernanza» como una forma de transformar la política en una retórica de gestión puramente gerencial y altamente coercitiva. En su nuevo libro, Mediocracia (Turner), el filósofo y profesor de ciencias políticas en la Universidad de Montreal, Alain Deneault (Quebec, 1970), se hunde en las raíces de nuestro sistema social para descubrir por qué las mediocridades están sobrerrepresentadas en el personal de las empresas neoliberales y en los pasillos del poder contemporáneo, es decir, por qué vivimos en una mediocracia.

Analizando varios aspectos actuales, ya sea el mal estado de la investigación universitaria, la perversión del lenguaje público y privado, el reinado de expertos o el viraje de la política hacia un centro extremo donde se desdibujan sus ejes, Deneault alerta de que “vivimos sin advertirlo en un sistema donde los individuos son destruidos por la invasión de las normas empresariales, y sometidos sin su conocimiento, incluso en el uso de las palabras mismas, a intereses capitalistas cada vez menos distintos del poder público”. Y añade que “la mediocracia no es solo un desarme intelectual, también constituye una herramienta para desmantelar la soberanía del Estado a favor de las corporaciones multinacionales”.

¿Qué es exactamente la mediocracia, qué la caracteriza y en qué nos convierte?

—Mediocridad es en francés, como en español, el sustantivo que designa lo que es promedio, como “superioridad” e “inferioridad” se refieren a lo que es superior e inferior. Ser mediocre es encarnar el promedio, querer ajustarse a un estándar social, en resumen, es conformidad. Pero esto no es en principio peyorativo, pues todos somos mediocres en algo. El problema de la mediocridad viene cuando pasa a convertirse, como en la actualidad, en el rasgo distintivo de un sistema social. Hoy en día nos encontramos en un sistema que nos obliga a ser un ciudadano resueltamente promedio, ni totalmente incompetente hasta el punto de no poder funcionar, ni competente hasta el punto de tener una fuerte conciencia crítica. Aquellos que se distinguen por una cierta visión de altura, una cultura sólida o la capacidad de cambiar las cosas quedan al margen. Para tener éxito hoy, es importante no romper el rango, sino ajustarse a un orden establecido, someterse a formatos e ideologías que deberían cuestionarse. La mediocracia alienta a vivir y trabajar como sonámbulos, y a considerar como inevitables las especificaciones, incluso absurdas, a las que uno se ve obligado.

Este modelo mediocridad se ha establecido y afianzado a lo largo del siglo XX, ¿por qué ha sido así y cómo se ha extendido a todos los niveles que detalla en el libro: educativo, económico, cultural y político?

—En el siglo XIX la mediocridad se refería al temor de la burguesía al surgimiento de la clase media, que insistía cada vez más en que podría desempeñar un papel en áreas que alguna vez se reservaron para ella, como las artes, las ciencias, la política o el ejército. Desde esa época, autores completamente diferentes como Marx, Max Weber, Hans Magnus Enzensberger o Lawrence Peter informan de una paulatina evolución, lo mediocre se convierte en el referente de todo un sistema. En el siglo XX hay una inversión de la relación: la “mediocridad” ya no denota lo que la clase dominante teme, sino lo que organiza: un orden en el que los agentes se comportan de una manera media, intercambiable, predecible y remota. Los mediocres tomaron el poder casi sin darse cuenta, como respuesta a una evolución de la sociedad en dos aspectos. El primero, fue la transformación gradual de los oficios en empleos; esto implicaba una estandarización del trabajo, es decir, algo promedio. Se ha generado un tipo de promedio estandarizado, requerido para organizar el trabajo a gran escala en el modo alienante que conocemos, y hemos hecho de este trabajo promedio algo incorpóreo, que pierde significado y que no es más que un medio para que el capital crezca y para que los trabajadores puedan subsistir.

“El otro aspecto de esta toma del poder”, continúa Deneault, “fue la aparición de corporaciones multinacionales en muchos sectores después de la Segunda Guerra Mundial, lo que alentó el desarrollo de protocolos de trabajo estrictos y controles administrativos globales”. Algo que hoy en día, explica, se ve acentuado y consolidado por “la financiarización del capital, que nada a favor de una oligarquía accionarial obsesionada solo por los rendimientos financieros. El trabajo, ahora estandarizado, se reduce a una actividad con criterios precisos e inflexibles que solo permite la subsistencia. Como profesor, como administrador, e incluso como artista, uno está obligado a someterse a modalidades hegemónicas para subsistir”.

Achaca buena parte de la consolidación de este sistema al ámbito educativo, universitario, ¿cómo fomenta y sostiene la mediocracia?

—La propia universidad anuncia su desviación tan pronto como asume su autoridad sobre algo más que las facultades de la mente. El conocimiento y el significado no pueden surgir del tráfico basado en intereses. Los profesores que hoy venden resultados de investigaciones a las empresas que las financian no se distinguen de los sofistas descritos por Platón. La universidad no debe privilegiar de ninguna manera las preguntas que interesan a sus “clientes”, que para ella son las empresas y las autoridades públicas. Realizar trabajos de investigación en instituciones financiadas por los ciudadanos debería servir para proporcionarles conocimientos, conceptos y análisis desde los cuales puedan pensar libremente sobre su mundo, pero esto no ocurre hoy en día. En lugar de los intelectuales de antaño, hoy domina la figura del experto, que, como explicaba Edward Said, traduce de una forma pseudocientífica un posicionamiento que es, ante todo, los intereses de quien lo patrocina, sean empresas que van en contra del medioambiente o políticos que quieren llegar al poder. Y esta falta de independencia es algo dramático, pues no genera universitarios con pensamiento crítico, sino trabajadores para el sistema.

Durante todo el libro critica la deformación del lenguaje en todos los ámbitos, ¿hasta qué punto es clave cuestionar este lenguaje gerencial moderno para repolitizar la sociedad?

—Desde finales del siglo XX en el mundo de habla inglesa se ha ido eliminando paulatinamente del vocabulario todo lo que pueda referirse a las realidades del intercambio, la ayuda mutua y la solidaridad; así como toda una serie de referencias tradicionales como clases sociales y luchas, soberanía popular, interés general, sujetos colectivos… También se ha excluido cualquier referencia filosófica a la ciudadanía, a la “república” como principio filosófico, así como a la democracia. En lugar de estos marcadores históricos, se han impuesto las barbaridades de las teorías de la organización privada: “sociedad civil” en lugar de ciudadanos, “consenso” en lugar de debate, “empoderamiento de los individuos” en lugar de solidaridad social, “responsabilidad social corporativa” en lugar de restricciones sociales, el “desarrollo sostenible” en lugar de la ecología política… Y la lista sigue sin fin. Los semánticos del poder inventan nuevos términos que los políticos, obsesionados con sus carreras, y los académicos, obsesionados con sus subvenciones, repiten sin escrúpulos. Esta dialéctica es una revolución anestésica. El lenguaje ya no es un vector de significado o cuestionamiento, sino un juego de falsas pretensiones articuladas en la ideología de la ganancia.

Por eso, Deneault considera que “este statu quo mediocrático es la antesala de una revolución. Porque una revolución no es solo barricadas ni pancartas sangrientas, sino también consiste en romper con lo establecido. Y para ello es esencial romper con este lenguaje gerencial moderno”, defiende Deneault. “Debemos volver a conectarnos con el significado, con términos que tengan memoria y un rango crítico. El lenguaje es lo que nos ayuda a cuestionar las cosas y debatir abiertamente”. En su opinión, sin la intensidad del lenguaje las ideas ven sus debates “reducidos a artificios del lenguaje, donde el que se atreve a levantar el tono queda descalificado por el epíteto extremista. Sin cuestionar los términos léxicos del debate, seguiremos desunidos e invitados, como máximo, a vivir una vida mediocre”.

Ahora que tanto se habla de la polarización política en nuestras sociedades, usted asegura que en realidad vivimos en un centro extremo, que nunca cuestiona nuestros sistemas y estructuras actuales, ¿sería cuestionar el capitalismo sobre el que todo orbita la manera de corromper la mediocracia?

—El extremismo, desde un punto de vista moral, es ser intolerante con todo lo que no es uno mismo. En este sentido, el centro extremo es una estrategia ideológica y comunicativa que establece como “normal”, “pragmático”, “ponderado”, “razonable”, “racional” o incluso “necesario” y “verdadero” un discurso que además se presenta como no opcional, como inevitable. Vestido con la elegancia de la razón, la esperanza y la necesidad, hay un discurso de interés destructivo frente a los ecosistemas, injusto en términos de cuestiones sociales e imperialista con respecto a la geopolítica. El marketing ideológico supera el pensamiento político. Esta política que se aprueba por una necesidad de la naturaleza, como si obedeciera a las leyes fundamentales, no busca ubicar el cursor en algún lugar del tradicional eje izquierda-derecha, sino eliminar este eje. Ejemplos hay muchos, pero uno podría ser, por no caer en tópicos, Emmanuel Macron, quien asumió el poder en lo que parece ser un golpe de Estado finamente ejecutado por los poderes del dinero. Él es la figura de esta mediocracia, que disuelve la política en el lenguaje de la gestión y las altas finanzas, para actuar como si todo, absolutamente todo, en términos de la organización de la vida en sociedad, se pensara de acuerdo con los criterios vigentes en el mundo de los negocios. Todos los argumentos políticos de la actualidad, ya sean identificados como de izquierda o de derecha, parten de una suposición incuestionable de que nuestros sistemas y estructuras actuales son sólidos. Una verdadera revolución comenzaría con un reconocimiento de que el capitalismo en sí mismo es defectuoso e implicaría primero derribar esa estructura y reemplazarla con algo más humano y equitativo.

¿Por qué ha llegado ahora este sistema a un punto crítico? ¿Por qué ya no podemos permitirnos la mediocridad hoy en día?

—Podemos permitirnos vivir en la mediocridad siempre que la degradación generalizada nos satisfaga y estemos de acuerdo en la infantilización en la que el capitalismo nos sumerge en cuestiones políticas. Si estamos globalmente satisfechos con el simple estado de “empleado” y “recursos humanos” (¡tristes expresiones ahora trivializadas por el vocabulario de la administración!) o si nosotros mismos percibimos el mundo desde el punto de vista de los consumidores formateados por el marketing, no hay razón por la cual este régimen deba detenerse. Sin embargo, nos enfrentamos a problemas demasiado graves: el calentamiento global, la contaminación del aire, el colapso de las instituciones públicas… Hay tantas amenazas que no podemos estar satisfechos con confiar el poder a jefes sin visión y sin convicciones. Estamos en un punto de inflexión, la cuestión es tanto política como moral, y se refiere a que colectivamente merecemos algo mejor.

¿Cuáles serían, entonces, las alternativas para luchar contra la mediocracia?

—El pensamiento crítico sigue siendo una cosa fundamental; es decir, negarse a usar las ideologías de la época y caminar de acuerdo con sus prescripciones sin hacer que se detengan seriamente. Pero la modernidad nos muestra desde el siglo XIX que la crítica no es suficiente para generar formas de resistencia capaces de transformar profundamente el orden de las cosas. No hay una transformación radical únicamente cuando las personas lo deciden, sino también cuando sucede algo decisivo en términos de eventos. La crisis ecológica en la que estamos inmersos anuncia cambios de paradigma que van a influir en el cambio mucho más que la voluntad humana. No es un progreso hipertécnológico lo que nos espera, sino otros fenómenos bastante contrarios como el agotamiento de la riqueza necesaria para la fabricación de objetos de alta tecnología, la interrupción de la cadena alimenticia tradicional por la desaparición masiva de especies, la reducción considerable de tierras cultivables, la desaparición de bosques enteros, el avance del desierto, el deshielo de los glaciares, el aumento de las inundaciones, la contaminación del aire… Estos fenómenos probablemente transformarán el mundo mucho más profundamente que cualquier Revolución francesa o del 17 de octubre.

Tomado de El Cultural.


<em>Mediocracia</em>

Cuando los mediocres toman el poder

(Extracto)

Alian Deneault

Deje a un lado esos complicados volúmenes: le serán más útiles los manuales de contabilidad. No esté orgulloso, no sea ingenioso ni dé muestras de soltura: puede parecer arrogante. No se apasione tanto: a la gente le da miedo. Y, lo más importante, evite las “buenas ideas”: muchas de ellas acaban en la trituradora. Esa mirada penetrante suya da miedo: abra más los ojos y relaje los labios. Sus reflexiones no solo han de ser endebles, además deben parecerlo. Cuando hable de sí mismo, asegúrese de que entendamos que no es usted gran cosa. Eso nos facilitará meterlo en el cajón apropiado. Los tiempos han cambiado. Nadie ha tomado la Bastilla, ni ha prendido fuego al Reichstag; el Aurora no ha disparado una sola descarga. Y, sin embargo, se ha lanzado el ataque y ha tenido éxito: los mediocres han tomado el poder.

¿Qué es lo que mejor se le da a una persona mediocre? Reconocer a otra persona mediocre. Juntas se organizarán para rascarse la espalda, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que seguirá creciendo, ya que enseguida darán con la manera de atraer a sus semejantes. Lo que de verdad importa no es evitar la estupidez, sino adornarla con la apariencia del poder. “Si la estupidez […] no se asemejase perfectamente al progreso, el ingenio, la esperanza y la mejoría, nadie querría ser estúpido”, señaló Robert Musil.

Siéntase cómodo al ocultar sus defectos tras una actitud de normalidad; afirme siempre ser pragmático y esté siempre dispuesto a mejorar, pues la mediocridad no acusa ni la incapacidad ni la incompetencia. Deberá usted saber cómo utilizar los programas, cómo rellenar el formulario sin protestar, cómo proferir espontáneamente y como un loro expresiones del tipo “altos estándares de gobernanza corporativa y valores de excelencia” y cómo saludar a quien sea necesario en el momento oportuno. Sin embargo –y esto es lo fundamental–, no debe ir más allá.

(…)

La norma de la mediocridad lleva a desarrollar una imitación del trabajo que propicia la simulación de un resultado. El hecho de fingir se convierte en un valor en sí mismo. La mediocracia lleva a todo el mundo a subordinar cualquier tipo de deliberación a modelos arbitrarios promovidos por instancias de autoridad. Hoy figuran entre sus ejemplos el político que explica a los votantes que se tienen que someter a los designios de los accionistas de Wall Street; o el profesor universitario que considera que el trabajo de un alumno es “demasiado teórico y demasiado científico” cuando sobrepasa las premisas que se habían expuesto previamente en un PowerPoint; o el productor cinematográfico que insiste en adjudicarle a un famoso un papel protagonista en un documental sobre un tema con el que este no tiene ninguna relación; o el experto que demuestra su “racionalidad” argumentando largamente a favor de un crecimiento económico (irracional).


 


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