Héroes melancólicos

Presentamos aquí extractos del libro Héroes melancólicos y la odisea del espacio monstruoso.

Presentamos aquí extractos del libro Héroes melancólicos y la odisea del espacio monstruoso. Metáforas, saberes y cuerpos del biopoder (Costa Rica 1900-1946), del historiador Dennis Arias Mora, que edita Arlekín.

Bebés de cinco cabezas. Heroicos médicos combatiendo parásitos monstruosos. Ciudades con ogros que devoran niños. Imperios con tentáculos enfrentados por príncipes que van en su cacería. Clases sociales e instituciones parasitarias. Tales imágenes circularon a lo largo de la primera parte del siglo XX no en historietas, sino en textos políticos de periódicos y revistas con programas diversos. Son criaturas con algo en común: un lenguaje político con motivos científicos, una estructuración metafórica con la estampa clásica del héroe y el monstruo. Cabezas, parásitos, ogros y tentáculos ocupaban el lugar de candidatos políticos, burgueses, religiosos o empresas transnacionales. Médicos de laboratorio, escritores y obreros en rebelión eran aquellos príncipes dispuestos a enfrentar con heroísmo a semejantes monstruos.

Los procesos históricos que configuran este lenguaje remiten, en principio, al último tercio del siglo XIX y se prolongan a lo largo del siglo XX. Refieren a las reformas liberales en materia económica, educativa, cultural, científica y médica, cuya intelectualidad positivista fue posteriormente confrontada por una nueva generación que reclamó la fragilidad social de las reformas desde diversas corrientes ideológicas, fueran socialistas, anarquistas o, más tarde, comunistas. ¿Explica esto aquel lenguaje político poblado por héroes y monstruos? Las metáforas insinuaban un temor a la enfermedad y a la muerte, revelaban una corporalidad deforme, y fueron expresadas en confrontación con la otredad política. En tal sentido, esta investigación incorpora el concepto de biopoder, para discernir el momento en que lo biológico pasa a ser un dato del gobernar, una racionalidad gubernamental del liberalismo que registra, calcula, proyecta e interviene la vida y la población. El libro desentraña, además, los componentes corporales contenidos en esa razón del gobernar, y devela la mediación de escritores y escritoras entre la ciencia, el gobierno y la sociedad, para hacer del lenguaje político una metáfora y de la literatura un saber biopolítico.

Biopolítica: temporalidad e interrogantes

 Este libro analiza las metáforas expresadas al interior de los saberes que componen el biopoder, así como las que inciden en el lenguaje político de sus autores. Si bien sus procesos históricos explicativos se originan en el siglo XIX, el período de estudio cubre la primera parte del siglo XX, cuando emerge la institucionalidad biopolítica y se complejiza el vínculo intelectual con los saberes constituyentes del biopoder, afectando el lenguaje de la política e incidiendo a la vez en los contenidos literarios.

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La biopolítica, entonces, es un conglomerado de saberes que, en tanto poder, son capaces de emitir, reordenar y dirigir un discurso respecto de la población y la vida; pero en el centro de esa realización se halla el cuerpo, como ente colectivo que sirve de categoría a la política social, o como ente individual al que se dirige la palabra, el dibujo, la fotografía, el programa social y la atención médica. Es en el cuerpo donde se escribe el mal diagnóstico del curso nacional y donde se prescribe la utopía; depósito de frustraciones y ensoñaciones, materialidad y ficción.

Intervenirlo supuso ir a su concepción originaria, al sitio mitificado de la maternidad; allí donde, en la lógica patriarcal, todo inicia y donde todo debe regularse para cumplir un ideal salubre y corporal, un estándar fantasioso más relacionado con el estatus social y de género del médico que con la realidad de las mujeres y de la mortalidad infantil.

El abordaje del saber del cuerpo sirve para profundizar en la anatomía de la mortalidad infantil, fenómeno que hasta el momento había sido una especie de dato numérico compartido, corregido y aumentado entre la demografía y la historia demográfica, o la historiografía de la política y el control social. La historiografía del saber revela paradojas y fantasías: civilizar implica animalizar; auto poblarse no era solo una promesa política de salud, sino una idea cultivada en ese laboratorio médico que vinculaba a la ciencia, la política y la sociedad, ofreciendo un ideal anatómico al diagnóstico de la “miseria fisiológica”.

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La biopolítica encontró en los escritores un discurso del cual podían hablar con autoridad por su saber, su conocimiento de la cultura y la literatura clásica; extraídos de allí el héroe y el monstruo, sirvieron como la imagen legitimadora de una campaña de intervención sobre la población; el lugar mediador de la literatura y sus escritores en ese biopoder llevó tal construcción metafórica hacia el terreno del lenguaje político, de modo que la escritura política no solamente estaba poblada de criaturas metafóricas sino también de nociones biológicas para explicar lo político: hacer que la biología formara parte del gobernar no hizo desaparecer un discurso que hacía ver lo político como entidad biológica. En ambas expresiones (biología como política, política como biología), el cuerpo servía de significante y de significado; gobernar la vida y las poblaciones implicaba intervenir sus cuerpos; biologizar la política necesitaba de una metafórica orgánica donde la sociedad, el gobierno o la historia existían como un cuerpo: enfermando, perdiendo sus miembros, curando y regenerando. Siguiendo la lógica de la realidad social y sus expresiones semánticas, el cuerpo del héroe era el sueño de la salud, como el cuerpo del monstruo era la pesadilla de la biopolítica fallida. El cuerpo, como el monstruo, siempre escapa.

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Analizando la mirada biopolítica se ha localizado un amplio espectro de la corporalidad que va del cuerpo utópico de la salud, reflejado en el retrato solemne, ejemplar y heroico del médico, al cuerpo monstruoso que, al final, es un cuerpo muerto, una biopolítica fallida del intento por curar la miseria fisiológica; entre uno y otro extremo, entre el cuerpo épico del médico, y el cuerpo deforme y muerto del monstruo, se hallan imágenes, definiciones y jerarquías de toda clase de padecimientos y marcas que hieren, amputan o deforman los cuerpos. La narración de esa corporalidad expuesta en fotografías recrea una estética; no es solo la estética de un arte del mirar, como advirtiera Foucault, sino también una narrativa ilustrada que hace del médico un esteta que relata los cuerpos creando una estética épica de lo solemne o lo rehabilitable, una estética repulsiva del asco frente a la enfermedad y la deformidad, y una estética del horror cuando se narra al monstruo. El trasfondo tecnológico de la mirada biopolítica, el espectro de la corporalidad entre su ensoñación heroica y su pesadilla monstruosa, y ese cuerpo del monstruo como incertidumbre epistemológica -ni siquiera explicable por la ciencia de la teratología-, como extremo dramático de la mortalidad infantil o utopía biopolítica fallida por enmendar esa fisiología miserable, también habían permanecido ocultos a la investigación historiográfica.

Saber y literatura

La biopolítica, entonces, produce un saber; es una racionalidad del gobernar, pero constituye un discurso y una verdad -incierta, aunque poderosa- sobre la población y sus cuerpos. El saber biopolítico, a la vez, se funda sobre diferentes saberes. Con la aproximación historiográfica del saber se ha querido evitar contar una historia ascendente de la ciencia, esa que va de la incertidumbre a la exactitud, del coleccionismo de datos a la institución experimental, del retraso al progreso, de la enfermedad a la salud, del mal al bien. No quiere decir que no existieran cambios y rupturas; quiere decir más bien que igualmente hay traslapes, superposiciones y continuidades, y sobre todo, poder, ejercido por seres humanos cuyo saber se impone sobre otros, que los muestra como sujetos, y como tales, hablantes de deseos y carencias. La inclusión de sus subjetividades en esta investigación acaba allí donde se plasman sus prejuicios de clase, etnia y género; un paso más allá implicaría otra documentación y otra metodología.

Paradójicamente, esa inclusión historiográfica del saber tanto resta solemnidad a la historia ascendente y progresista de las corporaciones, como restablece el poder que algunas de ellas poseyeron. Si bien rara vez los escritores analizados se dedicaron plenamente a la literatura, pues sus vidas también giraban en torno a la pedagogía, el trabajo manual o la militancia, era en gran medida el vínculo literario el que permitía participar de un saber. No debe obviarse la experiencia pedagógica; educar era para García Monge y Lyra tanto un acto de enseñanza en medio de libros como un acto civilizatorio cotidiano. Sin embargo, es en la literatura donde lo biopolítico se puede difundir, reproducir, demandar, criticar o reparar.

La literatura como saber incide en el tiempo y en el espacio de la biopolítica. El higienismo tenía sus propios historiadores desde los cuales medir su época, ponderar su trascendencia, adjudicar méritos, delimitar responsabilidades y condenar actores; pudo, con ellos, construir su prehistoria. La literatura participa de esa construcción temporal, fortifica sus leyendas y, más aún, le construye un tiempo heroico, un pasado épico que conmemorar, con batallas que tenían como armas el microscopio y enemigos monstruosos como los microbios. Además de contribuir a la elaboración temporal de lo biopolítico, la literatura redimensiona espacialmente ese saber; los editores de las revistas médicas hicieron circular publicaciones, datos, autores y modelos de intervención desarrollados en otras partes del mundo, generalmente metrópolis del mundo occidental con ciertos avances en materia científica o sanitaria, al tiempo que los médicos higienistas y la posterior incursión de la bacteriología desarrollaban sus propias estrategias de intervención del espacio en proceso de urbanización, para lo cual la capital servía de modelo experimental. La literatura reforzó la espacialidad de ese saber; por una parte, las revistas culturales combinaban la creación literaria con el avance científico, los grandes nombres de la literatura con los de la ciencia y la medicina, e incluyeron datos biopolíticos de otras partes del mundo, incluso haciendo circular sus publicaciones a lo largo del continente, motivando así la participación de una amplia comunidad intelectual que evidenciaba sus propias experiencias con los distintos saberes de lo biopolítico, haciendo de este un problema transnacional de continuas transferencias epistemológicas. La experiencia literaria sirvió de igual forma para demarcar la geografía interna de lo biopolítico; así como su saber circulaba de modo transnacional constituyendo una globalidad diversa, así también la literatura trazaba las fronteras y limitaciones que lo biopolítico tenía al interior del espacio nacional, donde la ciudad capital adolecía de una segmentación social urbana, y más allá del valle central el gobierno del hacer vivir se resquebrajaba bajo órdenes socioeconómicos que escapaban a la intervención sanitaria.

En el caso de los escritores educadores, el estatuto de saber de su literatura está estrechamente ligado a la cercanía de su creación con la ciencia. García Monge regresa de sus estudios en Chile junto con una generación de científicos y colegas pedagogos que veneran la ciencia y la incluyen en el centro de sus proyectos educativos y editoriales, incluso entre sus devociones y musas; los distintos proyectos editoriales de García Monge siempre tienen esa cercanía con las diferentes ramas de la ciencia, y la continuidad de esa presencia en su más grande publicación, el Repertorio Americano, hace que el saber biopolítico encuentre geografías más amplias: los intelectuales costarricenses no son, para nada, los únicos involucrados en campañas sanitarias o veladores del estado fisiológico en el continente.

El debut literario de Lyra sucede poco antes de que ella se incorpore al ideario anarquista y sus creaciones literarias aparezcan en publicaciones como Renovación, donde una literatura sensible de lo social comparte páginas con las ciencias de la naturaleza. Su fallido pasaje como novicia no solamente es testimonio de una religiosidad compasiva en el alba de su pensamiento social, sino también un temprano acercamiento a la medicina, un interés que nunca desaparecerá de su creación literaria, de su vocación pedagógica, ni de su quehacer político.

Ella lleva la literatura a un estatuto de saber sin precedentes en el país: sus creaciones ingresan y denuncian la institucionalidad biopolítica y sus jerarquías sociales; ridiculizan la pedantería científica; construyen una sensibilidad por los cuerpos enfermos, sufrientes o mutilados que se enriquece con la cultura de la rehabilitación, la sensibilización por la invalidez y el arte posteriores a la Gran Guerra; y recrea una inédita anatomía de la desigualdad social del espacio urbano que incorpora, quizá por primera vez, al cuerpo de la teratología en un relato de ficción, invirtiendo con ello las jerarquías y la óptica del saber médico.

Sin embargo, Lyra también construyó cultos heroicos de aquellos médicos que marcaron un cambio determinante en la evolución de la historia del cuerpo: Carlos Durán y su descubrimiento del parásito de la anquilostomiasis que inició las campañas de higiene, o Ricardo Moreno Cañas y su cirugía ortopédica que rehabilitaba la deformidad y consolidaba al cuerpo hábil con su rendimiento laboral. La experiencia literaria con la biopolítica es de otra índole en Fallas. No es la devoción científica ni el interés por la medicina lo que da contenido biopolítico y estatuto de saber a la literatura; es la mirada in situ, testimonial, de los cuerpos del trabajo, la que sirve para denunciar un orden del gobierno de las poblaciones y la vida que se fractura en su espacialidad.

Luego de una temprana incursión de Lyra en el mundo corporal de las bananeras del Caribe, es el trabajo de Fallas el que permite determinar un régimen biopolítico que deja morir al otro lado de las montañas que cubren el Valle Central; precedida por la experiencia personal del trabajo, y por el posterior liderazgo político, las constantes de su vivencia corporal en el mundo de las bananeras serán la base de una literatura poblada de cuerpos obreros agotados, lastimados, sudorosos, enfermos, mutilados y agonizantes, ofreciendo un punto culminante a la cultura comunista y su reivindicación literaria del cuerpo obrero, y una verificación geográfica de la utopía fallida de la salud y de una fisiología en regeneración.

Reivindicando o denunciando su saber, esta literatura de lo biopolítico anclaba también en sujetos que eran objeto de sus propios prejuicios. García Monge reprodujo no pocas veces una estética del asco y la repulsión frente al cuerpo enfermo y sucio de la pobreza, de los pobres, o un antialcoholismo moralista de pocos matices. En su militancia comunista, Lyra apelaba a un fuerte moralismo contra las mujeres en prostitución, y si bien se había adelantado a la identidad y al concepto de la discapacidad, su culto médico fortalecía una ideología del trabajo que era también un culto al cuerpo hábil y eficiente del liberalismo capitalista que el comunismo no pudo trascender. Los cuerpos lastimados en Fallas tenían color y género, eran generalmente cuerpos mestizos masculinos, o blancos, como se describía a sí mismo, mientras que los cuerpos femeninos, negros e indios que poblaban el espacio del Caribe fueron descritos con formas exóticas y salvajes, incluso deformes y monstruosas, mimetizadas con la naturaleza y el paisaje. Esto, ya es territorio de las metáforas.


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