Psicologizar la pandemia, problematizar la psicología

En conjunto buscamos alejarnos de la tibieza para poner la cara ante la pandemia por la enfermedad del COVID-19, para entenderla y explicarla, para enfrentarla y apaciguarla, para apoyar a la mayor cantidad posible de personas.

Como experiencia, la mañana del jueves 19 de marzo de 2020 la recordaré con tristeza. A la oficina de la dirección del Instituto de Investigaciones Psicológicas comenzaron a llegar los informes y las decisiones de la Universidad para comenzar una cuarentena necesaria y así evitar los contagios por el coronavirus. Estaba inquieto, azorado con las preguntas del equipo administrativo sobre un sinfín de detalles imposibles de responder en aquel momento. Nuestro semisótano empezó a quedar vacío. Cada persona llegaba a despedirse mientras, al mismo tiempo, se dirigían con pasos más o menos dubitativos, de incertidumbre, hacia la salida, ofreciendo los mejores deseos con palabras vislumbrando alguna jocosidad, acaso como confesión de esperanza o como aceptación de la ignorancia frente a una realidad hasta entonces lejana. Una cuestión a la que China hacía frente, mientras España e Italia asumían con dolor y lamentaciones. Con frecuencia nos referimos “al Instituto”, con ese tono de hogar secundario, con ese matiz de familiaridad, del cual resulta difícil despedirse en condiciones desconocidas.

¿Qué sucedería entonces? En aquel preciso momento nunca imaginé algo parecido a una estela de tibia pasividad. Y no fue así. Aunque empezamos a tener para los demás una suerte de existencia errante e intocada, enclaustrada, como sin cuerpo, pero teniéndolo, rápidamente apareció un sentido de la urgencia.

Era conciencia de desastre, como al venir un seísmo, un huracán, un tsunami, por citar algunas experiencias sentidas en el cuerpo como entidad finita y natural, cercanas a la Costa Rica y la Centroamérica de los últimos años. Luego apareció la necesidad de resolver, la cual primero nos exigió poner en orden los plazos y los recursos de las investigaciones. Nos dedicamos a dilatadas y extenuantes horas de trabajo en equipo, frente a una pantalla y sintiendo ya las tenues e insulsas presiones del sedentarismo sobre el cuerpo. Esto dio paso, de inmediato, a más horas de trabajo diarias, para acompañar los esfuerzos que empezaban a forjarse, desde el primer momento, con una conciencia de solidaridad.

Muy rápidamente y no solo como efecto directo de sus capacidades de investigación, teníamos a colegas del Instituto “sentados” en las mesas técnicas y en las salas de crisis, explicando curvas de crecimiento del contagio, asesorando el diseño del apoyo mediático a la niñez y a las personas mayores o explicando cómo las noticias falsas podían perjudicar el manejo de la crisis y de la información sanitaria o la importancia del lavado de manos, en la perspectiva del cambio de comportamientos en salud. Con el transcurrir de unas cuantas semanas, habíamos acumulado nueve propuestas de investigación, seis actividades docentes, doce esfuerzos de divulgación (con textos, gráficas, análisis estadísticos, vídeos, “podcast”), ocho entrevistas de radio y televisión, así como ocho esfuerzos de consultorías y asesorías al Gobierno.

En conjunto buscamos alejarnos de la tibieza para poner la cara ante la pandemia por la enfermedad del COVID-19, para entenderla y explicarla, para enfrentarla y apaciguarla, para apoyar a la mayor cantidad posible de personas. No es posible acercar nuestra respuesta a la tibieza frente al desgaste psíquico y contextual del otro. Tampoco es posible pensar que hemos tenido una voz que se eleve suficientemente alto, como para defender el bienestar subjetivo y la posibilidad de ser, afirmando una existencia digna y decente. ¿Es posible hacerlo, tener esa voz, alguna instancia ha conseguido una influencia suficiente, una repercusión anhelada, en la psicologización de esta crisis?

Vías de psicologización de lo social

En los últimos veinte años del Siglo XX y en los primeros veinte años del Siglo XXI la psicología costarricense se desplegó en diversas instancias sociales e institucionales, en favor de la protección de la niñez y la adolescencia. No me refiero aquí a conseguir un marco normativo a favor de la protección de los derechos de la niñez. Me refiero a la psicologización de la vida cotidiana de la niñez y la adolescencia. A la posibilidad brindada por la psicología en el período ya dicho -y quizás desde antes- de comprender las características de la niñez y la adolescencia, su forma de auto-comprenderse niños, niñas y jóvenes, como personas con sus propios sentimientos, pensamientos y acciones, teniendo estas actividades un sentido de alcance mayor al de simplemente satisfacer una conciencia moral dependiente de un código moral fuerte, como lo sería el de las creencias religiosas y las del mundo adulto.

Se trata de un proceso en el cual las familias han adoptado, progresivamente, de manera concreta y aplicada a su propia existencia, la autonomía individual promovida por los valores de la modernidad. Incluso en medio de los contextos adversos en los cuales les alcanza, levemente, una conciencia individualista. Representa este un proceso lento, en transición y extendido, de relativa independencia moral para definir, permitir y aceptar como propios y dignos de sí, pensamientos, sentimientos y acciones, con una auto-legitimidad cada vez menos cuestionada desde fuera del individuo y desde fuera del entorno familiar propio. Ha sido la oportunidad de la realización de la libertad del ser como tal, una posibilidad de auto-realización humana. 

Ese proceso psicosocial y sociocultural, de socialización y desarrollo de las emociones, de tenue y relativa transformación de la sensibilidad a través de una cierta educación sentimental, de enormes proporciones y aún en tránsito, es un proceso todavía inacabado y profundamente imperfecto. A mi entender, ha sido un proceso impulsado en una buena medida por un ingente grupo de profesionales de la psicología. Un grupo incorporado en los ámbitos educativos como el de la educación primaria, en las guarderías, en los centros e instituciones de cuidado de la primera infancia, por las políticas públicas que, con la contribución parcial de la psicología, se han venido articulando desde las instituciones del Estado. Pero de una manera más relevante todavía, se debe también a la divulgación y a la difusión por parte de los medios de comunicación, de la información y el conocimiento propio de la psicología, a través de sus profesionales, muy activos en toda clase de contextos de inserción e influencia. No solo del conocimiento difundido desde los profesionales y las instancias de la psicología costarricense, sino también desde aquel conocimiento, tanto el científico como el no científico, importado por los medios de comunicación del extranjero gracias al crecimiento sin precedentes en la historia de la humanidad, de las comunicaciones, especialmente por medio de las redes informáticas y la Internet.  

Esta ha sido una vía de psicologización claramente no planificada de la vida de las familias, de la niñez y de la adolescencia, de un sector de la sociedad y la cultura costarricenses. Hay otras vías de psicologización pues otros procesos similares han tenido una incidencia equivalente. Por ejemplo, el enorme trabajo de la Brigada de Atención Psicosocial de la Escuela de Psicología de la Universidad de Costa Rica, por medio del cual se observa otra arista del gran impacto social de la psicología costarricense. Este, como tantos otros esfuerzos, todavía no se ha evaluado e interpretado de manera suficiente en su significado y valor para la sociedad. 

Los desafíos psicológicos de la pandemia

Así entonces no es extraña esta posibilidad de psicologización particular de procesos sociales y culturales. Menos aún cuando se trata de fenómenos tan abrumadores como una enfermedad resultante del contagio de un virus amenazador de la vida, el cual podría suponer un cambio histórico-social significativo. Psicologizar lo personal, lo social y lo cultural, lo entiendo como la posibilidad de dar un significado psicológico a los procesos o actividades humanas, como los procesos psicosociales propios de la pandemia por la enfermedad del COVID-19. Es la posibilidad de convertirse en actividades y procesos necesitados de explicación, comprensión y actuación, como entidades psicológicas, como pensamientos, sentimientos y acciones historiados, con un sentido y una importancia para la vida. Lo psíquico está sometido al tiempo. Sentir, pensar y actuar supone experiencias, acontecimientos vividos, las cuales conllevan el sesgo subjetivo de lo personal y son únicas e irrepetibles. Al mismo tiempo están sometidas a una perspectiva temporal, a la irreversibilidad del tiempo (J. Valsiner), matriz de la cual se desprende la estructura básica de los fenómenos psicológicos. Esta perspectiva de la psicología tiene a la vida como eje.

La vida como “zoe” es la energía vital de los seres orgánicos. La vida como “bio” es la autobiografía de los seres psíquicos, su vida historiada. Aristóteles había subrayado la copertenencia de una y la otra. El primer desafío psicológico de la pandemia se refiere a la carga psíquica de la amenaza de la enfermedad y del confinamiento sobre la autopercepción subjetiva, es decir, sobre sentimientos y pensamientos de finitud y de ruptura, anticipación de la finitud irreversible (sobre zoe) y ruptura de la trayectoria vital anticipada. La vida como desarrollo a lo largo del tiempo, no solamente hacia un pasado posible de evaluar, sino también la vida en perspectiva de futuro, hoy día una vida (bio) amenazada de suspensión y discontinuidad, de irrupción y estancamiento, de confinamiento y desesperanza. Un recurso protector, una vía de psicologización frente al desasosiego y la ansiedad, frente al pánico por la amenaza, consiste en la posibilidad de articular una estrategia psicosocial capaz de enlazar zoe y bio, capaz de entender como ante mi vida (zoe) amenazada, puedo siempre hacer valer el esfuerzo de autoafirmar una vida (bio) con futuro, ejercer sobre ella una función biopoética.

Si esta amenaza sobre zoe representa o no un cataclismo cultural, podría constituir un segundo desafío de la pandemia, de tipo civilizatorio. ¿Cuál es la cultura que, de esta forma de biodestrucción, por el virus, está siendo vencida? Sin duda no derrotada, pero sí cuestionada, es aquella cultura capitalista cuya primera exigencia deriva en un enfrentamiento de nosotros mismos con la pregunta por el rumbo de la sociedad global. La pregunta por el destino al cual nos conduce con mayor rapidez de la que suponíamos, al abismo de nuestra propia destrucción. Si podemos y debemos seguir tecnologizando sin límites nuestro mundo, invadiendo las fronteras de los ecosistemas, si tal y como se juegan los poderes políticos y económicos en la actualidad implica una renuncia casi total a la humanización de las decisiones y a un privilegio de los controles sobre los sistemas capaces de regir nuestra vida. Es como atragantarse con las consecuencias de nuestra propia civilización. Una cultura capitalista cuya segunda exigencia, para los individuos, consiste en asumir estos una posición simbólica y subjetiva de consumo y acumulación infinita, la cual proviene del consumo real de bienes y servicios y provoca la distorsión profunda de la interioridad personal y de los vínculos humanos. 

Si esta pandemia representa o no un cataclismo subjetivo es imposible saberlo todavía. No podemos saberlo más allá del principio psicológico según el cual la experiencia se volvería traumática como resultado de la covariación de tiempo e intensidad. En la persona significa el paso del tiempo enlazado a una intensidad traumática como podría suceder, por ejemplo, con un crecimiento sin precedentes y persistente de la desigualdad; el sentimiento subjetivo de sentirse derrotado por la vida. Es decir, si no ponemos un dique colectivo a la desigualdad, entonces quizás sí podríamos enfrentarnos a un cataclismo civilizatorio y, por consiguiente, subjetivo.  

Cabe vislumbrar un tercer desafío psicológico de la pandemia por el COVID-19. Podría expresarse como el desafío biopolítico. Articula el poder del conocimiento de la naturaleza, el de la naturaleza biológica humana, la conectada con Zoe, el ejercicio del poder quizás asimétrico, el cual encuentra un importante refugio en el discurso sanitario, el discurso de la salud. Este discurso en simultaneidad a los cuidados de la población ante la enfermedad ejerce sobre aquella un control específico, con la potencialidad de socavar la misma estructura de la democracia. Es el control posible de ejercer en una sociedad postradicional digital, la sociedad posterior a la hegemonía de la razón o a la ilusión de progreso por la razón y la ciencia, es la hegemonía de lo digital, así tal cual como es la sociedad contemporánea. Y no es un desafío estrictamente biopolítico en la perspectiva de su negatividad. También contiene este desafío la expectativa de una salida, la de medicamentos, de vacunas, de vías para recuperar los estilos de vida pensados como deseables, aún cuando, en realidad, una parte de ellos pueden ser mortíferos.

Se hace presente en este desafío el tipo de dilemas en el cual observamos a la cultura dominada por la naturaleza, la del virus con su propio dinamismo biológico, por un lado, y la de la cultura en la otra acera, por medio de una de sus expresiones más destiladas, la racionalidad científica, la cual se bate en liza de laboratorios y fondos millonarios para dominar esta expresión de la naturaleza amenazadora. El desafío alcanza un punto álgido cuando, un cierto anti-intelectualismo, caracterizado por una ignorancia pertinaz pone en escena dos entidades como si fueran opuestos (sin duda falsos opuestos): el conocimiento científico de las ciencias, las tecnologías, las ingenierías y las matemáticas, de un lado, mientras en el otro lado se coloca al conocimiento de las artes, las humanidades clásicas y las ciencias sociales. Así también las ciencias cuya tarea es dar cuenta de la naturaleza –según algunas personas y solo algunas– podrían representar una “superación” de las ciencias cuya tarea es dar cuenta de la sociedad y la cultura. 

¿Cuál es entonces el desafío para la psicología? El desafío consiste en asumir el doble anclaje de la psicología situada cómodamente en los dos extremos epistémicos y con el cual sufre de serias dificultades, todavía, para ser reconocida como un conocimiento legítimo y suficientemente útil para enfrentar las crisis humanas. Una consecuencia indeseada de esto es la posible auto-comprensión de la psicología científica y profesional como una disciplina nómada o sin voz suficiente para sostener una resonancia en la dirección de afirmarse como un conocimiento científico capaz de asumir su responsabilidad social. 

Problematizar la psicología

Este no es un callejón sin salida, aunque lo parece: quienes pensamos en la consistencia ontológica y metodológica de hacer pasar el bienestar subjetivo por la fuerza de la palabra, nos hemos irritado cuando una instancia universitaria sugiriera como vía de confrontación de los efectos emocionales de la pandemia, precisamente eliminar el pasaje por la palabra. Falso dilema. Lo es porque pensamos en nuestra posición como superior a la de dicha instancia universitaria, cuando en realidad, tal instancia solo está poniendo en acto las heridas interiores de nuestra disciplina; nosotros también actuamos las heridas al protestar por la expulsión de la palabra. Hemos vivido en la realidad de la fragmentación epistémica. Esto puede decirse de otra manera: es verdad, las ciencias naturales no pueden controlarlo todo, lo cual hemos pensado sería una ilusión, lo es. Pero podría no ser ilusorio. Si se encuentra una vacuna contra el COVID-19 en tan pocos meses, podría considerarse esto como un nuevo triunfo de las ciencias naturales en su ejercicio de poder y dominio sobre la naturaleza. Podemos reconocer la imposibilidad de la ciencia de controlarlo todo y, sin embargo, lo intentan las ciencias naturales de manera sorprendente. Esto no implica un desprestigio epistémico de las ciencias sociales, ni de las instrumentales, ni de las técnicas, ni de las críticas. Al pensar este dilema en dos grandes conjuntos simbólicos, podemos darnos cuenta de los falsos dilemas existentes por cuanto en ambos hay una lógica de construcción de la racionalidad científica, con continuidades y discontinuidades relativizando tales oposiciones. Lo esencial es “explicar más para comprender mejor” (P. Ricoeur). En efecto, hay distinciones y matices en ambos significantes globales pero su lógica subyacente es estructuralmente similar. 

El problema para las ciencias psicológicas es su doble residencia en ambos campos simbólicos. Al plantearlo de esta forma estoy poniendo una cesura a las guerras de paradigmas, a las batallas metodológicas y a las escaramuzas de escuelas. Hay ahora problemas nuevos en la psicología de este siglo, por ejemplo, la banalización de la teoría o su disolución en la psicología de los manuales, la certificación y el coaching. Contra esto, necesitamos dar un paso intermedio en esa transición, asumir la tercera vía de salida para el tercer desafío. Se puede situar en la aceptación pacífica, la cual representa una llamada a la satisfacción epistémica, de la afirmación de la psicología como ciencia con objetos sociales y objetos naturales de conocimiento. Anclarse en explicar más para comprender mejor, por ser una disciplina multiforme con las variadas ventajas de esa condición.

Un importante y enormemente lúcido, filósofo y psicólogo, al cual estudiamos en las aulas universitarias hace muchos años y quien falleció hace poco tiempo, el australiano Rom Harré, gustaba decir que en el universo solo existen dos clases de sustancias: las moléculas y el sentido. Mientras las moléculas terminan por producir eventos, el sentido termina por producir actividades u acontecimientos. Mientras unos reclaman explicación, las otras por su parte exigen comprensión. De ahí se tiene el punto de partida para llegar a plantearse los grandes problemas del futuro de la sociedad planetaria y la cultura humana, tanto en psicología como en las otras ciencias sociales, las artes y las humanidades.

La pandemia por COVID-19 como antes otras experiencias adversas, nos ha obligado a poner en juego la posibilidad de perder la vida; ambas vidas: zoe y bio. La psicología como episteme, requiere su propia vida, es decir, encontrar aún más legitimidad. Además, una plena auto aceptación de sus capacidades de asumir su responsabilidad social, pero también de ser reconocida socialmente como tal. La posibilidad abierta para ello consiste en dar tres pasos: renunciar a los conflictos antiguos; mantener una posición relativa de vigía e intérprete de la realidad; y actuar para transformar dicha realidad desde su plena diversidad epistemológica. Psicologizar la pandemia y levantar nuestra voz requiere repensar la psicología costarricense con serenidad desde la vida; desde ambas.

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