Estrategia bélica de la posverdad y la sarasa

Desde que el diccionario Oxford declaró que la palabra del año 2016 fue “posverdad” todos la oímos, y la utilizamos, una y otra vez

Desde que el diccionario Oxford declaró que la palabra del año 2016 fue “posverdad” todos la oímos, y la utilizamos, una y otra vez. Con ella se intenta describir un momento en el que el discurso político, a la hora de pretender incidir sobre la opinión pública, deja de lado los hechos objetivos y apela principalmente a las emociones y a las creencias personales.

El término fue acuñado por el dramaturgo Steve Tesich en 1992 al describir lo que llamó “el síndrome de Watergate”: “Llegamos a igualar la verdad con las malas noticias, y no queríamos más malas noticias […] Entonces, miramos a nuestro gobierno y le pedimos que nos protegiera de la verdad […] De una manera muy fundamental, nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo posterior a la verdad (a post-truth world)”.

La indagación acerca de la relación que el poder establece con la verdad constituye uno de los problemas más antiguos de la filosofía y, por supuesto, de la literatura. La forma de esa relación resultaba clara para Maquiavelo: El príncipe no es la expresión de un poder preocupado por su legitimidad ética sino por su eficacia. Que el disimulo sea un arma fundamental en el arsenal del príncipe no plantea, para Maquiavelo, ningún problema moral. Su carácter moral depende de que el disimulo se logre satisfactoriamente o no.

Shakespeare resuelve el asunto de otro modo: “El mundo todo es un escenario / y todos los hombres y mujeres meros / actores”, escribe al inició de Como gustéis, suprimiendo así, en cierta manera, la pregunta misma: lo que importa en el teatro no es la verdad sino la verosimilitud, ya que todos, de antemano, sabemos que nadie es quien dice ser, ni piensa lo que dice pensar. Hoy estaríamos dispuestos a aceptar la tesis de Shakespeare: difícilmente alguien exigiría de la política que se proponga enunciar solamente verdades. Sabemos que la arena política es una escena, y que por tanto en ella se produce una representación. “Interpretar un papel”, en la antigua Grecia, se decía con el término hypokrisis, de donde los actores eran los “hipócritas”, un término que aplicamos con familiaridad y no sin razón a los políticos. Pero, como señala David Runciman, “debemos aprender a ser más optimistas respecto de la hipocresía y aceptar que la política democrática liberal solo es sostenible si se mezcla con cierta cantidad de disimulo y engaño”.

La ensayista letona Judith Shklar establece un buen criterio para determinar cuánta hipocresía es tolerable. Al ordenar los “vicios políticos” de acuerdo con el poder que cada uno de ellos tiene para amenazar a la sociedad, establece que el peor, el más peligroso, es la crueldad. Los otros, dice, no son tan malos. Entre ellos, el primero que discute es “el vicio de la hipocresía”. Trazar una línea que divida la hipocresía inevitable en nuestra vida pública de la que es intolerable no es sencillo ya que “debemos vivir en un mundo que es moralmente plural en el que la hipocresía y la antihipocresía se juntan para formar un sistema discreto”.

La palabra política –no hay que pecar de ingenuidad– nunca fue una palabra transparente, pura portadora de sentidos desprovistos de segundas intenciones, carente de ambigüedades y de pliegues en los cuales la voluntad del poder se encarna a la vez que se oculta, se agazapa y se disimula, se esconde para saltar más hábilmente en busca de satisfacer sus intereses. Así, aunque el término “posverdad” no sea suficientemente consistente para dar cuenta de lo que está ocurriendo, el hecho de que su utilización, en inglés, se haya incrementado en un 2000% en 2016 respecto del año anterior es revelador de la necesidad de nombrar algo cuya naturaleza misma nos resulta inquietante, algo para lo que nuestro lenguaje habitual carece de conceptos, o cuando menos esos conceptos no son tan familiares como para utilizarlos extendidamente.

Hay, sin embargo, un término del inglés coloquial al que el filósofo estadounidense Harry Frankfurt le ha dado un sólido andamiaje teórico: bullshit. “Una de las características más destacadas de nuestra cultura –escribió en 1986– es la presencia de gran cantidad de lo que llamamos bullshit”. El bullshit es “palabrería” –un discurso vacío, que carece de sustancia y de contenido. Pero su característica fundamental radica en la particular relación con la verdad que mantiene quien lo produce. “El concepto particularmente central para la naturaleza distintiva de una mentira es el de la falsedad; un mentiroso es, en esencia, alguien que promulga una falsedad en forma deliberada”, explica Frankfurt. Pero lo que el bullshit tergiversa –a diferencia de la mentira– no es la situación a la que se refiere ni las creencias del hablante respecto de esa situación. “Su única característica indispensablemente distintiva es que, en cierta manera, tergiversa lo que está haciendo”. Tanto quien produce bullshit como el mentiroso se presentan a sí mismos, falsamente, como personas que intentan comunicar la verdad. El éxito de cada uno depende de que puedan engañarnos sobre ese punto. Pero el hecho que el mentiroso esconde es que está intentando apartarnos de una percepción correcta de la realidad: quiere que nosotros creamos como verdadero algo que él supone falso.

La intención de quien produce bullshit no es ni informar la verdad ni ocultarla. “Es imposible que alguien mienta –dice Frankfurt–, a menos que crea conocer la verdad. Producir bullshit no requiere una convicción de ese tipo. El productor de bullshit no está del lado de la verdad ni del lado de lo falso. Su mirada no está para nada dirigida a los hechos […] No le importa si las cosas que dice describen la realidad correctamente. Solo las elige o las inventa a fin de que le sirvan para satisfacer su objetivo”.

El bullshit, así, no nos engaña acerca de los hechos, sino acerca de las intenciones de quien lo produce. Es, por tanto, un discurso performativo. A diferencia de otros enunciados, que intentan decir algo respecto de una cosa, el bullshit intenta provocar cierta emoción en el oyente, una emoción que debe ponerse al servicio de las intenciones del emisor. No se trata de un argumento en relación con el cual se establece un acuerdo o un desacuerdo, sino de una palabra excitante, que convoca afinidades o rechazos.

Cuando el bullshit invade el discurso público introduce un efecto de “desmodernización”: se confunden las creencias con los conocimientos; se sustituye el rigor de un enunciado por su capacidad de emocionar y de movilizar; y se tiende a buscar una hegemonía discursiva que lentamente va ocupando todo el espacio social hasta que solo se oye esa palabra, única, total, y, muchas veces, totalitaria.

No es casual que quienes produzcan cantidades siderales de bullshit en el discurso público sean consistentemente antiliberales. Porque si bien el liberalismo es notoriamente insuficiente para pensar y construir sociedades justas, es a su vez absolutamente inevitable para expurgar aquel que está en el primer lugar entre los vicios que describe Judith Shklar: la crueldad. La crueldad necesita del bullshit, porque la supresión de la humanidad de quien será dañado solo puede hacerse si la palabra deshumanizante no está sometida a las reglas de la verdad, si puede decirse algo de alguien –o de un grupo completo– que no sea posible confirmar ni rechazar, y si al decirlo se puede convocar la emoción de los auditores para subordinarlos a la empresa de quien así habla.

Ver cómo, un poco en todos lados, la política va llenando de bullshit el espacio público, cómo los discursos dejan de tener como referencia a la verdad, cómo el imaginario colectivo se llena de afirmaciones que no solo son denigrantes sino que son incomprobables y que, aunque nosotros las sabemos falsas, se instalan como realidades que no merecen ser corroboradas –que los mexicanos son violadores, los musulmanes terroristas–, ver cómo nuestro mundo se va llenando de bullshit no puede no ser motivo de preocupación. De la democracia no nos importa tanto su regla de selección de gobernantes, nos importa sobre todo el modo en que garantiza la pluralidad de palabras, la diversidad, la autonomía, nos interesa el modo en que pone condiciones que impiden decir cualquier cosa, sobre todo si sobre eso dicho se van a construir políticas crueles.

Contrariamente a una visión muy extendida, la historia, en mi opinión, no es una guía fiable. Sabemos qué errores no debemos repetir, pero nos cuesta mucho más imaginarnos cuáles son los errores que vamos a cometer por primera vez. Más que la historia, lo que hemos de hacer es convocar una y otra vez a la inteligencia, a la atención, a nuestra capacidad de estar atentos para detectar y denunciar y combatir todos los intentos, hoy tan abundantes, de convertir nuestros espacios públicos en tiraderos de bullshit, porque ese es el suelo en el que fertilizan los tiranos.

Tomado de Ñ.


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