Los 120 años de Roberto Arlt

El juguete rabioso, ritual de iniciación

Roberto Arlt ha quedado en la historia de la literatura como una rara avis

Roberto Arlt ha quedado en la historia de la literatura como una rara avis de aquella era de creación prodigiosa que fueron las primeras décadas del siglo XX. Las obras que nos legó están marcadas por una feroz originalidad que en su momento hizo torcer el gesto a los críticos más repulidos, pero ha cautivado siempre a los lectores, y ha terminado por imponer su encanto indómito y salvaje. No deja de triunfar Arlt porque fue un maestro a la hora de hacer literatura con sus obsesiones y se mantuvo fiel al compromiso de dibujar los desolados paisajes del alma de nuestro tiempo. Muy de agradecer es esto en un siglo dominado por el artificio.

Hijo de emigrantes centroeuropeos con escasos medios de fortuna, Roberto Emilio Godofredo Arlt nació el 26 de abril de 1900 en el bonaerense barrio de Flores. Con dieciséis años escapa ya de casa huyendo del trato que le daba su padre y se emplea en oficios diversos hasta que al fin se decide por el periodismo y la literatura. La primera de sus cuatro novelas, El juguete rabioso (1926), acaba de ser incorporada al catálogo de Dyskolo, en el que ya estaban las dos siguientes: Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931). Arlt es autor también de otra novela, El amor brujo (1932), de una gran cantidad de cuentos, de los que aparecieron dos colecciones durante su vida: El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941), de numerosas piezas periodísticas que bautizó como aguafuertes y han sido recogidas en varios volúmenes y de ocho obras dramáticas. Roberto Arlt falleció de un ataque al corazón en Buenos Aires en julio de 1942.

Primera novela: la costosa integración en el infierno social

El juguete rabioso, en la que se reconocen rasgos autobiográficos, tomó forma durante los años 20 en las sierras de Córdoba por donde el autor acompañaba a su primera mujer, Carmen Antinucci, enferma de tuberculosis (moriría en 1940). De regreso a la capital, Arlt, ligado por entonces a la tertulia de Boedo, abanderada de una literatura con conciencia social, propuso el texto a la editorial del grupo, Claridad, pero este fue rechazado por Elías Castelnuovo. A Ricardo Güiraldes, sin embargo, de quien Arlt se había hecho secretario en el ínterin, el proyecto le gustó, con lo que le animó a seguir buscando, pero le sugirió cambiar el título que había escogido: La vida puerca, demasiado áspero. A él va dedicada la novela cuando al fin la publica la editorial Latina.

Silvio Drodman Astier, protagonista narrador, se nos presenta en el primer capítulo, “Los ladrones”, como un adolescente amante de la lectura y que sueña con ser inventor. Vive con su madre y su hermana en un barrio popular de Buenos Aires, e influido por la literatura bandoleresca que cae en sus manos y ansioso de sobresalir y superar el ambiente opresivo que lo rodea, funda con dos compinches una banda: Los caballeros de la media noche, que lleva a cabo pequeños hurtos. Sin embargo, los riesgos y sobresaltos del oficio lo desaniman y la compañía se disuelve.

“Los trabajos y los días”, segundo capítulo, nos cuenta cómo la penuria familiar obliga a Silvio, tras cumplir quince años, a pedir empleo en una librería de viejo. Allí vive con su patrono, la esposa de este y otro sirviente, y sufre mezquindades y humillaciones que se le hacen insoportables: “Una sensación de asco empezó a ‘encorajinar’ mi vida dentro de aquel antro, rodeado de esa gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad. Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba las jetas y momentos hubo en que percibí dentro de la caja de mi cráneo, una neblina roja que se movía con lentitud.” La rabia acumulada lo lleva a tratar de quemar la tienda, pero no logra su objetivo y deja el trabajo.

En “El juguete rabioso”, tercer capítulo, Silvio, de regreso con su familia, rebosa de felicidad cuando sus conocimientos de física hacen que sea admitido como aprendiz de mecánico en la Escuela Militar de Aviación. Sin embargo, en breve es dado de baja y el director lo despide diciéndole: “Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo.” Silvio apenado por el disgusto que se van a llevar su madre y su hermana, va a dormir a un hotel, y allí es solicitado por un travestido al que rechaza. Asqueado de su triste vida, compra un revolver y trata de suicidarse, pero la pistola no dispara.

Transcurrido algún tiempo, en el cuarto capítulo, “Judas Iscariote”, el protagonista nos relata sus experiencias como corredor de papel. No tarda en conseguir una cartera de clientes recorriendo los barrios de la capital y nos instruye en las artes y sinsabores del oficio. Entonces se hace amigo del Rengo, un pícaro jaranero, cuidador de carros con “cascabeles de ladrón”, que lo entretiene con historias “monótonas, oscuras y sanguinosas” de su niñez en Caballito. Cuando el Rengo le propone que sea su cómplice en un robo bien planeado en la casa del ingeniero donde su novia trabaja de sirvienta, Silvio decide delatarlo, plenamente consciente de la canallada que comete.

La edición de Dyskolo incluye en un apéndice El poeta parroquial, texto publicado en la revista Proa en marzo de 1925 como anticipo de la novela, pero que fue excluido de la versión definitiva de esta. En él, Silvio aparece como un escritor novel, algo que no se sugiere en ningún momento de la obra, y se narra la visita que él y un amigo realizan a un poeta de cierto renombre.

Perversión alimentada literariamente

El leitmotiv principal de El juguete rabioso es el lamento de su autor contra su pobreza y su impotencia para salir de ella, que se expresaban en el título inicialmente previsto: “¡Ah, es menester saber las miserias de esta vida puerca, comer el hígado que en la carnicería se pide para el gato, y acostarse temprano para no gastar el petróleo de la lámpara!” Desde estas privaciones, las perspectivas del mundo burgués lo encorajinan: “Pensé en que yo nunca sería como ellos… nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia. Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja.” Silvio no ve la forma de progresar: “¿Saldría yo alguna vez de mi ínfima condición social, podría convertirme algún día en un señor, dejar de ser el muchacho que se ofrece para cualquier trabajo?”

El segundo leitmotiv que se escucha a lo largo de toda la obra lo componen las acotaciones literarias con las que el autor apuntala sus reflexiones. Así, no es de extrañar que su miseria le haga envidiar más que nada la grandeza superior del intelecto, encarnada en inventores y poetas: “Algunas veces en la noche, yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron al mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca con un grito.” La triste conclusión de Silvio es que cualquier cosa es mejor que la vida a la que lo han condenado, y es entonces cuando el crimen se le aparece como la única opción que puede librarlo de la rutina insoportable. Estamos acostumbrados a narradores siempre diestros a la hora de justificar sus actos y teñirlos con un halo de pureza, pero en seguida nos damos cuenta de que con Arlt es diferente. Él nos expone sus pasiones sin ninguna elaboración edulcorante, aunque arropadas, eso sí, con referencias literarias.

El juguete rabioso puede entenderse como una novela de iniciación en la que Astier- Arlt nos descubre las cuatro etapas de su aprendizaje y su integración en la sociedad. En cada una de ellas, la transgresión resulta ser la única forma de superar una existencia dolorosa y vacía, marcada por la exclusión. Las tres primeras lecciones-capítulos se saldan con fracasos en sus intentos (robo, incendio y suicidio, respectivamente), y el éxito se alcanza solo en la cuarta, a través de un comportamiento que, aunque aceptado socialmente, es una auténtica infamia. En ese momento, la palanca que arrastrará al protagonista a la decisión salvaje con la que marcará su vida la mueve su héroe y mentor a lo largo de la obra, al asesino y ladrón Rocambole, personaje de los folletines de Ponson du Terrail que devoraba con fruición cuando era niño. Él marcará el camino y Silvio no dudará en traicionar a su amigo, porque en un mundo carente de moral, solo la literatura se constituye en oráculo.

De esta forma, tras los escarceos fallidos de los primeros capítulos, este final simboliza ni más ni menos que la reconciliación del hijo pródigo con el envenenado tejido social, compromiso sellado con un crimen horrendo. El juguete rabioso del título tal vez sea ese individuo humillado, ese don nadie que se rebela contra la miseria que lo estrangula solo para quedar marcado como infame para el resto de sus días, aunque, eso sí, con una perversión de profunda raigambre literaria. Con estas historias, Arlt avanzaba en el objetivo que confesó en el prólogo de Los lanzallamas: escribir “en rigurosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”. Se trataba de que la aberración narrada exhibiera lo que el consenso de la época desdibujaba.

Hay que decir, sin embargo, que Roberto Arlt irá modificando las estrategias de su arte a lo largo del tiempo. Así, en textos posteriores, por ejemplo en sus cuentos de ambiente oriental, se ve surgir una obsesión por la justicia, el castigo de la iniquidad y la necesidad de reparaciones que incluyen las venganzas más sangrientas. Parece llegar nuestro autor por entonces al convencimiento de que el escritor debe actuar expresamente en sus obras como un paladín de los humillados y ofendidos, como un creador de mundos imbuido del deber de reflejar en ellas lo que exige la dignidad humana.

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