Peregrinaciones a una catedral de mentiras

Cincuenta años de Conversación en La Catedral

Van a ser las cinco de la tarde, camino solo por el Centro Histórico de Lima, desde la Plaza de armas hacia la Avenida Tacna

Van a ser las cinco de la tarde, camino solo por el Centro Histórico de Lima, desde la Plaza de armas hacia la Avenida Tacna; no tengo mucho tiempo, entonces paro un taxi, –voy a Jesús María, le digo, a la Feria del Libro; me la juego, ¿usted sabe dónde quedaba el bar La Catedral?

-¡Claro!, mis hermanos se emborrachaban ahí. Era una picantería. Yo iba con ellos. Está cerca de aquí.

– Vamos.

El escritor en el escenario de su novela, en los años 1970.

Nos adentramos por barriadas pobres de la ciudad buscando Fray Martín de Porres y el Puente del Ejército, aparecen edificios deslucidos, mal pintados, el cielo gris del invierno, casas derruidas, calles sucias, una vieja estación de ferrocarril.

-Aquí era, me dice.

Me bajo del taxi, lo que tengo al frente son ruinas miserables, un portal alto y cerrado por láminas de metal que impide la entrada a un recinto de la memoria; paredes sucias, ya no hay techo. Se escucha el ruido de los carros que pasan por el puente, tomo un par de fotos y vuelvo al taxi, feliz. Misión cumplida.

-Listo. Ahora sí, vamos a la Feria del Libro. Cuénteme, ¿cómo eran sus hermanos?, ¿qué hacían ellos?

-Nosotros somos limeños, uno era mecánico y el otro periodista, son mayores que yo, de vez en cuando me llevaban a La Catedral a tomar cerveza, a comer algo. Aquello se llenaba de gente. Usted me ha hecho retroceder en el tiempo. Mi papá me contaba muchas historias de Lima.

-Usted es la persona que yo andaba buscando.

El taxi recorría las calles de la ciudad en medio del tráfico de esas horas. Una ciudad que fue la capital de un virreinato católico, con iglesias por todas partes, con una catedral emblemática levantada junto a los edificios del poder, junto al Palacio, a la Municipalidad, todos alrededor de la plaza principal, cerca del río Rímac. Escoger entonces una cantina que se llame La Catedral como escenario para su novela es un signo central de su literatura, que de alguna manera, dentro de la peruana, es la otra cara del indigenismo.  Una literatura que ve la ciudad y no la sierra, que ve Lima y no los Andes; una literatura moderna, que se alimenta de Flaubert, de los procedimientos narrativos de William Faulkner, de algunas ideas del surrealismo y del existencialismo franceses. Todo lo que él mismo ha dicho tantas veces, las fuerzas del inconsciente que intervienen en el proceso creativo, los demonios, la libertad del autor que escribe en medio de un contexto político opresivo; Sartre, Camus, Salazar Bondy y el poeta peruano César Moro, su profesor en el Colegio Militar Leoncio Prado.

“Este país se conoce mejor en los burdeles que en los conventos.” Dice uno de sus personajes.

Para contar lo que él quería contar sí, sin duda: la degradación moral de unos personajes, provenientes todos de distintas clases sociales, atrapados en medio de una red de relaciones de poder corrupta y corruptora. La vida que llevó la gente común y corriente bajo una dictadura, los ocho años del General Manuel Apolinario Odría a mediados del siglo pasado, los efectos sociales y subjetivos de ese gobierno, el fatalismo, el fracaso, la sumisión, el clasismo, el racismo, el machismo, los callejones sin salida con los que se topan de frente las mentalidades rebeldes.

Conversación en la catedral

Mario Vargas Llosa publicó Conversación en la Catedral en 1969, la escribió entre París, Lima, Washington, Puerto Rico y Londres; tenía 33 años y esta era su tercera novela, la que le sigue a La ciudad y los perros y a La casa verde. Desde mi punto de vista es su mejor novela, ineludible a la hora de pensar la literatura política latinoamericana, aquella que tiene como tema central los efectos del poder en las subjetividades de este continente.

Poco a poco reconstruí, en la vida real y cincuenta años después, parte de la geografía literaria de esta obra. Fui a la casona de la Universidad de San Marcos, donde ingresó a estudiar Santiago Zavala desafiando los prejuicios de sus padres de clase alta, cerca de ahí está la Plaza San Martín, sus arcadas, el bar Zela, el Negro-negro, los lugarcitos de la bohemia limeña que frecuentaban periodistas y aprendices de escritor como Carlitos, como Norwin, como Becerrita; los amigos de Zavalita cuando trabajó en el periódico La crónica, tras dejar su casa de Miraflores, después de estar en la cárcel por formar parte de la célula Cahuide, un grupito subversivo, universitario y comunista. Santiago se hizo periodista después de ocurrido uno de los momentos determinantes de toda la trama narrativa de esta compleja ficción: la ruptura con su padre, Fermín Zavala, conocido en los bajos mundos como “Bola de Oro”, empresario aliado del régimen, beneficiado con sus licitaciones, homosexual a escondidas. Santiago rompió con él por orgullo, por amor propio, para sostener así, al menos a nivel íntimo, una fortaleza moral sobre la cual construir su propia vida.

A un costado del Hotel Bolívar se abre La colmena, la calle que lleva al punto exacto donde se junta la Avenida Tacna con Wilson, cerca del antiguo edificio de La crónica, el lugar donde inicia la novela, donde Zavalita, en su conversación interna, se hace aquella pregunta vargasllosiana que marcó la literatura, que marcó a todos los lectores de su obra:

“¿En qué momento se había jodido el Perú?”

Una pregunta que se puede leer igual en mil lugares distintos todavía hoy. En qué momento se había jodido México, Colombia, Buenos Aires, Costa Rica.

Esa pregunta es la puerta de entrada a un mundo descompuesto por la corrupción política, por la degradación moral, por el autoritarismo y por el provincianismo.

Nadie me sabe informar dónde quedaba La crónica, carros por todos lados en la avenida anchísima, los mismos “edificios desiguales y descoloridos”, el cielo siempre gris, ruido y gente caminando por las aceras. Más o menos me ubico dentro de esa operación imposible, la de hacer coincidir la vida de una ficción con la realidad; esa operación loca, solo despertada por la pasión que nos hace creer en la literatura y salir a buscar por el mundo lugares hechos de palabras, lugares de la imaginación que no existen en ninguna otra parte. Me consuelo diciéndome que Leonardo Padura hizo lo mismo; acabo de leer un artículo suyo en el que dice que caminó la Avenida Tacna de principio a fin como un peregrino, buscando, igual que yo, la Lima de Conversación en la Catedral.

“-Pa su diablo, niño… ¿No, niño?”. Me imagino al negro Ambrosio en La Catedral, con gente parecida a él y a los hermanos del taxista que me llevó a Jesús María. A poca distancia del bar estaba la perrera municipal, donde este hombre degradado hasta la humillación llegó a trabajar como matador de perros. A palos, descargando furia y frustración empozadas, golpeaba a los perros de la ciudad, aquellos a los que lograban cazar y meter en unos sacos, lo hacían para prevenir la rabia. Ahí se reencontró con Santiago, el hijo de su patrón, de su amante.

A la esposa de Santiago Zavala le habían robado a Batuque, su perrito, y él se fue a buscarlo hasta la perrera. Se reconocieron y entonces caminaron hasta La Catedral, “uno de pobres”, dice el negro Ambrosio, donde conversaron entre cervezas durante cuatro horas. Esa conversación es la novela, en la que se recrea, mediante un ejercicio narrativo extraordinario, lo ocurrido doce años antes, la vida de personajes memorables, maravillosos, a través de los cuales Vargas Llosa logra lo que se propuso, contar la vida del Perú durante “el ochenio” de Odría.

“Ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral del Perú del ochenio fue la materia prima de esta novela, que recrea, con las libertades que son privilegio de la ficción, la historia política y social de aquellos años sombríos.”

Mario Vargas Llosa construyó una gran novela de narrativa urbana.

El parricidio y algunas formas de contarlo

La innovación narrativa, la experimentación técnica, generalmente no obtienen buenos resultados cuando las obras que contienen estas prácticas literarias se quedan en eso, en vacíos juegos formales que aspiran a coincidir con los mandatos estéticos de las tendencias de moda en una época.

Para autores como Vargas Llosa la forma está al servicio de lo que se quiere contar. Al igual que en William Faulkner, sus mejores novelas tocan temas ancestrales, temas que recorren la literatura desde siempre, asuntos humanos relativamente escondidos tras las trayectorias de personajes cuyas vivencias ficticias se conectan con el inconsciente de los lectores, produciendo entonces efectos subyugantes. El desacato a la autoridad paterna y el incesto en Absalom, Absalom; el rechazo de sí mismo, el temor a que su abuelo lo llegue a asesinar por tener sangre negra, el racismo que carcome la conciencia del mulato Joe Christmas en Luz de agosto; la rebeldía frente a la disciplina militar que es un desplazamiento del odio hacia la autoridad paterna, tal y como ocurre en La ciudad y los perros; la castración en Los cachorros, el fanatismo religioso en La guerra del fin del mundo, la mujer prohibida en La tía Julia y el escribidor.

Vargas Llosa, hasta los diez años, creyó que su padre estaba muerto, incluso cuenta que por las noches le rezaba a su espíritu tutelar. Un día apareció, lo arrancó de la casa y del amor de sus abuelos maternos y se lo llevó junto a su madre a vivir a Lima. Lo maltrató, lo pateó, le pegó, lo humilló y lo matriculó en un Colegio Militar para que se le quitara “la mariconería” de la literatura. Él reconoce esto como el principal trauma de su vida y, por otro lado, dice que el aprender a leer y la fuga que permite la ficción forman parte de lo mejor que le pudo haber pasado.

Sin duda, accidentes de la subjetividad de este tipo necesariamente han llegado a trasladarse a algunas de sus novelas, sin que esto implique, claro está, que su obra sea un reflejo de su biografía.

Volviendo a la conversación, Santiago Zavala y Ambrosio no se entienden nunca, por más que hablen durante cuatro horas. El hijo rebelde de “Bola de oro” no sabe por qué Ambrosio, chofer de su padre, mató a una prostituta por fidelidad a su patrón. Ambrosio, por su parte, no comprende por qué Santiago se fue de su casa de ricos y se rebeló contra don Fermín, amargándole así la vida a ese hombre tan bueno y elegante, “a ese hombre tan todo.”

“-¿Él te mandó? Ya no importa, quiero saber. ¿Fue mi papá? (…)

–Me voy para que se arrepienta de lo que está diciendo-ronca, la voz lastimada-. No necesito trabajo, sépase que no le acepto ningún favor, ni menos su plata. Sépase que no se merecía el padre que tuvo, sépaselo. Váyase a la mierda, niño.” Le recrimina a Santiago un Ambrosio exaltadísimo.

Ambos están separados por una vivencia distinta del poder, por el abismo subjetivo que separa a las clases sociales, por el lugar que ocupan en ellas y por regiones inconfesables de la personalidad de cada uno de ellos.

Los entretelones de estos asuntos están tratados en Conversación en la catedral mediante diálogos y narraciones en apariencia inconexos que entrelazan lugares y  tiempos distintos, entendibles solo por la trayectoria de los personajes que participan y por las relaciones que existen entre ellos. Al igual que en Faulkner, la misma historia se cuenta desde perspectivas diversas, en las que siempre se esconden datos relevantes, lo cual se hace mediante un uso magistral de la vaguedad, de la confusión controlada; exacerbando así la curiosidad del lector inteligente, quien finalmente, en medio de la ambigüedad,  precisa qué fue lo que ocurrió.

Conversación en la Catedral es una novela que persigue el sueño imposible de la simultaneidad literaria, su construcción está, a mi juicio, cimentada en el trabajo del tiempo; ella lleva a la práctica, en un bar de mala muerte de Lima, en el desorden de una conversación, aquella idea de Faulkner en la que el autor sureño sostiene que el pasado y el futuro están todos contenidos y entremezclados en el presente.

Celebrando con su esposa Patricia en el famoso bar La Catedral, donde transcurre la conversación.

En sus diálogos magistrales aparece la vida urbana de los años cincuenta en el Perú; la conspiración política, el chantaje emocional, la mafiosa existencia de Cayo Bermúdez, Cayo mierda, un “cholo” que a punta de intriga y de bala subió por la escalera de las clases sociales hasta llegar a ser el hombre fuerte de la dictadura; un hombrecillo que sabía manipular los vicios y las debilidades de hombres poderosos, de mujeres inestables usadas muchas veces como carnada sexual para oscuros fines políticos. El burgués Fermín Zavala desprecia a Bermúdez por cholo, pero se ve sometido a él por su poder y a Hortensia, su amante drogadicta, porque ella conoce sus debilidades homosexuales con el negro Ambrosio, en un momento y en un contexto social donde este tipo de prácticas eran consideradas degradaciones monumentales, que invalidaban toda aspiración política y destrozaban por completo el prestigio de cualquiera.

La vida burguesa de la familia Zavala, don Fermín, doña Zoila, el Chispas, la Teté, sus prejuicios, sus costumbres, su escándalo ante las decisiones de Santiago, se alternan en la narración con el bajo mundo que frecuentan y nos cuentan los periodistas del periódico amarillista La crónica, perspectiva desde la cual también queda expuesta la otra vida de don Fermín, su relación con Cayo Bermúdez, sus negocios, sus humillaciones, sus gustos sexuales. Esto termina de completarse con las perspectivas de las prostitutas y amantes de Cayo, Hortensia y Queta; con lo que piensa y dice el propio Cayo mierda y con los puntos de vista de la servidumbre, Amalia, los choferes, los guardaespaldas, para configurar así el mural completo de una sociedad moralmente derruida, para acercarse así a “la tentación de lo imposible”, la novela total.

Ese tipo de novela sobre la cual teorizó Vargas Llosa con tanta pasión, como si hablara de sí mismo, en Carta de batalla por Tirant lo Blanc y en Historia de un deicidio, el extraordinario ensayo de crítica literaria que le dedica a la obra de Gabriel García Márquez.

Conversación en la catedral logra lo que se propuso y más, a cincuenta años de su publicación ha envejecido bien, ha superado la prueba del tiempo; algunos de los problemas sociales que trata siguen vigentes, su estructura literaria aún impresiona. Además, es una novela que tiene el poder de convertir a algunos de sus lectores en peregrinos, fanáticos que viajamos a la ciudad de Lima en busca de sus personajes, de los principales lugares de su geografía literaria, tratando con esto de comprender mejor y de sumergirnos aún más en un mundo que solo es posible gracias a los efectos que produce en la mente una obra maestra.


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