Arte y filosofía

Solemos entender por “arte” una experiencia existencial en la que intervienen tres elementos: lo real o contenido, los sentidos o contacto subjetivo e inmediato

Solemos entender por “arte” una experiencia existencial en la que intervienen tres elementos: lo real o contenido, los sentidos o contacto subjetivo e inmediato con lo real y la imaginación o reacción creadora del sujeto frente al contacto con lo real. Lo cual expresamos con una sola palabra: “sensibilidad”. Por eso, la división de las bellas artes se basa en cuáles son los sentidos que nos dan una experiencia estética específica. Así hablamos de “artes musculares” (tacto), como la danza o la gimnasia, “artes visuales” (vista) como las artes plásticas y “artes auditivas”(oído) como la música, la retórica y la narración literaria, o una mezcla de todas ellas, como las artes del espectáculo. La construcción de lo real se basa en la ubicación de los objetos en el espacio (vista) y el tiempo (oído) y su disfrute o placer en la sensibilidad, de donde proviene la experiencia estética que da origen al arte (cfr. Dufrenne, Mikel: L´expérience estétique, 2 vol., P.U.F., Paris, 1967). Vista y oídos se suelen considerar como  los sentidos superiores o nobles del ser humano. De hecho, las dos fuentes o raíces histórico-culturales de donde proviene la civilización occidental, hoy hegemónica en el mundo, son la Grecia clásica (cultura de la vista, del espacio y forjadora de la racionalidad lógico-matemática, especialmente de la geometría o matemática del espacio) y del judeo-cristianismo (a Dios en la Biblia no se le ve, tan solo se le oye, porque Dios es “palabra”; sus mensajeros son “profetas”, esto es,  quienes hablan en nombre de Dios). Grecia crea la ciencia y la racionalidad occidentales y el pueblo de la Biblia crea la ética de la alteridad dialéctica, cuyo objetivo es promover la dignidad de la persona humana como valor absoluto. Pero en ambas culturas, lo que caracteriza al ser humano es la “palabra” (“logos” entre los griegos, “dabar” para los hebreos). El hombre es un animal capaz de hablar y, con ello, capaz de construir mundos o universos gracias a la palabra o discurso a través del cual, y gracias al cual, domina lo que le rodea creando objetos culturales, mediante los que da sentido a su propia existencia en forma colectiva con la construcción de civilizaciones.

Pero el origen de la música y el de la literatura es el mismo: la palabra como sonido o fonema. La literatura no se hizo originalmente para ser vista sino para ser oída. Si el origen de la música es el canto (humano y el de los pájaros) y el uso de la voz humana como instrumento musical natural y espontáneo, el origen de la literatura es la narración. La tradición oral es lo que da identidad cultural y política a las comunidades o grupos humanos estructurados. Uno de los grandes aportes de la  actual narrativa iberoamericana, específicamente la corriente estética inspirada en el realismo mágico, es la reivindicación de la narración o lenguaje oral como lugar natural de la literatura. El ligamen de la literatura con la música es, por supuesto, anterior, pues, sin ir muy lejos, los modernistas  en la segunda mitad del siglo XIX, definían la poesía como: “aquello que de música tienen las palabras”. La poesía no tiene como finalidad decir algo concreto, como pretendían los románticos siguiendo a Víctor Hugo, quien incluso, subordinaba el arte literario a la construcción de la historia, sino recrear la experiencia sonora de la palabra en todas sus dimensiones. Los llamados “poetas malditos” se consideraban músicos frustrados; con su arte pretendían hacer música no frente a un pentagrama sino escribiendo palabras, emborronando poemas. Para ellos, la palabra se convertía en arte bello, es decir, en literatura, sobre todo en poesía, si se acercaba a la experiencia musical. El arte inmortaliza a los amantes al llevarlos a la plenitud del goce estético que llega a su culmen tan solo en el instante de la plenitud erótica como antesala inmediata de la muerte. Vida y muerte se confunden en un abrazo de amor y muerte, de agonía y gozo que lleva al arte a su más elevada manifestación: la tragedia, asumida esta como muerte por y de amor. Tal es el sentido último de la tragedia como expresión más elevada del arte, al llevar la experiencia humana a sus propios e insalvables límites. Es cuando, al decir de Kant, el arte sobrepasa  los cánones de lo bello y se avizoran los inconmensurables horizontes de lo sublime. Allí el tiempo deviene eternidad. Pero como el ser humano es un ente finito, y por ende mortal, esta infinitud de lo finito se expresa en la paradoja existencial del instante. Ya en Bach pero, sobre todo, posteriormente en Wagner en el arte occidental (en la tradición china siempre fue así), esa plenitud del instante como experiencia humana de la eternidad (místicamente desarrollada en la incomparable prosa poética de San Agustín), se expresa en el cromatismo. Todo el impresionismo musical posterior está impregnado de este cromatismo hasta el punto de convertirlo en signo distintivo de su revolución estética. En cuanto a la poesía, la división de sílabas largas y cortas del arte poético de los antiguos latinos busca imprimir ritmo al verso. En el canto litúrgico de las iglesias cristianas, texto y música están indisolublemente ligados. La música se subordina al texto porque este es considerado como “divinamente inspirado”. Por otro lado, se suele decir que en la tradición musical italiana el instrumento imita a la voz humana, mientras que en la tradición germánica el caso es al revés: la voz humana imita el sonido de los instrumentos musicales. Los ejemplos del ligamen entre literatura y música se podrían multiplicar ad infinitum

Pero el objetivo de esta reflexión no es ese, sino tan solo abrir una de las puertas que nos podrían conducir a las intimidades del corazón humano, a fin de indagar  alguna vía que nos lleve, como Beatriz a Dante, a desentrañar los meandros de la identidad histórica y cultural de nuestros pueblos, los pueblos latinos, amantes y autores, tanto en la vida cotidiana como en las bellas artes, de aquello que una vez en las riberas del Mar Mediterráneo, sus pobladores calificaron como la más relevante característica del ser humano: el don de la palabra.


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