Anticipación freudiana y psicoanálisis en Shakespeare

La relación del psicoanálisis y la tragedia es indisoluble. En este artículo Miguel Quemain indaga en la relación de Freud con algunas obras de Shakespeare

La presencia de Shakespeare en el psicoanálisis contemporáneo tiene sus bases en el interés que el creador de la teoría psicoanalítica, de la metapsicología, le atribuyó a esa capacidad de pensar la condición humana a través de una constelación de personajes inmortales que parecen encarnar las posibilidades expresivas de lo que se conoce como el inconsciente.

Es decir, un conjunto animado de pulsiones que en muchos casos tienen nombres propios, nombre y apellido, linaje y poseen el impacto de lo grupal, lo colectivo/masivo y lo individual. La puesta en situación de cada una de esas fuerzas esboza el ilusionismo que nos provoca toda historia, toda anécdota y su capacidad de ser reproducida por su carácter legendario, mítico y simbólico.

La atracción que significó Shakespeare en la vida de Freud fue muy poderosa. La aproximación biográfica más exhaustiva en el terreno de los datos documentales que elaboró Peter Gay (Freud, vida y legado de un precursor, publicado en inglés en 1988 y traducido por Paidós en 1989) refiere cuatro obras fundamentales: El mercader de VeneciaHamletMacbeth y El Rey Lear.

Son obras que serán revisadas con ahínco por los psicoanalistas postfreudianos, tratando de encontrar modelos metapsicológicos para las tramas oníricas, edípicas y por supuesto poéticas que están desarrolladas en ese conjunto al que se agregará Otelo, que le servirá de inspiración a una Melanie Klein más madura y mejor formada (su autodidactismo incluía un bagaje literario muy pobre que tuvo como contrapeso su gran imaginación clínica) para explicar las diferencias que encuentra entre los celos y la envidia, uno de los planteamientos metapsicológicos que la colocó en el mundo de las ideas más importantes del pensamiento psicoanalítico.

Vale decir que por pensamiento psicoanalítico se entiende ese viaje de ida y vuelta entre la práctica clínica y el pensamiento que organiza los libretos del mundo neurótico y despliega las ideas canónicas, las herramientas del discurso psicoanalítico, por nombrar de un modo ese lenguaje que se desmarcó tanto de la filosofía como de la psicología general.

Sueño, contradicción y simbolismo

Hacia 1895, involucrado en las indagaciones sobre la histeria y perfilando lo que cinco años después y una década más tarde serían trabajos que terminarían por sostener el edificio psicoanalítico, La interpretación de los sueños (1900) y Tres ensayos (1905) ya sabía que, de las lecturas de Shakespeare que precozmente había iniciado como traductor cuando tenía diez años, lo que tenían de interés para él era la evidencia de que el deseo es el motor del pensamiento y que en la observación clínica esa fuerza de combustión es el material sobre lo que se consolida la condición de lo humano: el espíritu de contradicción.

La contradicción es esa certidumbre sobre la que se edificaban las dudas más fecundas del pensamiento y las corrientes más subterráneas, impulsadas por un trenzado pulsional que conducía tanto lo intelectual como lo anímico y emocional. No en balde, el propio Gay señala unos versos de Conrad Ferdinand Meyer que acompañaban a Freud como si se tratara de una consigna: “hombre con todas sus contradicciones”.

La perfección y el dominio que Freud poseía de la lengua inglesa le permitieron tener una gran intimidad con el pensamiento de Shakespeare (“quien le planteaba enigmas fascinantes y al que podía recitar in extenso en su inglés casi perfecto”, dice Gay). Este es un aspecto esencial cuando se trata de analizar la cercanía con este gran poeta inglés, aunque es importante reconocer la melodía que producían en su corazón sus clásicos alemanes que solía leer en voz alta, principalmente Goethe, Schiller y Heine.

La indagación del psicoanálisis en las artes dista mucho de ser únicamente la expresión de un gusto freudiano. Se trata de la puesta en obra de uno de los principios rectores de la mente desde su planteamiento en las producciones plásticas del sueño hasta las indagaciones que propone la sexualidad infantil con la idea de sublimación que, si bien hoy no tiene la importancia clínica de los inicios del psicoanálisis, continúa como una idea que expresa el trabajo de lo simbólico, el desplazamiento y la condensación como las expresiones del inconsciente, ese mundo sin tiempo ni espacio.

Los recorridos de Freud por la cultura de su época son importantes su expresión de interés permanente en las obras del espíritu humano. Pero la indagatoria que emprendió sobre El Rey Lear y en la plástica sobre el Moisés de Miguel Ángel son formas de reconocer los alcances de su nueva disciplina crítica y analítica.

Peter Gay refiere que en 1909, cuando Ernest Jones le propuso enviarle su trabajo sobre el complejo de Edipo en Hamlet, Freud se mostró muy interesado. El artículo de Jones consistía en la ampliación de unas páginas célebres de La interpretación de los sueños dedicadas a los sentimientos de culpa suscitados en Hamlet por su amor a la madre y su odio al padre, páginas que Freud recordaba con evidente orgullo: “Cuando redacté lo que me parecía la solución del misterio, no estaba emprendiendo una investigación especial sobre los valores literarios de Hamlet, pero sabía cuáles eran los resultados de nuestros escritores germanos, y vi que incluso Goethe había errado el blanco”.

La afirmación de Freud: no estaba emprendiendo una investigación especial sobre los valores literarios de Hamlet, muestra que en realidad la ambición de aplicar el psicoanálisis a la literatura estaba fuera de sus intenciones y, en cambio, se halla muy presente en el psicoanálisis posterior que toma como marco la metapsicología para tratar de entender cómo funciona eso que llamamos personaje y cómo la vida anímica, la interioridad del sujeto y esa mezcla de ética y moralidad se imponen a las tramas por más perfectas que estas sean.

Sin embargo, Freud demuestra que justamente el amor a la literatura consiste no solo en enfrentarla con las herramientas del (psico)análisis, sino en incorporarla como un lenguaje que expande las posibilidades del comportamiento hacia el terreno de las intenciones, y que detrás de la máscara de lo que parece correcto, lo más humillante de nuestras vidas suelen ser menos nuestros actos que nuestros ideales.

Debo hacer un paréntesis para acotar que muchas veces lo que entendemos por psicoanálisis aplicado es el empleo ortodoxo y desinformado de un vocabulario freudiano para distinguir unas operaciones en el texto como si estuviera manipulando en la obra una especie de “subconsciente”. Uno de los precursores de ese malentendido es Terry Eagleton, que es tomado como biblia por profesores trasnochados de Teoría Literaria. Egleton propone un análisis muy limitado que ni siquiera considera que las diferencias entre la primera y la segunda tópica harían una distinción de grado si se intentara aplicar el psicoanálisis a un tema literario. No es Didier Anzieu, no es André Green ni Lacan, y todavía los estudiosos de la literatura tendrán que hacer un esfuerzo para terminar de entender que las expresiones y los flujos de lo inconsciente son profundos e idiosincrásicos y separar el psicoanálisis aplicado (del que abjuró el propio Freud con su Leonardo) de la utilidad clínica.

Del inconsciente a la idea de lo humano

Una de las fascinaciones que implica el pensamiento shakesperiano es esa lucha contra la tiranía que el propio sujeto se impone. Escribe el psicoanalista inglés Adam Philipps que el psicoanálisis, tal y como Freud lo concibió, siempre fue una crítica contra la simplicidad de la vida, por no decir cualquier indicio tiránico de perfección. Como pasa en el mundo de Shakespeare, sobre todo en ese universo tan poco explorado por Freud, Sueño de una noche de verano, el psicoanálisis empezó, puntualiza Philips en su ensayo titulado “Perversión” (en Flirtear, Faber and Faber, 1994, Anagrama, 1998), con el desconcertante problema de las diferencias entre los adultos y los niños, es decir, con el problema de la importancia de la conexión entre deseo sexual y reproducción.

La relación tan íntima entre su vida y las experiencias que había extraído de la lectura de Shakespeare son asombrosas y corresponden a una persona que ha hecho de la literatura, de esas vidas posibles en el mundo de la ficción, una fuente inagotable de experiencia. Con Anna, por ejemplo, su hija pequeña (su Antígona, la llamaba), profundamente apegada a él, trataba de que se desprendiera un poco de su tutela y la impulsaba al desapego, pero como señala su biógrafo: para Freud, una cosa era animar a Anna para que creciera y otra totalmente distinta permitirle crecer.

En 1913, Freud le confesó a Ferenczi que su hijita Anna “le hacía pensar en Cordelia, la hija menor del Rey Lear”. De allí surgió una conmovedora meditación sobre el papel de las mujeres en la vida y la muerte de un hombre, “El motivo de las elecciones del cofre”, artículo publicado ese año.

Pero no todo es una observación clínica ni una meditación doméstica. Freud no le atribuyó demasiada grandeza al hecho de que un paciente fuera o no un artista (hoy se reconoce que la tarea creadora del paciente es su capacidad de reescribir su vida y cuestionar los aspectos paralizantes de su identidad sin destruirla). La indagación en su biografía desde distintas perspectivas ofrece miradores de acuerdo con el  examinador en turno: Paul Ricoeur prefiere hacerlo en la tradición aparentemente más cercana por la lengua: Goethe, Heine, Schiller. Las referencias a Shakespeare en su gran libro sobre Freud se refieren sobre todo a Hamlet.

Con su Vida y obra de Sigmund Freud (1953, Anagrama, 2003), Ernest Jones tampoco se propone hacer complejas elaboraciones de su relación con Shakespeare. Octave Mannoni y su Freud, el descubrimiento del inconsciente (Seuil, 1968, Nueva Visión, 1987) prefiere instalarse en la metapsicología y establecer una línea de tiempo para entender sus contradicciones y sus filiaciones.

La bibliografía es amplia y tendenciosa, y con esto quiero decir plural y de diversos signos que esclarecen el conjunto, como Shakespeare o la invención de lo humano (1998, Anagrama 2001), de Harold Bloom, un libro muy polémico que provocó un gran rechazo entre los académicos especializados.

Los libros Freud con los escritores (Nueva Visión, 2014) de Gómez Mango y Pontalis, hasta ese extraordinario ensayo de André Green, Sortilegios de la seducción, lecturas criticas de Shakespeare (Paidós, 2005), representan el tejido fino en la aproximación a los intereses literarios de Freud y sus consecuencias para el psicoanálisis y el estudio de la literatura.

Exhaustivo en lecturas y recorridos es Didier Anzieu quien, en El autoanálisis de Freud y el descubrimiento del inconsciente (PUF, 1959, Siglo XXI, 1978) hace una lectura tan detallada como la de Peter Gay. También le atribuye en su acercamiento a Shakespeare una polifonía de intereses. Gay resume muy bien la actitud de Freud frente a este problema.

La tarea del crítico psicoanalítico consiste en rastrear los distintos modos en que la lectura, la audición y la visión generan realmente placer estético, sin pretender juzgar el valor de la obra, de su autor o de su recepción… Al mismo tiempo, si optó por leer El mercader de Venecia y El Rey Lear como meditaciones sobre el amor y la muerte, no por ello Shakespeare se convirtió para él en un asunto de interés puramente clínico o puramente literario como ha pasado con muchos exégetas.

Hoy en día, mucha de la comprensión de la literatura y su confección le deben tanto al psicoanálisis como al universo shakespeariano. No se puede prescindir de la cultura en el psicoanálisis, pero tampoco del pensamiento psicoanalítico en el análisis de la cultura en general y la literatura en particular. Eso mantiene a la obra de Shakespeare en condiciones de describir al hombre de hoy, que sigue planeando su futuro a sabiendas de que siempre será una ilusión irrealizable.

Hay dos objetos que obseden al psicoanálisis contemporáneo: uno es Hamlet y otro Otelo, muy tratados ya, pero su exposición excede el propósito de este artículo. Queda pendiente el tema de Hamlet, el tema del duelo, de la melancolía y la venganza. También pendiente la exploración de los celos, un asunto de todos los días que a menudo se confunde con la envidia. Y claro, queda pendiente su confianza en el “poder curativo del amor” que no tiene que ver con Shakespeare si no con Jensen y su Gradiva.

 Tomado de La Jornada.


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