Hospitales, empleos y turismo: una emergencia a pie de calle

Trabajadores precarios o desempleados, un empresario turístico congelado y un trabajador hospitalario que piensa dos veces las cosas son solo algunos de los rostros que miran a una crisis que toca a todos.

La epidemia del coronavirus se apresta a cumplir su tercera semana en Costa Rica, mientras una gran parte de la población lidia consigo misma en el encierro preventivo como nunca antes y los empleos empiezan a descalabrarse a una escala impredecible.

El impacto es mayor en la industria turística que en este siglo había crecido hasta irrigar los ingresos de familias de todo nivel y en toda la geografía nacional, pero el efecto en cadena funciona más rápido cuando destruye.

Por suerte tengo seis meses de seguro todavía, según entiendo. Ya después tendré que ver, porque trabajo fijo no voy a encontrar”.

José Alberto Chinchilla, repartidor de comida

El temor a la crisis crece en personas que han venido generando riqueza, aunque en otras lo que se viene es solo empeoramiento. Estos son los que ya estaban en desempleo o en ocupaciones precarias, los que no tenían un seguro, una esperanza y mucho menos un ahorro. Los que tenían deudas impagables y los que de por sí sobrevivían sin saber cómo.

Todos, eso sí, cruzan los dedos para no caer en los hospitales en estos días, donde miles de funcionarios ponen el pecho a la epidemia con una mezcla de compromiso y de miedo a contagiarse, como ya le ha ocurrido a otros compañeros.

Son los rostros de esta crisis que angustia en cada coordenada del planeta, que arrasa con ancianos en Italia y España, y que en Costa Rica provoca el primer decreto de estado de emergencia nacional de la administración Alvarado Quesada.

El alcance se mide en macro, pero se vive en micro, en la moto del repartidor de comida recién despedido de su trabajo, en el uniforme del hombre que limpia un hospital o en la oficina del empresario que de repente vio todo congelarse en Guanacaste y ahora discrimina en sus empleados para despedir solo a los que no tienen hijos.

Decenas de personas visitaron el Ministerio de Trabajo este lunes para buscar como suspender contratos o rebajar jornadas de sus trabajadores. (Foto: Álvaro Murillo)

Lluvia sobre mojado

José Alberto Chinchilla busca la única sombra que hay frente al centro comercial Lincoln en Moravia para revisar el celular, a ver si alguien quiere que le haga un mandado. Sin quitarse un pañuelo que le cubre boca y nariz, ni el casco, ni los guantes, ve que no hay nada en lista y aprovecha para limpiar el bulto verde de la marca Ubereats con la que reparte comida en estos tiempos de confinamiento doméstico.

Es lunes y tiene la esperanza de que le salgan clientes ahora que muchas personas compran comida desde casa para evitar contagiarse del coronavirus y deja que otros se ganen algo a cambio del riesgo a contagiarse. Necesita que la jornada rinda porque el jueves, cuatro días antes, recibió la carta de despido de una empresa ligada al negocio de los cines, ahora que están cerrados por orden del Gobierno. No le han pagado aún la liquidación y las necesidades son apremiantes.

José Alberto tiene 36 años y una moto Honda 125 cc que aún le debe a un chavalo que también le financió el celular. Tiene cuatro hijos y uno en la cárcel, tiene una esposa desempleada, una casita en alquiler y urgencia por ir a recoger “un diario” que en la escuela le van a dar a su hija, pues está suspendido el servicio de comedor.

Mira alrededor y apenas pasan carros. Vuelve a ver el celular para ver si ya tiene algún pedido, pero no hay nada. Sabe que vendrá. Tiene que venir porque de alguna manera debe sostenerse mientras le pagan la liquidación. “Si es que me la pagan”, dice con escepticismo.

Se quita el pañuelo de la boca para hablar mejor y le puedo ver los ojos irritados. Se apresura a advertir que es alergia, nada más, pero reconoce que tiene sensaciones como de gripe después de que fue el domingo al hospital Calderón Guardia porque se cayó de la moto el domingo antepasado. “Por suerte tengo seis meses de seguro todavía, según entiendo. Ya después tendré que ver, porque trabajo fijo no voy a encontrar”.

A esa misma hora había una fila más larga de la cuenta en el Ministerio de Trabajo. Eran patronos que acudían a preguntar cómo suspender contratos laborales, reducir jornadas o directamente preguntar qué hacer. “Todos vienen a eso”, dirá la portera mientras pedía a todos guardar dos metros entre sí en la fila.

La mujer también tiene los ojos irritados y la nariz roja, y varios lo notan. “Hay que hacer esto rápido e irse”, dice una mujer dueña de unas panaderías. Cerca está un proveedor de insumos para mueblerías; se llama Gustavo Vargas y no está tan convencido de la utilidad de este trámite.

“Mire, yo mañana podría cerrar el negocio y esto no valdrá de nada. Esta crisis obligará a cambiar el orden legal, el ético y hasta el de las relaciones personales. Vea que usted y yo establos hablando a dos metros de distancia porque usted teme que yo le pegue el virus y yo temo lo mismo”, dijo el hombre, patrono de 10 empleados.

También estaba el dueño del bar La Migueleña, en San Miguel de Santo Domingo de Heredia. Tiene el negocio cerrado por orden de Gobierno “y de todas formas nadie estaría yendo a consumir”. Quería saber qué plantear a sus empleados porque no quiere perderlos y está dispuesto a pagarles salario completo por un tiempo, pero no sabe qué pasará luego.

Se lo planteó a dos hombres de traje y corbata que salieron a hablar con la gente fuera. Uno de ellos es el viceministro Ricardo Marín, pero las personas le preguntaban como en consultorio. Él les recomendaba hacer todo por la vía legal y mientras tanto buscar formas originales de mantener el negocio. Les contó que conocía al dueño de un bar que vendía cervezas y bocas por mensajero, y que no le ha ido mal.

Y llegaba otro. Y otro. “Y esto apenas empieza. Espérese y verá. Lo que nunca hemos visto”, dice un hombre mayor en la fila. Vendrán un montón de muchachos a pasar a Ubereats o esas plataformas, pero eso es cuando ya no hay nada más”, explica.

Tiene razón, si se ve el caso de José Alberto Chinchilla o de su colega Carlos, otro hombre que con un gran bulto amarillo de la plataforma Glovo esperaba temprano que abrieron el Lincoln Plaza. Debía llevarle un juego de mesa y un rompecabezas a una mujer en Tibás “para que no salga y se enferme, es uno el que lo hace”. Se ganaría ¢1.000 por ese servicio, pero es optimista y ve una oportunidad en tanta gente encerrada en casa.

“Es la gente que puede. Uno no. Uno tiene que ponerle bonito en la calle. A mí se me venció el contrato por el Ebáis que tenía la Unibe, ahora lo pasó a la CCSS y tengo que ser realista: ahora no voy a encontrar otra cosa”.

Una caída abrupta en el turismo reportan empresarios de este sector. Este martes en el
Paseo de los Turistas, en Puntarenas, apenas había movimiento. (Foto: Miriet Ábrego)

El turismo del año, en coma

Una semana antes de que se confirmara el primer caso de coronavirus en Costa Rica,  José estaba reunido con clientes para ver qué otros negocios podían hacer al acabar este año para aprovechar el buen impulso con el que cerraría el 2020, a juzgar por las multitudes de turistas que llegaban en la primera parte de la temporada alta.

Calculaban que iba a ser un buen año, que la infraestructura turística más bien se podía quedar corta. Por ahí recibían alguna noticia sobre un nuevo virus en China que circulaba ya por Asia y de repente pasó a Europa, pero nadie se preocupaba aún.

“Seguía bonito”, cuenta este propietario de una empresa mediana que provee servicios a numerosos hoteles en Guanacaste y que ahora, como todos en el sector, está varada. El entusiasmo de enero y febrero se relativizó cuando se conoció que el virus llegó a Estados Unidos y que Donald Trump cerraba fronteras a los europeos. Además, un poco después, el 6 de marzo, se conoció que Costa Rica ya alojaba a una persona con la enfermedad, justamente una turista estadounidense.

“Eso fue un antes y un después. Todos adoptamos medidas de limpieza y lo veíamos como algo que se podía sostener, pero empezaron a llegar las cancelaciones”, cuenta José, que habla en primera persona plural porque se refiere a su empresa y a toda la cadena de clientes y proveedores. Es lo que ocurre en el turismo, un sentimiento colectivo.

Después vino el hachazo: la amenaza del coronavirus obligó al Gobierno a tomar la decisión radical de cerrar las fronteras a los turistas. Se anunció el 16 de marzo para aplicarse dos días después, pero la cascada de cancelaciones era inevitable. Miles de turistas adelantaron su salida para evitar quedarse varados en otros aeropuertos y el ingreso era casi nulo.

Ahora hay ciento de contratos disueltos o suspendidos, miles de empleos sin razón de ser porque no hay clientes y una marea de incertidumbre porque lo peor es que “no sabemos cuánto va a durar esto”, cuenta José desde su casa en un pueblo costero convertido de repente en un pueblo fantasma.

“Me reuní con el personal y les dije que tiren ideas. Que en esta situación toda idea puede ser útil para salir de esta. Algunos piden vacaciones, otros un permiso sin salario, esperamos ver la flexibilidad laboral y, diay, hay contratos temporales que ya no. Hemos tenido que tomar decisiones pensando en quién vive aún con los papás, quién tiene hijos o quién paga pensión. Ya no se trata de quién es mejor en su trabajo, sino qué efectos podemos evitar”.

A este empresario, joven y con trece años en el negocio, se le escucha preocupado y conmovido. Dice que no es de llorar, pero que en estos días ha estado cerca de hacerlo al ver un empleo menos, una reducción abrupta en los ingresos o al escuchar un candado cerrarse en tantos negocios que viven al día en un sector estratégico del país, cuyo aporte llega (o llegaba) a 8% del PIB y a 10% de los trabajos.

Se suman los formales y los informales. Se suma Jeison, el menor de una familia que  vende frutas en Cóbano y que surtía a unas heladerías en Mal País donde ahora solo se ve el portón de acero. “Llegué a dejarles la mercadería y no había nadie; ni me contestan el teléfono”, contó por teléfono el sábado pasado. Tuvo que venderla a un precio 80% inferior a un restaurante de un hombre que quiso hacerle el favor, porque no tenía clientes.

Y así en cada rincón, cada playa y cada parque nacional. Grandes y pequeños, con la mira puesta en que vuelvan a abrirse fronteras el 12 de abril, pero con la sospecha de que durará más que tres meses o cuatro, con la pregunta abierta: ¿cuánto más?

José se despide con una promesa: volver a contar su historia cuando comience la próxima temporada alta, a finales de este año, y reportar sus hechos representativos de que el turismo se esté recuperando. Otros negocios ya no contarán el cuento.

Escena frente al teatro nacional con poco movimiento de peatones y vigilancia de la policía municipal. (Foto: Álvaro Murillo)

Personal hospitalario: foco y terapia

Ya no es secreto que Alajuela es el cantón con más casos de coronavirus en Costa Rica y que el hospital de la ciudad resultó ser un foco de infección generado por un médico que contagió a compañeros suyos. Se cerró la consulta externa, pero muchos funcionarios debieron seguir trabajando con el temor de ser el próximo positivo.

También se publicó ya el caso de un médico que por varios días trabajó como si nada a pesar de que sospechaba ser portador del virus. Incluso bromeaba con sus compañeros en el Hospital del Trauma, el del INS. Ahora está entre los casos confirmados y provocó un trastorno en el servicio donde operó.

Los hospitales y clínicas, centros de personas con la salud disminuida y de trabajo de miles de funcionarios que van y vienen, acaban siendo puntos de cuidado, pero a la vez son el fondo de garantía que tiene el país para evitar que el coronavirus cobre más vidas (además de los dos hombres ya fallecidos).

Ahí es cuando aparece una multitud de médicos, enfermeros, administrativos, farmacéuticos y profesionales afines para recordar una ventaja innegable de Costa Rica, pero también cientos de trabajadores operarios que resultan indispensables.

Entre ellos está Eduardo Navas, que nada especial tiene si se compara con otros colegas suyos del hospital San Juan de Dios o de otros centros de salud, pero sí frente a quienes no debemos exponernos a diario ni tenemos el deber de entrar de primeros a salones o cuartos infectados.

Navas trabaja en el servicio de limpieza y acepta que siempre ha sido riesgoso. En el San Juan de Dios ha habido casos de la bacteria clostridium y hay cuartos de aislamiento para los pocos casos de tuberculosis que aparecen. Ya hay experiencia en el manejo de situaciones delicadas, pero el miedo no se quita con experiencias, admite Navas.

“Es preocupante, pero al mismo tiempo uno sabe que está para eso. Uno tiene que hacerlo bien porque son personas; uno a veces piensa que la próxima persona que estará en esa cama o en ese salón es un familiar. Trabajamos a conciencia, aunque claro que hay miedo”, reconoce este hombre que acumula 25 años en este trabajo.

Según el área que debe limpiar, así son los implementos. “Pantalón verde, botas verdes, delantal desechable, doble guante, anteojos especiales, gorro y mascarilla n95”, enumera Eduardo.

Así trabajan horas extra, toman precauciones, restringen la camaradería con la que se suele sobrellevar las angustias naturales de los hospitales y tratan de llevar la vida propia también, aunque ahora piensa mejor las cosas y reconoce que hay errores de siempre.

“Diay sí, uno trabaja todo el día y con ese uniforme se va en el bus para la casa. Todavía lo hacemos. Ahora llego a la casa, me quito zapatos, me baño y lavan la ropa aparte. Si no imagínese lo que trae uno para la casa y cuánto peligro para la familia, pero claro que es un error venir así”.

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