Gato por liebre

¿Vasallos o ciudadanos?

Han transcurrido más de dos siglos desde que la Revolución Francesa quiso borrar de la faz de la tierra toda forma_de vasallaje propia del feudalismo

Han transcurrido más de dos siglos desde que la Revolución Francesa quiso borrar de la faz de la tierra toda forma de vasallaje propia del feudalismo y las monarquías absolutistas, para instalar en su lugar la categoría política de la ciudadanía en el marco de un régimen republicano democrático.

La diferencia es simple. Vasalla es la persona que establece un vínculo de dependencia con otra a quien reconoce como superior, carece de derechos, no lucha por alcanzarlos y tributa lealtad absoluta a un “Señor”. Ciudadana, en cambio, es la persona que se sabe igual a todas las demás, tiene conciencia de sus derechos y lucha por conquistarlos y mantenerlos. No se inclina ante nadie y, para decirlo solo con elegancia, no besa el anillo de la mano que displicentemente se le ofrece.

La evolución del progreso político humano es compleja. Como enormes olas los movimientos sociales de revolución y progreso se alzan, avanzan, se estrellan contra las costas del poder establecido; retroceden, se mezclan con viejas y arraigadas costumbres y esquemas de relación arcaicas. Así, el vasallaje sobrevive como elemento cultural enquistado, como pauta de comportamiento, a pesar de los siglos transcurridos y de las declaratorias de democracia, republicanismo y derechos humanos.

El síntoma por antonomasia de esta triste realidad política se manifiesta en la demanda, por parte del esos “Señores”, de una “lealtad” que en realidad es incondicionalidad absoluta. No tiene que ver para nada con la virtud de guardar fidelidad a quien nos ha respetado o amado, tiene que ver con la exigencia del superior de que, haga lo que haga y pase lo que pase, haga lo correcto o se corrompa,  los favores obtenidos se pagan con silencio, disimulo y abierta complicidad. Recordamos a un expresidente nicaragüense llamando “ingrato” al correligionario que lo había denunciado, o recordamos también a varios expresidentes costarricense que recurren al “me salió güero” frente a cualquier disidencia. Bajo estas exigencias de incondicionalidad está el esquema de vasallaje que supone la posesión de un poder absoluto sobre otros, un perverso sentido de “gratitud” más allá de toda obligación razonable.

Vasallo es el diputado que le hace genuflexiones al dueño del partido, el ministro que tiembla por la llamada del presidente, o el juez que traiciona su independencia por la advertencia del magistrado. Ni qué decir del mandatario criollo frente a la visita del embajador de la nación poderosa o del canciller que alegremente se suma a las tesis mayoritarias contra todo principio de derecho internacional. Y es que estos esquemas se reproducen hacia abajo, desde los macro-poderes a las relaciones más simples y cotidianas de la convivencia, en las que todos estamos involucrados permanentemente: en la familia, la escuela, el taller o la oficina. El poder disciplinario de los jefes –que por supuesto existe y debe respetarse– no significa en ningún caso la violación a los derechos fundamentales, el abuso de ese poder o autoridad, ni la anulación de la personalidad humana de los de abajo, los más débiles en cualquier tipo de relación, o los que están en minoría o son simplemente diferentes.

Ciudadano, en cambio, es la autoridad pública o persona común que siempre se da su lugar, que tiene claros sus derechos y libertades y está en todo momento dispuesto a defenderlos, con respeto, con sensatez, con vehemencia, pero sin claudicar en su defensa. Además, y esto es esencial, la ciudadanía madura y eficaz pasa también por el respeto y la defensa de los derechos y libertades de los otros, la conciencia de tener, como comunidad, un destino compartido y la convicción de que el bienestar ajeno asegura el propio.

Ahora que los costarricenses estamos inaugurando un nuevo Gobierno, debemos exigir a las autoridades públicas que se estrenan una auténtica conducta ciudadano y no mero vasallaje. Ahora que este noble pueblo parece vivir una etapa muy particular de búsqueda y tanteo dentro de la democracia, va a ser clave el rol que las personas comunes y corrientes jueguen en la construcción de una ciudadanía robusta, activa y creativa.


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