Opinión

UCR: ¿Campus o claustrum? Respuesta al profesor Iván Molina

“No hay pensamientos peligrosos; el pensamiento es peligroso.” , Hannah Arendt

De un lugar cerrado a un espacio abierto. La transmisión del conocimiento en Occidente estuvo ligada, en sus orígenes, a la religión pues, desde el siglo V, operaba en catedrales y monasterios. No en vano aún hoy se usa el término “claustro” (del latín claustrum) para referirse al recinto universitario. Este término es una derivación de claudĕre, “cerrar”. ¡Que los monasterios eran los lugares cerrados por excelencia no requiere mayor explicación!: basta ver su arquitectura exterior y analizar tanto la forma de inscribirse en ellos (solo para cierta clase social) como el modo en que operaba la circulación de las ideas (a partir de dogmas y criterios de autoridad). La universidad, tal y como la conocemos hoy, se remonta al s. XII aproximadamente, pero evidentemente la Edad Media no era el tiempo propicio para cuestionar muchas de aquellas prácticas y la tradición se mantuvo.

Es fácilmente constatable, también, que en la mayoría de las religiones históricas la mujer ha tenido un papel subordinado al varón y en muchas las han considerado impuras para efectuar ciertas actividades o para ingresar a ciertos espacios.

Religiones y universidades han estado atravesadas por (y han sido reproductoras de) las concepciones de mundo (valores, pre-juicios, estereotipos) imperantes en un determinado momento y por ello han sido (y pueden seguirlo siendo) instituciones clasistas, sexistas, racistas, etc. Así, se comprende que el himno solemne que se entona en las más prestigiosas universidades del mundo, el Gaudeamus Igitur (s. XVIII) no solo tiene referencias religiosas explícitas[2] sino que expresamente alaba el papel subordinado y complaciente que, se consideraba, debía la mujer respecto del varón («Vivant omnes virgines, faciles, formosae vivant et mulieres tenerae, amabiles bonae, laboriosae»: ¡Vivan todas las doncellas fáciles y hermosas! ¡Vivan no sólo las mujeres delicadas y complacientes, también las buenas y hacendosas…!)

En la modernidad, las universidades reaccionaron contra ese estado de cosas y aspiraron a abandonar el pensamiento mágico, elaborado e impuesto que estratificaba y descalificaba a grupos de personas para, en su lugar, abrazar el pluralismo, la libertad, la capacidad de cuestionar y de crear, de disentir y basar su hacer y saber en la ciencia. No solo aquellas estrofas se suprimieron de las ceremonias oficiales, sino que se aspiró a dejar el claustrum para adoptar el campus (llanuras). No se trata solo de palabras: involucra concepciones del quehacer universitario. Este fue el norte que se plasmó en el Estatuto Orgánico de la UCR: “contribuir con las transformaciones que la sociedad necesita para el logro del bien común, mediante una política dirigida a la consecución de una justicia social, de equidad, del desarrollo integral, de la libertad plena y de la total independencia de nuestro pueblo.”

Conocimiento, ciudadanía y desigualdad social. Pese a que la aspiración de las universidades modernas es la de reaccionar contra aquel estado de cosas, no puede ignorarse el peso que ha tenido la cultura en todo ello y cuyas variables apenas ahora se empiezan a visibilizar. Si se piensa que en los 119 años de historia de los premios Nobel, solo 23 mujeres han sido galardonadas en Medicina, Física o Química; solo 16 lo han sido en literatura o solo 16 han obtenido el Nobel de la Paz, se puede constatar que ello no ha sido así porque no hayan sido capaces de pensar, sino porque sus aportes, en muchos casos, fueron asumidos por nombres masculinos (la polémica respecto a Einstein y Mileva Máric Einstein) ante las diferentes formas de control social a las que se les sometía. Eso es violencia estructural y sistemática.

Sexismo en la academia. Estudios que se han efectuado en diversas partes del mundo determinan que el sexismo en la academia se mantiene. Aunque, como es lógico suponer, ya este no se manifiesta con la existencia de normas expresas que impidan a las mujeres el ingreso a las universidades, a las carreras o a ciertos puestos, hay prácticas veladas que, sumadas a los lastres culturales que se arrastran, terminan generando ese resultado, el cual se manifiesta de múltiples maneras. Algunas son:

a.- la creación de paneles de hombres en donde las mujeres no solo suelen estar en minoría sino desempeñar labores secundarias (moderadoras);

b.- el curriculum oculto de género: que parte de considerar que el conocimiento es neutro, pero este se presenta solo a partir de los hallazgos y enfoque masculino;

c.- la falta de bibliografía escrita por mujeres;

d.- la división sexual del trabajo académico: las académicas suelen dedicarse a las actividades de acción social mientras los académicos a la investigación;

e.- las disparidades de género en la conformación del profesorado;

f.- Las disparidades en la composición de los escalafones docentes: tanto en cantidad como en ubicación;

g.- la no erradicación del acoso sexual en los espacios académicos;

h.- La composición sexista de las ofertas académicas.

El sexismo en la academia es una forma sutil de violencia (como lo son, también, el mansplaining,[3] el manterrupting,[4] el gasligting[5] o el bropiating[6]) y, aunque se documenta en procesos de investigación serios, tanto nacionales como externos, y cuenta con múltiples indicadores, al tocar nódulos de poder constituidos, genera reacciones en no pocas ocasiones violentas (lo que no es casualidad). Así, a través de insultos, descalificaciones o ridiculizaciones muchos pretenden obtener adeptos para organizar una “resistencia”. Cualquier cosa es válida, menos los argumentos para rebatir la idea.

UCR y Consejo universitario. En CR hace apenas 70 años las mujeres adquirieron ciudadanía al emitir su voto. La UCR recién ha cumplido 80 años de fundada. Se trata de pestañeos en la historia universal. En ese lapso, aunque ya hemos tenido una rectora propietaria y algunas mujeres como profesoras eméritas y catedráticas, evidentemente no se encuentran en las mismas proporciones que los hombres. En la actualidad en esta casa de estudios la cantidad de hombres en propiedad en puestos docentes duplica a la de mujeres, tanto en la sede central como en las regionales. Por eso es iluso esperar que la producción de unas y otros sean equiparable, pero, si a ello se añade que, por aquella construcción social, las labores de cuidados de personas y los quehaceres domésticos tienen una distribución desigual por sexos se concluye que, para revertir ese estado de cosas, se necesita mucho más que “conciencia”.

En ese marco, el 27 de febrero de 2020 el Consejo Universitario de la UCR adoptó un acuerdo en donde exhortó a la comunidad universitaria a desarrollar procesos reflexivos que permitan identificar las desigualdades de género presentes en la academia y adoptar las medidas concretas para erradicar las inequidades existentes, para lo cual, entre otras cosas, consideró oportuno fomentar la participación de mujeres en diferentes ámbitos, instó al personal académico a incluir el trabajo producido por mujeres en los textos a analizar en los diferentes cursos que, en todas las disciplinas, se imparten en la unidad y respaldó el proyecto Mujeres en la bibliografía. Este es liderado por las estudiantes Valeria Rodríguez Quesada y Ariana Quesada García y, además de la sensibilización que han venido desplegando sobre el tema, pretenden “…solicitar al CU el establecimiento de una cuota mínima de textos escritos por mujeres que deberán ser incluidos en la bibliografía de cada asignatura.

En el mes de mayo el Consejo Universitario, además, se comprometió a incluir la perspectiva de género en el trabajo cotidiano de la Universidad y a generar diagnósticos a través del primer Balance del estado de la igualdad de género en la UCR que se estaría realizando a un año plazo. Todo ello recoge  el aporte e investigaciones que, desde la misma academia,  han generado diversas unidades, entre ellas el Ciem y la Escuela de Psicología.

Medidas afirmativas. Porque ese panorama es común a diferentes espacios de la vida social, las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos, adoptaron tratados de derechos humanos para combatir la discriminación contra las mujeres en todos los campos, incluyendo el académico. Costa Rica ha suscrito ambas: la Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW por sus siglas en inglés) y la Convención interamericana para prevenir,  sancionar y erradicar la violencia contra la mujer  conocida como Belem do Pará. En ellas se establece la necesidad de adoptar medidas afirmativas para combatir esas desigualdades estructurales. Estas no son discriminatorias (aunque algunos les den denominen “discriminaciones inversas”, lo que ya denota sesgo en su lenguaje) pues, como es tradición en el constitucionalismo moderno, no puede tratarse con el mismo parámetro formal aquello que, en la realidad, no ostenta el mismo trato. Este tipo de medidas han sido usadas, también, para intentar generar situaciones de equidad con otros grupos poblacionales: afrodescendientes, indígenas, personas con alguna discapacidad, etc. y han sido aceptadas en CR, con carácter vinculante para todos, por la Sala Constitucional (votos No. 229-95 y 716-98).  Es decir, al margen de que una persona no aceptara su contenido (en lo que tendría libertad, aunque, de desarrollar actividad académica al menos debería dar razones para ello) son parte del bloque normativo que, cuando se hace el juramento constitucional al graduarse, debe cumplirse.

Mujeres en la bibliografía. La iniciativa —y esto es importante de resaltar para que no se vaya a decir (erróneamente) que se mina el principio constitucional de libertad de cátedra[7]— no sugiere que esa bibliografía producida por mujeres deba tener alguna orientación particular y, mucho menos, implica que los textos que se inserten para estudio deban ser aceptados, en su contenido, por la persona docente. Solo se indica que es necesario incorporarlos y discutirlos en los cursos en similar proporción a los escritos o difundidos por hombres. Hacerlo de ese modo implicará, por un lado, que la persona docente se percate de cuan desbalanceada puede tener una propuesta (no solo en este tema, pues también hay que considerar otros factores, pero aquí en lo que interesa) y brinde suficientes elementos ya sea para exponer por qué la visión está superada o por qué se asume, dando al estudiantado una visión integral del tema. Además, el ejercicio obligará a que los y las docentes y las unidades académicas busquen, acopien y construyan de bases de datos en tal sentido.

Educar, decía el gran pedagogo del siglo XX, Paulo Freire, es enseñar a pensar… a hacerlo críticamente. Ello conducirá, si se hace bien, a que en buena parte de los casos los y las estudiantes superen a su facilitador/a. El o la docente es solo un puente que le permite a otros/as atravesar algunos senderos en la ruta del conocimiento.

Críticas infundadas. Pese a tratarse de un historiador, el profesor Iván Molina Jiménez, en su crítica a la iniciativa antes referida  —que expone en el artículo “UCR del absurdo” (Universidad, 16 de octubre de 2020)— desconoce todo ese contexto. Aunque inicia aceptando la base de desigualdad al sostener: “Históricamente, la reforma institucional como vía para superar las desigualdades de género ha dado mejores resultados cuando se trata de equiparar derechos (el derecho al voto) o de establecerlos (derecho al aborto)”, acto seguido da un salto al vacío y rompe cualquier hilo lógico en su argumentación al agregar que una reforma institucional de ese tipo no da tan buenos resultados “cuando se utiliza para forzar la modificación de mercados, como el político o el académico, sin atender a sus especificidades sociales y culturales.” El argumento es falaz por varias razones:

a.- desde el punto de vista formal, si el autor está aludiendo a resultados históricos, como dice, debería citarlos y no lo hace;

b.- parte de que la educación, el acceso a la información y a los espacios públicos no son derechos de las mujeres (para él solo lo serían el votar y el aborto), lo cual no es así, según se refirió atrás;

c.- califica la actividad política y académica como mercado y no como servicio público. Aunque en múltiples trabajos el señor Molina parece criticar el modelo neoliberal imperante, en este, por razones que desconozco, trata la educación y la cultura como productos, regidos por leyes diferentes de aquellas que marcan derechos. No puede negarse que, en la historia, ha habido mercaderes que han postrado la educación nacional porque la sacrificaron en el altar del lucro, pero no es ese el modelo al que aspira la UCR en su Estatuto Orgánico y, por ello, no debería ser el que se use para un análisis.

Lo anterior sería suficiente para desarticular el resto de sus ideas, que se basan en esa premisa. Sin embargo, prosigue: “donde las culturas socialdemócratas o de izquierda tienen todavía relevancia, las cuotas o la paridad contribuyen a que mujeres de esas tendencias amplíen sus espacios institucionales y políticos; pero donde no es así, las cuotas o la paridad más bien refuerzan el derechismo femenino.” Esa idea, que tampoco la documenta con datos, parte de otra falacia y es que los derechos políticos y de acceso a espacios públicos y a la información balanceada son solo son para aquellas mujeres que tengan una determinada forma de pensar, cuando, en realidad, están dados para todas. Como se dijo, la universidad es, por definición, pluralista.

Es claro que el análisis de las ideas (separado, en la medida de lo posible, de sesgos, dogmas o estereotipos), puede conducir a una visión de mundo, pero eso no significa que todas las personas deban abrazar esa cosmovisión y que solo ellas tengan derechos. En todo caso, no combate el profesor Molina “el derechismo masculino” que ha predominado en las universidades en el mundo y que condujo a quemas de libros en la Alemania nazi de 1933, en la Argentina de 1980 o en Bagdad en 2002; al cierre de universidades en la España franquista, a la noche de los Lápices en Argentina y más recientemente al secuestro de estudiantes en México o Nicaragua. La gran mayoría de los artífices de esos actos fueron hombres de derecha (y algunos con un discurso fundamentalista religioso), pero eso no se menciona. También lo que se oculta es ideología.

Continúa diciendo (sin demostrar): “En Costa Rica, las reformas efectuadas para incrementar la representación femenina en el Congreso y las municipalidades han tendido a aumentar en esos espacios la presencia de mujeres propatronales y fundamentalistas cristianas.” Sin embargo, el autor no pondera que esos cambios son de muy reciente data (1986 en adelante) y, en buena medida, han sido menoscabados por quienes consideran que no hay que usar cuotas. Además, omite referirse a las figuras masculinas propatronales y fundamentalistas cristianas que ha habido en la historia del país, que en número y “aportes” han sido más visibles que las mujeres. Este argumento me recordó aquel que se usaba para combatir el sufragismo femenino: que las mujeres votarían por lo que les dijera el cura. Sin embargo, los movimientos de mujeres a lo largo del mundo han mostrado que ese es un estereotipo pues más bien han sido ellas las que han luchado contra las dictaduras: desde las maestras contra los Tinoco en Costa Rica hasta los colectivos de resistencia ante el genocidio armenio, contra Trump y Bolsonaro para citar diferentes lugares y momentos.

Y del mismo modo como don Iván (ya no el profesor sino el adivinador) lanza la especulación de que la iniciativa de las estudiantes destruirá la academia pues, según él “con tal  de cumplir con la cuota, podría ser necesario incorporar a la bibliografía de cursos que abordan problemáticas para las cuales hay una insuficiente producción femenina, textos desactualizados, sin relación directa con el tema de la asignatura o irrelevantes”, yo lanzo la mía: si se aprueba esta propuesta es altamente probable que la universidad crezca en reflexión crítica, porque incorporar un texto no significa estar de acuerdo con su visión y, entonces, ya sea la propia persona facilitadora  o los y las estudiantes deberán argumentar en diferentes sentidos y crearán nuevos materiales para la discusión, superando la adopción acrítica de las simples imposiciones docentes, lo que debe ser ajena al quehacer universitario. Así surgirán nuevos textos, nuevas visiones, nuevas reflexiones.

Pero la verdadera preocupación de don Iván no es un tema país, ni ideológico, sino mucho más concreta y personal y es la que termina advirtiéndoles a sus congéneres (de pensamiento): “podría abrir el camino para que, en un futuro cercano, las revistas y la Editorial de la UCR sean forzadas a cumplir con una cuota de publicación de libros y artículos académicos escritos por mujeres, y a que se establezca un mínimo de referencias bibliográficas y documentales femeninas para los trabajos finales de graduación de licenciatura y posgrado, y para las investigaciones financiadas por la institución. Tampoco estaría lejano el día en el que los concursos de antecedentes y los procesos de adjudicación de becas para realizar estudios de posgrado en el país o en el exterior deban ajustarse a cuotas o paridades” Y si así fuera, ¿Cuál sería el problema, don Iván? ¿Acaso no se financiaron o publicaron, durante siglos y, en el caso de la UCR, durante décadas, revistas, estudios, investigaciones, posgrados y nombramientos solo de hombres? Sin cuotas afirmativas no se habría superado (al menos formalmente) en Estados Unidos la segregación de la comunidad afrodescendientes. Las acciones afirmativas están avaladas en instrumentos internacionales que se jura defender al juramentarse como profesional. No, don Iván, con las cuotas no se deja de lado el mérito académico, la calidad científica, la pertinencia temática y las especificidades disciplinarias…todo ello se continuará valorando, pero en un contexto concreto, no a partir de abstracciones artificiales.

En definitiva, ¿queremos que la UCR sea campus o claustrum?

[1]  Respuesta dada a partir de los insumos obtenidos en el proyecto de investigación Sexismo, derecho y academia: sesgos de género en los procesos de enseñanza-aprendizaje del derecho en CR del Instituto de Investigaciones Jurídicas UCR.

[2] Vadite ad superos, transite ad ínferos: Subid al mundo de los cielos, descended a los infiernos.

[3] El cuestionamiento masculino al saber femenino a través de la “explicación” de temas en grupos de pares.

[4] La constante interrupción que hacen los hombres a las mujeres cuando estas se expresan.

[5] La descalificación de la mujer con el tema de la locura.

[6] El que el hombre recibe los créditos por una idea creada y aplicada por una mujer.

[7] Que, como todo derecho, no es absoluto, sino que debe ser conciliado con otros de igual rango, como el de no discriminación y el principio de igualdad.

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