Sobre el aborto terapéutico y el movimiento “provida”

Hace un par de días le comenté que estaba pensado escribirle sobre estas materias. He decidido hacerlo. Le escribo con el ánimo de diálogo. No valen calificaciones ni diatribas en esto.

Estimado amigo, don José Joaquín Chaverrí:

Hace un par de días le comenté que estaba pensado escribirle sobre estas materias. He decidido hacerlo. Le escribo con el ánimo de diálogo. No valen calificaciones ni diatribas en esto.

Leí hace unos días un texto suyo, publicado en Internet el pasado 27 de agosto. En él señalaba usted que “La iniciativa del aborto impune, ha tensado innecesariamente la sociedad costarricense. La población pide, un basta ya, en ese tema y está en favor del respeto a toda vida humana”. Usted ha vuelto a la materia, luego de la marcha que promovieron en San José para defender sus puntos de vista.

Me parece que tiene usted razón en algunas cosas, pero en otras no. 

Tiene razón cuando percibe que el tema ha “tensado innecesariamente la sociedad costarricense”. Quizás tenga razón cuando dice que la población pide un “basta ya” de esa discusión. Pero la afirmación que sigue es, en mi opinión, por un lado dudosa; y, por otro, discutible.

Se trata de lo que usted califica de “respeto a toda vida humana”. Usted sabe bien –como lo se yo también– que en torno a eso gira todo el debate. Me parece que no se puede pretender resolverlo afirmando simplemente que la razón está de su lado. No se puede porque eso es, precisamente, lo que está en cuestión: la definición de “vida humana”.

No es este el lugar para tratar de dilucidar –una vez más– tema tan complejo, en el que se mueven no solo argumentos científicos, como otros, de naturaleza moral y religiosa. Le adelanto que, en estas materias, soy de los que piensa que los últimos tienen tanto o más peso que el primero. 

Usted da el tema en debate resuelto de partida. Me parece que se equivoca. No está resuelto –creo que nunca lo estará-. Usted tiene sus convicciones, pero otros tienen también las suyas. En estas materias no se debe imponer las de unos sobre las de otros. Estoy seguro que usted no aceptaría que alguien, con opinión distinta a la suya, argumentara de la misma forma como usted lo hace en el texto que he citado, para imponerle sus propias convicciones.

Aquí se trata de convencer. Convenza con sus argumentos a los que pueda convencer. Pero no pretenda imponer a los demás sus convicciones y criterios en materias tan personales, utilizando para eso eventuales mayorías ocasionales en los poderes del Estado.

Estoy seguro de que no estaría usted de acuerdo con que se le impusiera criterios que no comparte en estos temas, si algún día esa mayoría expresa opiniones distintas a las suyas. Si hoy lo defiende porque estima que cuenta con esa mayoría, no podría, en circunstancias distintas, reclamar si se le impusiera luego normas que no comparte.

No soy del criterio de que en el tema del aborto, unos son “progresistas” porque se expresan a favor, y otros “conservadores” porque están en contra. En mi opinión, ambos criterios merecen respeto. Los progresistas son los que respetan las convicciones y los derechos de cada uno a tomar sus propias decisiones. Los conservadores son los que pretenden imponer su criterio a los demás, acudiendo a los poderes del Estado para hacerlo.

Se trata de temas vinculados a convicciones religiosas y morales con las que cada uno rige su propia vida, pero no son temas sobre los que unos puedan (o deban) imponer su criterio a los demás. Ni tema sobre los cuales el Estado deba definir criterio, más allá de garantizar a cada uno el ejercicio de sus propias convicciones.

No desconoce usted, que tiene amplia experiencia diplomática y política, que conoce la historia, que la imposición de criterios morales o religiosos a la sociedad han sido el mayor caldo de cultivo para la ira y la violencia.

De modo que sería un esfuerzo notable si pudiéramos trabajar juntos para garantizar a cada uno el ejercicio de sus criterios en estas materias. Sería una gran contribución para acabar con esa tensión innecesaria que usted percibe bien. Naturalmente, eso implicaría, en el caso de Costa Rica, necesarias reformas, administrativas algunas, legales otras.

Permítame alguna reflexión más en este esfuerzo de diálogo. Se trata del tema de la “defensa de la vida”.

El grupo con el que usted se identifica decidió, en algún momento, que para su lucha les convenía más declararse “pro vida” en vez de “anti aborto”. Lo entiendo. Es probable que así sea.

Pero analicemos con algo más de detalle esa propuesta. Cuando se oponen inclusive al aborto terapéutico llevan la propuesta a un extremo que lejos de defender vidas, las pone en riesgo. Esto me hace pensar que, en realidad, no son ustedes “pro vida” sino que son pro vida, pero de una vida tal como la entienden ustedes. Y las dos cosas no son lo mismo.

Solo lo puedo entender si al poner en peligro vidas oponiéndose al aborto terapéutico piensan que están cumpliendo su tarea de salvarlas para la eternidad, una convicción vinculada al pensamiento cristiano. Evitan lo que consideran un pecado y estiman que se garantiza así la vida eterna al que pierda su vida terrenal.

No discuto la validez, ni la importancia de esa convicción. Pero, de nuevo, lo que no puedo aceptar es que se pretenda imponerla a los demás. Hace por lo menos dos mil años que se discute y difunde teorías como esas y soy un convencido de que la discusión durará mientras dure la especie humana.

Pero –nuevamente– sabe usted que todo intento de imponer por la fuerza esas convicciones alimentaron siglos de guerra que han devastado a la humanidad. Es mejor que cada uno trate de convencer a los demás de sus propias creencias, pero que evite tratar de imponerlas a la sociedad, si es que hemos aprendido alguna lección de siglos de historia.

Reciba un saludo cordial,

Gilberto Lopes

 


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