Sin confianza en la justicia, ¡sabe Dios lo que vendrá!

La organización social no está basada en el “Sistema Jurídico Constitucional”, por ostentoso que suene su nombre.

La organización social no está basada en el “Sistema Jurídico Constitucional”, por ostentoso que suene su nombre. Su base y soporte los aporta la confianza de los pueblos en los sujetos de carne y hueso, elegidos por ellos, que concentran el poder político-económico y que son la “energía en bruto” del sistema.

El orden constitucional, con su ideología jurídico-legal y político-económica, es la prescripción, mandato o camino señalado sobre el papel, pero la confianza de los pueblos es el “timón y motor” que mueve al conjunto social hacia sus mejores fines.

Cada institución, inventada, en teoría, “para el bienestar de los pueblos” y manejada por individuos, tiene su ruta delineada. Cuando esos sujetos se salen de su línea, lo primero que golpean es la confianza del pueblo, su filosofía y su visión de Estado, no de Estado como institución sino de Estado como conjunto de voluntades hacia un fin.

En los tiempos actuales las instituciones, el Estado como institución, se han convertido en el botín más codiciado de un poco de sátrapas y maleantes, grupo diferenciado del resto de funcionarios honorables por ingeniárselas, con argucia, para estar siempre en el gobierno, en cualquiera de sus tres poderes o administraciones, en los partidos políticos o en el “sistema avanzado de corruptela económico-empresarial” que con sus tentáculos cuelga y se mece entre ambos.

Saquear instituciones y partidos políticos se ha puesto tan de moda en Costa Rica que vivir de ellos es ya una cultura y una “tendencia educativa y de autosuperación” para las nuevas generaciones de esa misma corruptela en el poder.

Creemos que, en los últimos años, el Poder Judicial, clave en todo este universo de mando y privilegios, que pensábamos insobornable, ha girado 180 grados para convertirse en la institución más corrupta del Estado costarricense.

Como el Legislativo y el Ejecutivo, desde siempre, son y han sido conocidos corruptos, a más no poder, se tenía la fe y la esperanza de que el sistema judicial era capaz de remediarlo todo. Lo putrefacto de aquellos no alarmaba tanto mientras el Poder Judicial, se decía, ponga orden.

No obstante, en el judicial, incluyendo lo electorero, la podredumbre estuvo siempre presente, pero “La Madre Justicia” se encargó de ponerle tapa hermética por muchos decenios. Hoy, con tanta información suelta y gente metiendo narices, se soltó el tufo.

Los que manejan este poder descubrieron, hace mucho, su veta de oro, aun mayor que las de las otras administraciones, ya que este borra fácilmente sus propias huellas delictivas y se autoabsuelve de todo pecado.

La veta es inagotable: a las burocracias allí se les permite ser las más vagabundas del mundo con los mayores privilegios; las componendas, ventas de favores y ocultamiento de delitos entre sus jerarquías, en colusión con las de los otros poderes e instituciones descentralizadas son incontrolables y productivísimas. Sus salarios son muy generosos durante su vida activa y al final son premiados con vergonzosas, pero ingentes pensiones de lujo, no cotizadas, que tienen al país “manos arriba” y se hacen ya intolerables y odiosas.

Lo grave es que el pueblo llano se siente mal al perder su confianza en esa “justicia”, supuesto remedio para las perversiones de los otros dueños del Estado.

Hemos vivido entonces las últimas décadas con tres poderes corruptos confabulados contra un pueblo indefenso, pero… ¡hoy lo sabemos!

Hemos sido más que tolerantes, pendejos, dejamos que nos roben, manipulen, engañen y humillen, quizá porque apenas estábamos conociendo a fondo la delincuencia y mafia organizada y la farsa de “todo” el sistema estatal, pero ahora contamos con un arma muy peligrosa: la desconfianza, cuyo primer efecto está allí: el desánimo, el desgano hacia todo lo público y en especial hacia los partidos políticos.

El desánimo revierte, poco a poco, en no colaboración con el Estado, desde el “no voto” masivo hasta el abrigo de actitudes hostiles y odios silentes, muy fundamentados, que están dando al traste con la vida en sociedad que tuvimos hace muchos años, pacífica, útil, progresista y alegre. Es decir, el caos está a las puertas y sabe Dios qué otras cosas más.

¡Un caótico sistema

y un orden social demente,

son el mejor aliciente

de la enorme corrupción

y de toda maldición

que recorre el continente!

 

 

 

 

 

 

 

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