Rodeados por patanes

No es digno hablar con susurros desde la penumbra para luego renegar cobarde de sus ecos.

No es digno hablar con susurros desde la penumbra para luego renegar cobarde de sus ecos. La filosofía aporta al ser humano no una actitud crítica hacia el mundo, en eso las ciencias sociales le son superiores; aporta más bien la reflexión argumentativa en la que se sustenta bien la opinión sensata y la conducta adecuada. El filósofo responde al curso del mundo tomando posición ante él, esto es lo sensato y lo adecuado.

Nuestro tiempo evidencia el debilitamiento particular de ese perfil de ciudadano que nos constituye en sujetos cívicos, o sea realizadores de conductas que resultan comprensibles a todos por ser lugares ético-culturares comunes. Este deterioro de nuestro hacer en público se visualiza en la profundidad de la vulgaridad ya rutinaria, la violencia callejera, el silenciamiento de las grandes almas y el grosero ocultamiento de las más ruines. Esta anomia acorrala al ser humano entre  vivencias espurias que arriban ya a lo inaceptable: el extrañamiento con el propio mundo, la inhabitabilidad e incompresibilidad de su existencia diaria.

Ya ha quedado atrás la época en la que la inmoralidad y la corrupción de los que, con simpleza, llamamos políticos nos provocaban repugnancia. Hoy nos referimos a ellas solo en el tanto en que sean espectáculo de los medios apto para personas morbosas. La fluida convivencia entre personas de conducta elegante, tan despreocupa como debe ser para poderse disfrutar intensamente, se ve trastocada por la invasión a nuestros más íntimos refugios y agresiones a nuestro modo de ser. La cotidianidad se deteriora y nos conduce a sentirnos extraños e inseguros aun en los lugares que no son rutinarios. No puede deambularse seguro, ni puede decirse sin ser acallado por el temor a cómo reaccionará el otro. Las épocas se componen de conductas humanas, y estas no imponen hoy la experiencia de una sensación de acorralamiento.

La conducta civilizada sustentada en el perfil cívico-cultural costarricense se ve desplazada por impropias cesuras fundamentadas solo en la fuerza. No hay lugar al gesto elegante hacia lo demás, ni al vínculo educado con cualquiera. La imposición es ahora el criterio de autoreconocimiento y la exposición de la intimidad lo es de encuentro. La belleza del cuerpo se disfruta en la exposición de su imagen provocando que haya jóvenes prostituidas por el solo placer de sentirse deseadas.

Los ideales que dignifican al ser humano se encuentran vacíos cuando son por lo menos reconocibles, pese a estar desprovistos de significado. Es por ello que el diagnóstico de los tiempos no avoca a nuestro espíritu a producir su cambio, solo lo lleva a sobrevivir en su inmediatez, el tosco proclama entonces: “si no me afecta…no me importa”.

El bien común se ha convertido en un discurso. Unos cuantos hombres buenos se encuentran rodeados de patanes. Hundidos en esta desesperante decadencia solo podemos esperar que en ella se hagan reales las peores bestias de nuestras pesadillas, como ha acontecido en otros lugares del mundo.


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