Que nada duela     

¿Qué nos pasa frente al dolor? Mirando en retrospectiva, desde los orígenes de la Humanidad el dolor ha sido nuestro eterno compañer

¿Qué nos pasa frente al dolor? Mirando en retrospectiva, desde los orígenes de la Humanidad el dolor ha sido nuestro eterno compañero y, gracias a la ciencia, las opciones para paliarlo a nivel físico han ido evolucionando. Sin embargo, ¿por qué ante el dolor emocional estamos cada vez más limitados?

En el mundo antiguo, el dolor era percibido de forma negativa como un castigo de parte de los dioses, en respuesta a una ofensa del mundo de los hombres. Sin embargo, ya en los estoicos podemos encontrar una postura diferente, en la cual el dolor ocupa un lugar semejante al del placer, representado en su máxima “dolor, no eres un mal”.

Pero en el mundo moderno, cuando se piensa en el dolor con frecuencia hay una relación inmediata con una pena incontrolable, con una mortificación capaz de consumirnos hasta la locura. Es inquietante pensar que, si ya hoy sabemos que el dolor no es causado por demonios o por humores malignos, sino que –y retomando a Platón– nuestra alma está afligida, le demos la espalda a nuestras tristezas, que nos sintamos incapaces de reconocerlas y afrontarlas.

En el día a día de la consulta me encuentro con personas que se desconocen a sí mismas, porque ya no les basta la existencia de los algoritmos que les anticipan sus supuestos deseos, que ante las interrogantes: ¿quién soy en realidad? ¿Qué quiero de verdad? Hay un vaciamiento de respuestas, este desbordamiento de predicciones ha provocado que seamos incapaces de  pensarnos y de sentirnos. Todo nos está dado, hay un gran otro que nos conoce mejor cuyo mandato es “sea feliz y no sufra”.

Pero, ¿quién y cuándo afirmó que la felicidad debe ser pensada como la ausencia del dolor? ¿Cuál es la felicidad tras la que nos movemos? ¿Sustituir los términos y pensar en wellness en lugar de felicidad nos ha sanado? ¿Las redes sociales nos condenan a una vida risible? Recordemos que el término risible, del latín risibilis, puede traducirse tanto como “que puede reírse” así como utilizarse con sentido despectivo para descalificar. ¿Será que al maquillar nuestras tristezas y angustias con excesos de risa nos estamos descalificando a nosotros mismos?

Una sociedad que venera el éxito de forma maquiavélica pensaría el dolor emocional como un obstáculo, como una fuente de debilidad y como la forma más veloz y certera de fracasar. De ahí que nos avoquemos a embotellar todo aquello que nos remita a nuestro mal-estar, aquello que nos recuerda nuestra condición humana y sensible, aquellos recuerdos tristes que en momentos de duda afloran y nos duelen.

¿Cuáles son las consecuencias emocionales de negarnos ese dolor? ¿Podría esa actitud desembocar en enfermedad?  La respuesta es afirmativa. Porque para negar nuestro dolor debemos negar nuestra condición de sujetos, de personas, de humanos, lo que nos llevaría más temprano que tarde a negarnos a nosotros mismos. ¿Qué puede salirnos mal si lo hacemos así? Todo. Ya en el siglo XX Sigmund Freud sentenciaba que la negación de las afecciones emocionales, llevaba a las personas a enfermarse y que todo aquello que no “apalabramos” el cuerpo lo manifiesta de formas patológicas.

Pero no me malinterpreten, no propongo que el dolor gobierne nuestras vidas y nos hundamos en aflicciones; por el contrario, sugiero que deberíamos ser más conscientes de él, descargando ese dolor a través de las palabras, escuchándonos a nosotros mismos, articulando todo aquello que nos hemos ocultado por vergüenza o miedo. Es decir, vivamos nuestra verdad. Retornemos a los griegos y acuñemos de nuevo lo que la tradición le atribuye a Sócrates: “Conócete a tí mismo”.

¿Y cómo empezamos? Quizá mirándonos cara a cara a nosotros mismos, mirando con ojos sinceros el otro lado del espejo ¿Qué puede pasar? Nada malo, pues no podría ser peor que auto-engañarnos y ofrecernos a los otros como una mentira.

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