El portero no puede fallar

La comparación resulta tan ilustrativa como inevitable. En un partido de fútbol cualquiera puede fallar sin que el resultado se vea afectado de manera decisiva

La comparación resulta tan ilustrativa como inevitable. En un partido de fútbol cualquiera puede fallar sin que el resultado se vea afectado de manera decisiva. Cualquiera, menos el portero. Ahora que tenemos en el Olimpo de los dioses contemporáneos a nuestro Keylor Navas, la lección es cada vez más evidente. Si falla un par de veces, se ve de inmediato cuestionado y a punto de ser sustituido por algún otro guardameta. Los goles en contra son determinantes y definen el destino de cualquier encuentro y hasta de cualquier equipo o campeonato. Si por el contrario, Navas se consagra con las tapadas y paradones consabidos, se asegura su futuro y todos respiramos aliviados. Seguirá siendo el  héroe, el que nos hace soñar con que todo es posible.

En el gran juego de la democracia, cualquiera puede fallar, menos los jueces. Lo estamos viviendo en estos días en relación con los Estados Unidos de América. Hasta ahora, han sido los jueces quienes han podido detener algunas de las ocurrencias de un Presidente impulsivo, arrogante e ignorante. La institucionalidad se pone a prueba frente a los abusos de poder y la última línea de defensa está en manos de una judicatura consciente de su rol decisivo para el control de otros poderes, legítimos e ilegítimos,  y el aseguramiento de la paz social.

Comparada con los países de su entorno, Costa Rica ha sabido construir instituciones relativamente estables y sólidas. En cualquier encuentro internacional, el Poder Judicial costarricense, hasta ahora,  ha sabido tener una posición de liderazgo e influencia, que obedece a su estabilidad, a  su independencia y a la calidad profesional de sus representantes, en todas las especialidades jurídicas  y en todos los campos administrativos y tecnológicos. La carrera judicial, ponderando notas de exámenes, experiencia y atestados, ha sido el factor decisivo, hasta ahora,  para nombrar a los más aptos, pese a lo mucho que nos falta por lograr en ese terreno.

Por eso es que uno de los síntomas de descomposición o decadencia en una democracia, está en la degradación y debilitamiento  de su Poder Judicial. El desasosiego que se palpa en ciertos sectores económicamente poderosos, con gran influencia política, por tomar y controlar al Poder Judicial, ya está manifestando sus peores efectos. Para muestra, una simple foto. La decisión de maniatar y dominar a los jueces, es una enorme tentación de gobiernos autoritarios de todo signo, sean de derecha o de izquierda. En nuestro país, tenemos que seguir insistiendo en que la autorización de la reelección presidencial, la aprobación de la agenda derivada del TLC, el caso Crucitas y los sonados expedientes penales por hechos de corrupción que afectaron y siguen afectando a relevantes figuras políticas,  han puesto a prueba valores esenciales de la judicatura, como la independencia, la imparcialidad y la integridad; así como determinaron, al contrario,una estrategia más que explícita, para poner fuera de juego a buenos guardametas y buscar en su lugar  algunas figuras de poco más o menos “confiables”, en el sentido de que no se emplearán a fondo a la hora de atajar los  goles.

En esto de los principios o valores esenciales que deben acompañar al juez o jueza, debemos acudir a la sabiduría milenaria que nos advierte la importancia de “ser”, tanto como de “parecer”. La persona juzgadora debe ser independiente, pero debe también parecerlo, frente a poderes públicos y privados, a lo interno y a lo externo del Poder Judicial, porque la independencia no es un estatus o privilegio de los jueces, sino un derecho ciudadano a una judicatura que sea y parezca realmente ajena a las presiones y seducciones indebidas. De igual manera quienes ejercen el rol de jueces, deben mostrar y demostrar imparcialidad, frente a los protagonistas en conflicto, pero también frente a la ciudadanía en general, de modo que a un “observador razonable” le parezca correcto su comportamiento, tanto en la función pública como en su vida privada; así, debe tratar con igualdad a las partes, mostrar objetividad a toda prueba, e inhibirse de conocer asuntos en que directa o indirectamente tenga algún interés. Y, para dar solo un ejemplo más, los jueces y juezas deben ser y parecer íntegros, proyectando una imagen que no pueda malinterpretarse,  y que no fomente suspicacias ni alimente confusiones.

Se equivocan quienes creen que la estrategia de promover jueces dóciles, mediocres o ignorantes les traerá, a largo plazo,  seguridad y protección a sus propios intereses. Un Poder Judicial de mentirillas, con jueces obsecuentes, genuflexos, prestos a atender la llamada telefónica, el almuerzo entre amigos, o el paseíto en avión o yate privados, son el germen de la inestabilidad, la inseguridad  y la desconfianza que termina por destrozar las instituciones y la convivencia democrática. Esos jueces son el terreno fértil para que prenda la demagogia y el oportunismo, tanto dentro como fuera del Poder Judicial. El juez o jueza que se entrega  a la parte que hoy está en posición de poder, ¿qué le asegura a esa misma parte que mañana no se entregue a otros intereses, igualmente irresistibles? Un juez que le apueste a ser promocionado prometiendo apoyar tal o cual tesis jurídica o, peor aún, prometiendo sacarle las castañas del fuego a cierto personaje con poder, no solo le está vendiendo el alma al Diablo -porque tarde o temprano le pasarán la factura-,  sino que además, le pedirán más de lo mismo, o lo desecharán cuando  deje de ser útil.

No deja de ser irónico el parangón. Mientras en  fútbol  el  tico Keylor Navas toca el cielo con las manos, aquí en su tierra, la democracia costarricense tiene el enorme reto de vigilar que no le sigan imponiendo un marco descubierto.

 

 

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