El político y su placer del mal ajeno

Decíamos hace unas semanas, de acuerdo con Dostoievski, que al humano siempre le asiste algún placer por el mal ajeno

Decíamos hace unas semanas, de acuerdo con Dostoievski, que al humano siempre le asiste algún placer por el mal ajeno. ¡Un grave señalamiento que incluiría a casi toda la humanidad!

Hablábamos de políticos, de instituciones, incluso llamadas “de bien social” y de religiones que producen más mal que bien, mientras obtengan beneficios (desde un simple puesto hasta las más terribles perversiones), beneficios siempre conectados con daño a la humanidad. Dimos algunos claros ejemplos. Trataremos hoy de fundamentar esa teoría del personaje de Dostoievski de que hablamos en esa ocasión.

El fundamento incontestable de que el placer del mal ajeno es inherente a casi toda la humanidad, lo ofrece la misma naturaleza humana, para la cual, especialmente en la actualidad, todo lo que da placer es lo deseable e importante. Desde llenar las necesidades fisiológicas y sociales, hasta los más extravagantes modos de vida.

Decimos que abarca a «casi» toda la humanidad, porque de ese cargo podrían excluirse tan solo aquellos que, mediante autoexamen de conciencia, estudio, meditación, convencimiento o exaltación espiritual, llegan a tener la capacidad de aborrecer el mal ajeno, de sufrir por el mal de otros o, al menos, la desgracia ajena les es indiferente. Al resto de nosotros, ¡en alguna medida u oportunidad!, nos da satisfacción.

¿Podría decirse que un político que llega a un puesto de elección popular prometiendo y mintiendo a sus electores, y luego, en su puesto, ni cumple sus promesas ni deja de mentir para mantenerse allí, es un ser que goza o siente placer con el mal ajeno?

Obsérvese que el cargo, aunque subjetivo, es muy grave para conductas no desligables de la función pública, la cual ha sido creada solo para el «servicio de los ciudadanos”. Quizá, en su totalidad, los políticos mienten y no cumplen, ¡como mínimo delito!, pero raramente se les atribuye ser tan infames como para sentir placer por esos crímenes y desafueros.

Para que la respuesta a esa pregunta sea afirmativa debieran darse tres supuestos: 1. El perjuicio (mal ajeno). 2. El provecho, objetivo o subjetivo (la posición de poder con sus beneficios y gozos). 3. Que ese perjuicio de la víctima (vasallo) y ese provecho del victimario (político) sean evitables por este último, es decir, estar en capacidad, por ejemplo, de no mentir ni de prometer lo que no cumplirá o de renunciar al puesto que daña al país.

Dadas las tres premisas, donde el provecho que obtiene el político de su mentira para obtener el puesto y su ulterior incumplimiento de promesas le deparan beneficios y gozos, es decir, placeres, que se traducen directamente en males para sus pueblos, y que está en su poder no causarlos, podemos decir que los comportamientos torcidos de los dirigentes, por su oportunidad, origen y naturaleza, alcanzarían el grado más profundo de dolo, perversión y alevosía y los colocaría entre los criminales más depravados de la comunidad, especialmente en Latinoamérica, donde está de moda su corruptela y se han convertido en los seres más despreciables para la sociedad. Si esto lo trasladamos al juez, al policía, a la burocracia y a toda la administración o función pública viciada, allí el placer del mal ajeno no tiene límites.

A pesar de todo, en la encarnizada “guerra de placeres” que vivimos, sin duda, la ralea política y la función pública envilecidas no tienen el monopolio sobre el placer del mal ajeno.

En la sociedad civil se dan cientos de situaciones que van, desde el chisme, hasta delitos de todo tipo, sin otro móvil o razón que la pasión o satisfacción de causar un mal por un placer que es muchas veces tan importante o más, para el criminal, que el lucro o beneficio que le acarrea el ilícito. El más trivial de los delitos contra el honor, el chisme por placer, ¡cuántas veces lleva a la destrucción de vidas?

¡Los políticos no tienen
por qué ser inteligentes,
si con ser impertinentes,
impostores y labiosos,
ladrones y mentirosos
llegan a ser presidentes!

 

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