Notas para entender el fundamentalismo

Bien pueden las agrupaciones pentecostales y neopentecostales ganar las próximas elecciones presidenciales

Bien pueden las agrupaciones pentecostales y neopentecostales ganar las próximas elecciones presidenciales, sobre todo si permanecen aliadas con algunos sindicatos.

Aunque marchen juntos, el fundamentalismo y los pentecostalismos no son la misma cosa. En este trabajo intentaré exponer las motivaciones de los fundamentalistas, su índole religiosa. No es correcto equiparar fundamentalismo con literalismo. Este último es la interpretación a la letra de textos sagrados ignorando toda contextualización histórica. Sobre una base tan débil, el fundamentalismo toma la Biblia y, previa selección arbitraria de determinados pasajes, los presenta como aptos para regir la vida de las personas, las sociedades y los Estados. Quien no los acepta es un inmoral. El fundamentalismo combina el simplismo intelectual con una animosidad beligerante, al contrataque. Su raigambre bíblico-apocalíptico les hace ver en cualquier conflicto una lucha cósmica entre Dios y Satanás.

El talante fundamentalista existe desde que hay textos sagrados, pero obtuvo un fuerte impulso y recibió su nombre cuando petroleros de los Estados Unidos publicaron unos folletos titulados The Fundamentals, de 1910 a 1915. Transmitieron ciertos elementos conceptuales de la fe, que veían en riesgo a causa de la racionalidad moderna. Produjeron una versión capitalista del evangelio, pues eliminaron sus fermentos revolucionarios y reiteraron un moralismo rígido, ajeno a las enseñanzas del Nazareno.

Las propuestas tuvieron acogida porque aportaron seguridad. Aclaraban qué hay que creer. Ante las afirmaciones científicas desconcertantes –para sectores cuya formación humanista ha sido descuidada por el Estado y los medios masivos de difusión- se insistía en la veracidad de la Escritura. Nada de dejarse embaucar con que la humanidad desciende de unos primates y no de Adán y Eva, por mencionar un caso entre muchos similares. Los fundamentos brindan no la cambiante probabilidad de los avances de la ciencia, sino la certeza de la Biblia; no la ambigüedad ética de los filósofos existencialistas, para quienes cada cual debe construir sus valores, sino la confianza en una moral revelada por Dios a Moisés, escrita en piedra.

La modernidad no entiende los mitos. Recién comienza la ciencia moderna a comprender la función del mito para concebir la sociedad, la historia, las relaciones personales y nuestro cuerpo. Por ejemplo, Costa Rica no se entiende sin el mito de que somos “hermaniticos”, y el mito del amor altruista –del alma gemela u otro parecido– humaniza la vivencia sexual. Pero mientras las ciencias de la religión se abren camino en la mentalidad moderna, esta, en su afán racionalista, continúa leyendo los mitos al pie de la letra, como si fueran relatos de verosimilitud histórica, ignorando su sentido profundo.

Los relatos míticos no son meras fantasías ni débil raciocinio, sino formas de situarnos en esta vida (y en la otra); nos dicen lo que somos. La ciencia no puede convencernos de que la vida tiene sentido; por sí sola no remonta la náusea del absurdo.

El fundamentalismo existe porque la modernidad atenta contra los valores religiosos tradicionales; es una reacción defensiva. Nada menos que la identidad (lo que soy, amo y aborrezco), lo que me define, viene siendo socavado. Esto provoca inseguridades y miedos insoportables, e ira. Para quienes la homosexualidad es un pecado horrendo, el rumor de que sus hijos están recibiendo una formación que la favorece es inaceptable. Así es como las organizaciones fundamentalistas justifican su incursionar en política partidaria. En esa disposición de ánimo, un retrete individual en un colegio se transmuta en un artilugio capaz de modificar la orientación sexual. Con los fundamentalismos la separación entre política y religión, característica de la modernidad, está dando marcha atrás.

No por casualidad los integrantes de la “guerrilla” de Río Cuarto son pentecostales. ¿Un caso de risa? Prefiero considerarlo un aviso, pues la pobreza de centenares de miles puede tomar rumbos inéditos.


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