Metamorfosis del Semanario UNIVERSIDAD

La edición número 2258 (enero del 2019) del Semanario UNIVERSIDAD trajo una  grata sorpresa, si potencia una discusión y un cambio, pero incómoda si se disipa en el vacío.

La edición número 2258 (enero del 2019) del Semanario UNIVERSIDAD trajo una  grata sorpresa, si potencia una discusión y un cambio, pero incómoda si se disipa en el vacío. Con el título de “La transformación de El Semanario en La Nación S.A”, Roberto Herrera Zúñiga opinó -y dio ejemplos- de que la publicación universitaria práctica hoy un periodismo que se mimetiza con el del medio escrito dominante en el país: La Nación S.A. Herrera, por lo tanto, cometió un error que la Redacción se apresuró a corregir.

En este sentido, la designación de Directores de los medios universitarios es definida desde hace algunos años por el Consejo Universitario y no la Rectoría. En el pasado, los cargos o al menos el del Director del Semanario dependían de la Vicerrectoría de Acción Social y, por lo tanto, difícilmente podrían ser criticados. Quizás un Rector hubiese asumido la crítica, pero un Vicerrector ¡jamás!

Para terminar con esa chirriante dependencia trabajamos algunos universitarios entre los cuales se contaba con Alberto Cortés. La lucha coincidió en parte con la finalización del contrato de la periodista Laura Martínez Quesada, lo cual se mal entendió como una pretensión de sostenerla en el cargo contra el deseo del Rector Dr. Henning Jensen. No había tal pretensión, a todos nos interesaba la independencia del Semanario (y de los otros medios), porque es propio de una universidad pública que sus periodistas profesen su compromiso sin más limitación que las de la legislación de prensa vigente.

El tiempo fue más rápido que nuestro esfuerzo, la periodista Martínez se marchó de acuerdo con su contrato y la autoridad universitaria nombró, mediante  un concurso público, al periodista Mauricio Herrera Ulloa como Director del medio. El nuevo director se mantuvo un poco más de 2 años en el puesto y después se alejó para asumir funciones en cargos públicos asignadas por el Partido Acción Ciudadana (PAC). El Director actual es el periodista Ernesto Rivera Casasola.

No recuerdo que en esta fase el Semanario haya criticado errores o vacíos internos o facilitado un debate que permitiera a sus lectores entender, por ejemplo, la ardua tarea de prolongar una Convención Colectiva. Sí publicó información, pero provenía unilateralmente de la autoridad institucional o del Sindicato. Periodísticamente, poco o nada. En cuanto a la institución, seguramente la extendida rectoría Jensen ha sido perfecta. Algunos líos institucionales (seguramente invención de truhanes) han podido leerse en La Nación S.A. Su autor es el profesor de la UCR Iván Molina Jiménez, a quien el Semanario no lo ha entrevistado.

En fin, la crítica de Roberto Herrera Zúñiga es que en la vida social costarricense el Semanario se ha plegado a la guerra de La Nación S.A. Su observación resulta especialmente severa porque la publicación nació en parte por el asco que producía en académicos universitarios, el Dr. Manuel Formoso Herrera a la cabeza y el periodismo de La Nación S.A. cuyos propietarios, en ese tiempo todavía resentían su derrota relativa en la Guerra Civil del 48. Sus herederos, obviamente, también lo lamentan, pero en este período creen tocar el cielo con las manos: ¡Por fin toda la riqueza volverá a sus manos y a las de sus socios!

El déficit fiscal es la excusa: el uso del dinero por el Estado para ese medio siempre es gasto, nunca inversión. Las pensiones se califican de millonarias, nunca legales, y pactadas entre políticos, funcionarios y trabajadores. Se arroja neblina respecto a que el actual déficit fiscal se gestó en la última administración de los hermanos Arias. Obviamente la absurda razón de fondo es que en un país centroamericano no puede haber “Festival de la Luz”, ni aspirar a ser la “población más feliz del mundo” ni a identificarse como “Pura Vida”, si no produce nacionalmente con eficiencia y consume con prudencia. Este era el ideario de José Figueres.

Tanto producción como consumo suponen invertir en educación de calidad, atender las necesidades de salud de la población con eficacia y ¡crear ciudadanía! no gamberrería. Es decir, que el Estado tiene que invertir más y evaluar rendimientos. Tiene que cobrar mejor los impuestos, mejorar infraestructura y tornar enérgicamente eficientes los servicios públicos. En otras palabras, el país requiere otra revolución. Los dueños de La Nación S.A. también quieren otro país, pero que hinche sus bolsillos. Sus periodistas son sus empleados. Quien no sigue a la letra el instructivo superior pierde el rabo.

El Semanario UNIVERSIDAD de hoy no advierte que el país vive una guerra y que en ella su periodismo ha de ofrecer inteligencia, valentía, humor y compromiso nacional. Son valores que se potencian al acercarse a aquellos más vulnerables, así como si se dialoga con sectores populares organizados. Se esfuman si se acompaña inercialmente a los acomodados (y torpes) grupos medios y se abandonan si no se enfrenta al periodismo unilateral y cínico de una prensa hegemónica que solo expresa gulas suicidas. El SEMANARIO requiere reinventarse. Es lo que reclama Roberto Herrera, Costa Rica y la historia del medio.


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