La inhabitabilidad de la existencia diaria

La existencia en sociedad es un artificio complejo. Aparecida como el principio de nuestra historia, es una configuración particular de realidad material humana.

La existencia en sociedad es un artificio complejo. Aparecida como el principio de nuestra historia, es una configuración particular de realidad material humana. Resultado de la reunión política de comunidades humanas inmediatas, constituye, en la experiencia diaria de la persona, una multiplicidad de escenarios de representación en los que se actúa necesariamente como sujeto, exponiendo en nuestra corporalidad los referentes superestructurales de ser-pensar que dan sentido a los eventos, ya de vinculación o de intimación, por los que transitamos con los años.

Los vínculos que contraemos en todos esos escenarios, heterogéneos sin duda, se encuentran regulados por normas culturales, ideológicas, religiosas y políticas que configuran el ámbito mismo de solidez superestructural de la realidad histórica en la que existimos, pues la solidez de nuestro mundo descansa en su normatividad. La formulación superior de esa es la ley, ya que esta constituye, frente a otros aspectos, la eticidad misma de la sociedad. Una eticidad que se encuentra necesariamente integrada a la identidad personal, pues en la persona se articulan categorías de género, religión, nacionalidad, filiación políticas… La persona es el sujeto corporalizado.

El ser alguien reconocible exige la articulación de significados. Un logro matizado por nuestra inteligencia que se desarrolla en el seno de experiencia social a través de las vivencias que padecemos en la experiencia de nuestro cuerpo. Así, en nuestras cadencias diarias, lo social nos encierra dentro de fronteras identitarias que nos diferencian y, a la vez, nos favorecen como puentes hacia otros.

La normatividad social particulariza a la persona como realidad humana, y lo hace desde un artificio político, la imposición directiva de un régimen hegemónico único sobre las múltiples comunidades humanas. La sociedad es la comunidad política de las comunidades humanas.

Se puede pensar que se procede así a integrar las diversidades, pero más que cohesionarlas, solo se las incluye de modo regulativo provocando exclusiones simbólicas y físicas. Esto se evidencia cuando, al recorrerlas, notamos que las comunidades específicas poseen una dinámica peculiar a la que responden las personas que las habitan, sin divorciarse del mismo régimen hegemónico al que respondemos todos. Por ello, cuando transitamos por un lugar que nuevo y distinto, sentimos, en distintos grados, un extrañamiento que nos impide deambular despreocupadamente.

Es a este punto al que quería llegar, ya que si la normatividad hegemónica nos permite transitar por subregiones sociales como sujetos, el deterioro de esas condiciones conjuntas de sociabilidad de la humana desemboca en formas de violencia interpersonal.

El deterioro de la normatividad vacía al sujeto cívico de su eticidad. Se produce un menoscabo ciudadano evidente en la corrupción y su aprovechamiento, en el irrespeto a la legalidad vigente y sus simbolismos. Pero es cuando esta anomia acorrala al ser humano en vivencias espurias que se arriba a lo inaceptable, me refiero al extrañamiento con el propio mundo, la inhabitabilidad e incompresibilidad de su existencia diaria. A esto pienso dedicar los siguientes textos que pretendo se publiquen en las páginas del Semanario.


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