Ideología del miedo y Estado social de derecho

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”, Mahatma Gandhi.

En nuestro análisis del “Memorando del miedo” (El despertar de la ciudadanía. Ideología del miedo y cultura de la no- violencia en Costa Rica, EUNA, 2010), hicimos referencia a que la ideología del miedo es parte de la nueva estrategia geopolítica del capitalismo globalizado para contener a los movimientos sociales que apuestan por la defensa de los derechos humanos y de  la naturaleza, y que el Estado social de derecho constituye uno de los principales frentes de resistencia  a esta estrategia geopolítica. Por lo tanto, ahí donde se han logrado preservar, y se busca profundizar, algunas de sus conquistas más significativas, como en el caso de Costa Rica, se han redoblado los esfuerzos para propiciar la ideología del miedo.

Es cierto que la historia no se repite, se recrea –o se “recicla”–. Y es a lo que hemos asistido recientemente. Bajo el ropaje del fundamentalismo religioso (pentecostal y católico), se levantaron las banderas del miedo apelando a la amenaza que representaba la “ideología de género” para la integridad de la familia costarricense, así como la decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, al favorecer el matrimonio igualitario, para la soberanía del país. Se unió al “coro” el bipartidismo (PLN y PUSC), por unos votos más. Hoy, a raíz del Plan de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas –que se asemeja más a un “Plan de Fortalecimiento de las Finanzas Privadas”– se vuelven a izar las banderas del miedo, se elevan los decibeles de las voces del coro y el mensaje tiene visos de “guerra espiritual”: estamos al borde del precipicio y hay que vencer a los “ejércitos del mal” –“sindicalismo terrorista”–.

Son tiempos del “sálvese quien pueda” y del “me importa mí”: “la reducción de los pluses solo afecta a los nuevos trabajadores”, nos repiten hasta la saciedad. No se quiere entender que no se trata de defender privilegios salariales del sector público –se defienden los derechos, no los privilegios–, sino de no continuar defendiendo los privilegios institucionalizados del capital, que en este país, desde hace seis décadas, resulta intocable. “Dejar hacer y dejar pasar”, la consigna del liberalismo económico, es lo único que explica la evasión y elusión fiscal que alcanza un 8% del PIB.

Sin duda, lo que se busca, una vez más, es darle un golpe de gracia al Estado social de derecho, último bastión de resistencia al poder del dinero de un capitalismo globalizado insaciable y una clase política que ha cambiado la “primogenitura” del bien común por un “plato” de lentejas. Lleva razón el exvicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, cuando llama a reconocer que “es la falta de participación pública la que proporciona poder a los corruptos. Es el mutismo forzado de la opinión pública la que impide a la gente unirse en un esfuerzo colectivo para conseguir que la razón vuelva a mediar entre la riqueza y el poder” (Gore, Al (2007), El ataque contra la razón, p. 89).

Estamos a tiempo de restituir la dignidad de un maltratado Estado social de derecho y de salir del vergonzoso puesto número nueve entre los diez países más desiguales del mundo. Tenemos las condiciones para hacerlo. ¿Por qué continuar resistiendo a sentarse a la mesa del diálogo si es el mejor camino? ¿Hasta cuándo vamos a seguir, atrapados en la ideología del miedo, desconfiando de las ideas de los demás y postergando los cambios necesarios para construir un país más justo y solidario?


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