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Estafas globales

A principios del silo XVI, Maquiavelo afirmó que el ser humano es por naturaleza codicioso, marcado por el ansia de poseer y acumular, fenómeno que estudió en su vertiente política.

A principios del silo XVI, Maquiavelo afirmó que el ser humano es por naturaleza codicioso, marcado por el ansia de poseer y acumular, fenómeno que estudió en su vertiente política. Acaso no existía una naturaleza humana, presente en cada miembro de la especie, y de haberla el florentino bien podría estar equivocado. En todo caso, lo cierto es que su visión coincide con el despegue inicial del capitalismo en ciudades como Florencia, y en este contexto lo que Maquiavelo consideró una mera descripción se torna una auténtica prescripción, pues para el incipiente capitalismo de entonces, como para el hiperdesarrollado de hoy día, la codicia, el ansia de poseer y acumular riquezas le resulta consustancial.

Cuando escribió El Príncipe, la riqueza requería un sustento material: tierras, joyas, edificios, monedas de metales preciosos, y esta materialidad ponía límites a lo que se podía acumular y defender con éxito. La desmaterialización cibernética del dinero, radicalizada por monedas virtuales como el Bitcoin, hace que hoy día, al menos en teoría, la acumulación no tenga límites visibles, lo que posibilita una codicia igualmente ilimitada, que afecta a numerosas personas y empresas. De estas últimas las transnacionales, por ser las más poderosas y visibles, son las que mejor visibilizan el fenómeno.

Se suele creer, erróneamente, que las empresas transnacionales son una creación relativamente reciente. Dos de las primeras, la inglesa East India Company y su homónima holandesa, fundadas a principios del XVII como empresas comerciales, en el XVIII crearon en Asia auténticos imperios, en cuyo ámbito ejercían un poder casi ilimitado, mucho mayor que el de las actuales transnacionales. Pero la codicia es la misma, aunque las manifestaciones hayan cambiado. Ya no se estila, por ejemplo, la conquista militar mediante ejércitos privados, pero asistimos a verdaderas estafas globales. Dos ejemplos ilustrativos lo son el Deutsche Bank y la Volkswagen.

Ambos casos son conocidos. En su afán por maximizar sus ganancias, durante años Volkswagen lanzó al mercado global millones de vehículos diésel que afirmaban, falsamente, ser muy poco contaminantes. El truco estaba en un sistema diseñado especialmente para engañar a los aparatos y agencias que miden las emisiones, gracias al cual estafaron a sus clientes y generaron grandes daños ambientales. En cuanto al Deutsche Bank, uno de los mayores bancos del mundo, durante años realizó actividades ilegales que iban de la venta de productos financieros respaldados por información falsa, a la participación, en complicidad con otros bancos, en esquemas ilegales de fijación de tasas de interés y cambio de monedas, siempre con la finalidad de incrementar sus ganancias.

Las estafas de ambas corporaciones fueron descubiertas, y las ramificaciones del escándalo aun no cesan. Uno esperaba que ambas corporaciones fueran castigadas, y podría creerse que fue así, dadas las multas y penalidades impuestas. Pero no solo nadie, o casi nadie, ha ido a la cárcel por ello, sino que las tales multas no representan siquiera sus ganancias de un año. Aún en la Alemania contemporánea, cuya imagen comercial se basa en la calidad de sus compañías y productos, el Gobierno parece más interesado en protegerlas que en castigarlas. El argumento es familiar: son compañías demasiado importantes para ser castigadas como se debería, y el mensaje es claro: una corporación puede delinquir y estafar descaradamente, y solo será multada. Es como si al Chapo, tras ser capturado, en vez de juzgarlo y tenerlo en prisión, se le impusiera una multa y pudiera seguir operando.

Vivimos tiempos de bronca, y una de las principales y más justificadas fuentes de esta generalizada bronca ciudadana es la evidencia de que en el actual sistema sociopolítico, las corporaciones y sus directivos son regidos por una legalidad mucho más permisiva que la aplicada a los ciudadanos y empresas de a pie. Una creencia avalada por estafas como esta, cuyas consecuencias sociopolíticas empiezan a ser cada vez más evidentes, pero cuyos alcances finales aún no se vislumbran.

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