El mito de la democracia, un comodín de la derecha (VII)

Los mitos por su esencia misma tienen una fuerza apabullante, dada la importancia decisiva que tienen para la reproducción de los componentes

Los mitos por su esencia misma tienen una fuerza apabullante, dada la importancia decisiva que tienen para la reproducción de los componentes de un determinado orden social, además de que sus cultivadores más entusiastas tienden a sacralizarlos, aun sin estar conscientes de los alcances de todo esto dentro de la vida social de los seres humanos, sucede entonces que los mitos están allí además de que cuentan, de una manera decisiva, a la hora de la puesta en juego de la lucha por el poder y la dominación.

En la esfera de lo político los elementos míticos ocupan un lugar esencial, a pesar de las pretensiones de racionalidad que adoptan muchas veces los análisis de la actividad política, puesto que son tópicos o creencias firmemente arraigadas en la conciencia de muchas gentes que los repiten o evocan, así sin más y sin necesidad de ser corroborados con lo que estarían dejando de serlo. Es más, forman parte del componente irracional presente en buena parte de las acciones colectivas que conforman la vida social de nuestra especie.

La nueva derecha latinoamericana ha recurrido a hacer una serie de ajustes en sus elaboraciones discursivas, sobre todo cuando se enfrenta en algunas dinámicas electorales ante una izquierda poco ortodoxa, como la que ha venido ganando terreno durante el cambio de siglo a partir del triunfo electoral de Hugo Chávez Frías, en diciembre de 1998, que dio inicio a la llamada revolución bolivariana de Venezuela.

Todo esto ha obligado a la derecha a modificar la naturaleza de sus discursos de campaña electoral para intentar mimetizarse, en algunas situaciones coyunturales, con la imagen de la ya mencionada izquierda caracterizada por sus políticas antiimperialistas, siempre orientadas hacia nuevas formas de distribución del ingreso nacional en países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y otros;  claro que esa derecha una vez obtenidos sus objetivos ha vuelto a sus discursos dirigidos hacia la ejecución de privatizaciones y a la violenta aplicación de programas de ajuste estructural, como los que han venido impulsando en la región, desde hace varias décadas, el Fondo Monetario Internacional y otros organismos financieros.

Sus mitos elitistas y antidemocráticos vuelven a aflorar entonces manteniéndose intactos, eso sí revestidos de una presunta asunción de los valores democráticos que dicen profesar, pero que prefieren desechar en la primera oportunidad que se les presente, tal y como ha venido ocurriendo en estos días en la República Argentina, a partir de la llegada del gobierno de Mauricio Macri, surgido de un triunfo electoral bastante casuístico pero que le ha permitido a la derecha argentina acceder al poder por primera vez, mediante la vía legítima del sufragio, cuando en realidad se trata de un connotado exponente de las maneras de hacer que mejor caracterizan a la derecha regional, con todo su irracional odio al llamado populismo y a los derechos y conquistas de la clase trabajadora.

Con apenas un mes de gestión, Mauricio Macri ha lanzado políticas que implicaron una devaluación del peso argentino de hasta un 40%, lo que trajo una alza de los precios de los artículos de primera necesidad y ha lanzado al desempleo a miles de trabajadores, llevando a cabo innumerables despidos en instituciones públicas, acudiendo para ello a la vía de decretos con poco asidero jurídico.

Su oposición sistemática a la puesta en ejecución de la ley de medios, aprobada hace unos tres años, con la que se regulan los abusos monopólicos de empresas como la propietaria del diario Clarín de Buenos Aires, la que se ha apoderado de buena parte de los medios de comunicación y del espacio radioeléctrico de la República Argentina es otra demostración de su desapego a la democracia. Además, ante la justificada reacción de muchos sectores de la población se busca criminalizar la protesta social mediante directrices del ministerio del Interior, lo que se ha convertido en la mayor amenaza para la democracia en ese país.

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