Efectos secundarios de un mandato atípico: la vicepresidencia de Pence

La presidencia de Donald Trump ha sido disruptiva en numerosos frentes, tanto domésticos como internacionales.

La presidencia de Donald Trump ha sido disruptiva en numerosos frentes, tanto domésticos como internacionales. Una de las instituciones de Gobierno que ha sido afectada por este atípico mandato ha sido la vicepresidencia.

La institución vicepresidencial en Estados Unidos experimentó una lenta evolución, como se demuestra en las investigaciones de los expertos en la materia Joel K. Goldstein (The White House Vice Presidency) y Jody Baumgartner (The American Vice Presidency). En el primer siglo de existencia de la nación estadounidense, los vicepresidentes eran figuras marginales, en ocasiones ni siquiera residían en Washington D.C. y adquirían relevancia únicamente en casos de sucesión presidencial.

En el siglo XX se inicia un cambio paulatino. En los años 50, Richard Nixon (vicepresidente de Eisenhower) contribuye a reorientar la institución hacia el poder Ejecutivo, expandiendo sus funciones más allá de las prerrogativas constitucionales que limitan al vicepresidente a presidir el Senado y desempatar votos. Sin embargo, es con el dúo de Jimmy Carter y Walter Mondale (1977-1981) que inicia la llamada vicepresidencia moderna. Carter, asegurando su candidatura con gran antelación, pudo pensar cuidadosamente la selección de su compañero de fórmula. Mondale, a su vez, delineó cuidadosamente el papel que quería desempeñar desde la vicepresidencia.

A partir de la administración de Carter, los vicepresidentes han trabajado como consejeros cercanos al líder de la Casa Blanca, impulsando políticas y proyectos del Gobierno, además de cubrir las funciones ceremoniales que les son tradicionales. Los últimos tres vicepresidentes – Al Gore, Dick Cheney y Joe Biden – se caracterizaron por un alto protagonismo, incluso provocando críticas por el exceso de participación, un rasgo impensable antes de 1977.

En la presidencia de Trump este proceso se ha revertido. Si bien la selección de Mike Pence cumplía con el estándar clásico de balancear la papeleta –Pence es un político con experiencia (un insider), en contraste con Trump–, su rol ha sido similar al de los vicepresidentes anteriores a Mondale.

En los recuentos sobre el funcionamiento de la actual Casa Blanca de Michael Wolff (Fire and Fury) y Bob Woodward (Fear) el vicepresidente brilla por su ausencia. En el círculo más influyente de Trump se registraban consejeros como Steve Bannon, su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner, algunos miembros del gabinete, pero no Pence. Ciertamente, el vicepresidente de Trump ha figurado en actos protocolarios, liderando el equipo de transición, sugiriendo nombramientos, desempatando nueve votos del Senado y brindado declaraciones en temas varios (sobre NASA, Venezuela y otros). Sin embargo, lo que resulta más significativo es que Pence no cuenta con una agenda (visible) propia.

Por un lado, es posible que Pence se mantenga voluntariamente al margen, de modo que los escándalos de la Casa Blanca no perjudiquen sus ambiciones presidenciales futuras o bien su legitimidad ante una potencial sucesión. Por el otro, su ausencia refleja un presidente que, en contraste con sus predecesores, desaprovecha la experiencia y el aporte que podría inyectar su vicepresidente en la toma de decisiones.

El intrascendente papel de la vicepresidencia constituye un retroceso institucional de 40 años y es solo una evidencia más (incluso de las menos nocivas) de la singular presidencia Trump.


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