Del piolet al cuchillo de palo

El profesor de la Escuela de Filosofía de la UCR, Roberto Herrera, reacciona en el sitio socialismohoy.com a mi artículo “Las élites importan”

El profesor de la Escuela de Filosofía de la UCR, Roberto Herrera, reacciona en el sitio socialismohoy.com a mi artículo “Las élites importan”, publicado en La Nación el 23 de diciembre.

¿Qué dice Herrera? Que como temo y desprecio a las clases populares, defiendo a las clases poderosas porque creo que los más escolarizados de las clases medias deberíamos gobernar (no me hago responsable por la lógica de un argumento que solo describo, que honradamente describo, como puede constatarlo cualquiera que quiera revisar el texto de Herrera). Y aclaro: no tengo ningún problema con el ácido de la crítica, ni con la ironía o, incluso, el ataque personal. Aunque estos últimos son pseudoargumentos (decir que Ziblatt y Levitsky, sobre cuya tesis se basa mi artículo, son “del mainstrem (sic) de la ciencia política estadounidense”, no rebate sus puntos), no objeto que argumente así. Todo bien con que diga que en mi artículo solo repito, “sin gracia y aparentando originalidad”, argumentos ajenos, o que denuncie que escribí un texto “despreciable”, “tonterías”, “un escupitajo… demostración de superficialidad, ignorancia y chabacanería”. Pero cosa distinta son los insultos. Me llama “demente”, “esbirro de los tiranos”, “pretendido aristócrata”, “tintero a sueldo”.

Los insultos no son argumentos. No prueban nada. Decirle a alguien imbécil o ruin no lo hace tal. Aun así, son frecuentes en las argumentaciones. En las argumentaciones débiles. Con todo, lo peor de la falacia ad hominem, vitaminada de denigración, no es su pobreza lógica. Lo grave es que eso, las descalificaciones ofensivas, tan desprovistas de seso como de generosidad dialógica, están envenenando la esfera pública y dinamitando los puentes de comunicación que la democracia exige. Los insultos, además, son innecesarios. Mi artículo puede contradecirse sin necesidad de recurrir a ellos… o de torturar a Freud en su tumba.

Herrera conjetura que la “génesis” de mi artículo, que yo habría revelado sin querer (y acongoja pensar cómo imaginará Herrera que es el proceso de escritura de un artículo como el mío), fue una conversación con un taxista cabreado, que me habría provocado un temor que yo después racionalicé en mi texto. Es decir, que el “refinado” RJ (así me llama), un mal día, en vez de limusina o helicóptero, tuvo que coger un taxi y eso le dio un atisbo de lo enojada que está la gente en Costa Rica; se asustó y escribió. Pues no. No, porque la gente nunca me ha dado miedo (es el ascenso del fascismo lo que me atemoriza). Desde mi primer artículo en prensa nacional, en 2006, no he dejado de llamar a la gente a participar políticamente, votando, organizándose, militando, apropiándose de las instituciones, que son suyas. No, porque la conversación con el taxista nunca ocurrió. Eso se llama recurso literario y, en este caso, lo utilizo para encarnar un discurso que, como ha quedado claro, late fuerte entre pecho y espalda de personas como Herrera. Y no, porque lo cierto es que desde 1998 que entré a la U, viajo todos los días, de ida y vuelta a casa, en bus. Y aquí es donde me ahorro, básicamente por decencia, entrar en el detalle de mi vivencia, no de mis contactos, de mi vivencia, con lo popular, la pobreza y el dolor humano, desde la infancia. En carpas pentecostales en el León XIII de principios de los ochentas; conviviendo con adolescentes en San Marcos de Tarrazú que solo tenían dos ilusiones en la vida: ir algún día al Festival de la Luz y migrar como sus papás a Estados Unidos; acompañando a niñas (de 13 a 15 años) madres o embarazadas (casi siempre por un familiar) en un hogar refugio en Escazú; o “limpiando la caca”, no de niños como temerariamente Herrera me acusa de no saber, sino de jóvenes con parálisis cerebral, en este caso en Zapote.

Dicho eso, debo reconocer que discutir el artículo de Herrera no es fácil. Por los insultos, que ya mencioné. Pero, además, porque, aunque parezca extraño, él no discute mi artículo. No lo discute porque no lo entendió y, en consecuencia, acabó discutiendo otro artículo. Un artículo en el que la élite son los ricos y los gobernantes “neoliberales”, mientras que la masa son los pobres. Todo lo (poco y mal) que argumenta, parte de esas conceptualizaciones.

Creo recordar que es en Estudios Generales donde uno aprende que las palabras son convenciones sociales para designar cosas y que cuando esas cosas, encima, son categorías sociales complejas, los significados de esos significantes pueden variar. Élite, por ejemplo. Y por eso, a lo largo de mi artículo, como cualquiera con ojos en la cara puede corroborar, aclaré varias veces, de forma explícita e ilustrándolo con ejemplos, que con la palabra élite no me refería ni a ricos, ni a gobernantes, ni a gente con abolengo. Ni con masa, obvio, a sectores empobrecidos.

Sin embargo, para Herrera, no fue suficiente. Tiene un modelo mental, duro como un panfleto fosilizado, sobre lo que esa palabra significa. Sobre lo que muchas otras palabras y conceptos, como “dirigente obrera” o “pueblo”, significan. Y con ese instrumental cognitivo se asoma al mundo y trata de comprenderlo. Si el mundo no se ajusta a sus modelos, que se joda el mundo, porque lo embute en ellos con la furia de su indignación. Eso le pasó a mi pobre artículo: inteligido por Herrera, quedó como un rib eye molido y empacado en forma de salchicha.

Para hacerlo empleó varios recursos, como la cita fuera de contexto: sí, dije “chusma”, pero me refería a Hitler y sus secuaces, mientras que él asocia el término con “los descamisados, los cabecita negra”, conceptos político y racista-clasista de Argentina. ¿No es eso deshonesto? Pero el recurso que más me asombró (por el desprecio que refleja hacia sus lectores) es el de inventarme expresiones para sostener su insostenible interpretación de que con élite y masa yo me refiero a ricos y pobres. Y lo hace con el uso del entrecomillado. Entrecomilla, como corresponde, para citarme. Varias veces. Pero luego, también, entrecomilla expresiones que nunca utilicé para precisar a qué me refería con masa o élite: “perdedores”, “resentidos”, “turbas”, “ganadores”, “los más escolarizados”.

Lo que no acabo de entender es para qué Herrera necesita escribir un texto tan largo para decir algo tan sencillo: los miembros de la élite son como los golpeadores de niños o como los asesinos en serie y Román escribió un artículo sobre su valor. Listo. Con eso bastaba. A mí igual me hubieran llovido los insultos de sus lectores, pero a todos nos habría ahorrado el mal rato de tener que leer ese interminable texto tan mal escrito.

Permítanme, entonces, por lo menos, tratar de sacar algo positivo de semejante despropósito: un aporte pedagógico al profesor Herrera. Aunque al referir la famosa frase de Alberto Cañas, explicité que elitismo y clasismo no son lo mismo, usted no entendió y los confunde. Voy a explicárselo aquí con un ejemplo. Clasista es su artículo, que interpreta cuanto bajo el sol acontece, incluidos mis miedos, odios e intenciones, a partir de la categoría “clase”. Que si no soy de la clase rica, que si tampoco de la clase obrera (a diferencia, claro, de los profes de filosofía de la U, que por definición son cuellos azules), que si soy un desclasado en busca de refugio, etc. Elitista, en cambio, es mi opinión de que es vergonzoso que alguien que no sabe escribir sea profesor en la Facultad de Letras de una de las mejores universidades de América Latina. No porque para ser de élite haya que escribir bien. Francamente creo que se requiere mayor fortaleza mental para patear un penal como el de Michael Umaña en Brasil, que para hacer una tesis doctoral. Pero sí, para enseñar en una facultad de letras, hay que entender de letras.

El artículo de Herrera evidencia que desconoce cómo acentuar o puntuar, cómo utilizar los gerundios y cómo usar el subjuntivo. No controla adecuadamente la concordancia de género y número. Inicia párrafos con oraciones subordinadas desconectadas de la principal, y, en general, exhibe una pobreza léxica penosa (¡no conoce más conector disyuntivo que “pero”!). Desde luego que se puede escribir así y ser una persona buena e inteligente. Pero para ser docente en una facultad de letras debería exigirse, para empezar, que el candidato sea un usuario competente de la lengua. Si no tiene la habilidad semántica para comprender los conceptos centrales de un texto, la habilidad pragmática (principio de relevancia) para hacer una lectura satisfactoria que le permita obtener inferencias correctas, y si carece, no ya de la capacidad literaria para escribir una respuesta potente, sino, al menos, del mínimo manejo del castellano para construir algo gramaticalmente aceptable, no, no debería estar ahí, salvo como la encarnación del refrán “casa de herrera, cuchillo de palo”.

Porque eso sí que tiene Herrera, cuchillo. De palo, pero cuchillo al fin. A mí me sentencia al destierro y, en un artículo para el que ni siquiera tuvo el cuidado de informarse sobre las reglas del proceso de designación del director del Semanario Universidad, sugiere descabezar esa sala de redacción porque su cobertura de la huelga no le gustó. Vamos, que letras no tendrá muchas, pero lo que carece de ellas lo compensa con un ímpetu represor que, si no fuera el de alguien sin ningún poder, en lugar de cómico sería atemorizante. Expresivo (y esto es lo más lamentable) de una forma de enfrentar las discrepancias más propia de quien empuñó el piolet que de quién lo sufrió.

A propósito de lo anterior, termino con una opinión personal sobre el Semanario: para mí está estupendo, quizá mejor que en cualquier época anterior. Tiene una sala de redacción de lujo, beneficiada, paradójicamente, de la crisis económica de los medios de comunicación comerciales. Sus páginas se nutren de una diversidad de plumas que van del ácido profesor Gallardo, la crítica Florez-Estrada Pimentel o el universal Gilberto Lopes, a los más jóvenes pero experimentados, brillantes y valientes Álvaro Murillo, Hulda Miranda y Luis Fernando Cascante, por solo mencionar algunos de sus periodistas. Su periodismo es valioso y necesario. Para enfrentar el abuso de los empresarios autobuseros, por ejemplo, nuestra sociedad requiere de la precisión investigativa de informaciones como las del excepcional Daniel Salazar, publicada en la misma edición en que Herrera denuesta al Semanario. Por todo eso, ojalá haya Ernesto Rivera para muchos años en el Sema.


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