Del acoso sexual

En parte entusiasmado y en parte receloso, por un titular de primera plana y media página del periódico La Nación  que decía “Alumnas: violencia sexual es cosa de todos los días en ‘U’ públicas” (28-5-2019).

En parte entusiasmado y en parte receloso, por un titular de primera plana y media página del periódico La Nación  que decía “Alumnas: violencia sexual es cosa de todos los días en ‘U’ públicas” (28-5-2019).  Este pasado mes de mayo, llegué en las horas de primer ingreso al campus Rodrigo Facio, dispuesto a ver en los jardines, aulas, corredores y calles, la cacería de mujeres de toda edad con sus vestidos desgarrados y alteradas por el ataque de uno o varios machos semidesnudos o vestidos solo con toga magisterial que, a los alaridos o agitando actas de notas, las perseguían con fines confesables solo en bares y jamás en los circuitos judiciales.  Mi emoción decreció cuando observé solo parqueos atestados, estudiantes de todos los sexos y edades imaginables transitando con sus bultos, ingresando o saliendo de los edificios (quizá adentro ocurría el avisado espectáculo). Así también observé al personal de servicio removiendo hojas, trasladando correspondencia, todos ellos sin revelar turbación sexual alguna y quizás algo sosos. Cosa extraña, pues el titular de La Nación o se equivocaba o exageraba o mentía. Como se sabe, en sus titulares, el medio suele hacer campaña para los que considera intereses de sus propietarios.

Como es también sabido, el acoso y la agresión sexual son considerados delitos en el ámbito penal costarricense. El expresidente Óscar Arias se enteró hace poco de ello. Por desgracia, el acoso sexual “en los establecimientos educativos” es investigado y resuelto, para bien o para mal de los involucrados, como un “asunto interno” de la institución y, por ello, sus autoridades los resuelven. Obviamente se trata de una situación anormal. Si acoso y abuso sexual tienen carácter penal, y así parece ser en Costa Rica, entonces todo acoso y abuso de este tipo ha de ser conocido en los circuitos policiales y judiciales respectivos. Si se da un robo en algún liceo o Universidad el asunto lo investiga el OIJ y lo conoce, cuando corresponde, el circuito judicial a quien compete. Acoso y abuso sexual son delitos graves contra la vida (existencia) de las personas (mujeres, varones y otros) y también lesionan la sociabilidad fundamental. No constituyen, en ningún caso, cuestiones administrativas. Por lo tanto hay que cambiar y tan rápido como se pueda, la competencia de quienes deben conocer estos delitos. No pueden quedar confinados a las autoridades administrativas de institución alguna. El asunto es tanto más seguro para las víctimas del delito como para quienes son acusados por él. Luego, a conseguir rápido esa reforma.

Llama la atención que el acoso sexual y el abuso de poder se denuncien solo en relación con varones. Entiendo lo del dominio patriarcal, el machismo, etcétera. Pero mi centenaria experiencia me recuerda que en sectores de la Universidad donde estudié, el acoso provenía de profesores y profesoras. Sus víctimas eran mujeres, varones y otros. Posteriormente, en al área de la Universidad Católica con la que colaboré, conocí una realidad que entonces me pareció cómica. Dos académicas se disputaban ser las primeras en tener relaciones sexuales con profesores nuevos que llegaban invitados normalmente por sus recientes doctorados en Europa (esto en Chile no era muy corriente medio siglo atrás). La que ganaba la apuesta recibía un agasajo de quien la perdía. Si les parecía atinado invitaban al varón capturado. Mi opinión es que los doctores utilizados en esas tramas eran víctimas de acoso sexual (aunque no lo advirtieran). El asunto no intenta quitar gravedad a las denuncias en Costa Rica. Solo recuerda que el acoso también puede provenir de mujeres hacia varones y mujeres, aunque parezca inusual. De paso, digamos que ha de existir un porcentaje de varones a quienes les irrita ser tratados como objeto sexual (sin que se les advierta).

En un tema concerniente pero paralelo. En las universidades públicas latinoamericanas suelen reunirse las y los jóvenes más atractivos (intelectual y físicamente) del país. O al menos un porcentaje alto de ellos. También el personal universitario (profesional y administrativo) suele ser escogido y una parte significativo de él cabe en la casilla “persona cordial y atractiva”. Esto hace que las universidades públicas en América Latina sean espacios de encuentro emocional, sexual y humano importantes y propios por constructivos. Por lo tanto, denunciemos sin tregua el acoso, el abuso y la violencia desde el poder. Pero miremos sin mojigatería alguna los afectos provechosos, las amistades forjadas con sentimientos dignos, a veces pasajeras, a veces de larguísimo aliento, que se dan en estos sitios. La enérgica denuncia del abuso y el acoso debe aprender, asimismo, a reconocer el amor sincero y honesto de jóvenes y adultos en las universidades. Por fortuna, existe.


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