En defensa de la libertad de cátedra: la visión del Lic. Fernando Baudrit Solera

En estas semanas hemos vivido una situación que no es dable pasar por alto y mucho menos ocultarla. Una alta figura del Partido Liberación Nacional

En estas semanas hemos vivido una situación que no es dable pasar por alto y mucho menos ocultarla. Una alta figura del Partido Liberación Nacional, Clara Lieberman (que inclusive fue su Vicepresidenta), solicitó a los diputados de dicha bancada legislativa que investigaran la Cátedra Ibn Khaldun, sobre cultura y pensamiento islámico, de la Universidad de Costa Rica.

Entre sus argumentaciones estaban: “¿Cómo lograron abrir una cátedra de este tipo, exclusivamente de la religión musulmana, en una de las instituciones más importantes de Costa Rica? (…) el manejo operativo se está llevando a cabo dando seminarios de dos y tres días para análisis exclusivamente de este contenido islámico a jóvenes, lo que en términos educativos, se llama adoctrinamiento” (La Nación, 6 de noviembre de 2016).

Me permito escribir estas palabras, trayendo como principal fuente la propuesta política de uno de los juristas más insignes de nuestra patria: el Lic. Fernando Baudrit Solera. Abogado respetado, magistrado de la antigua Sala de Casación y sobresaliente académico. Además, conformó y presidió la Comisión Redactora del Proyecto de Constitución de 1949, llamado el Proyecto Socialdemócrata, y fue diputado constituyente en 1949 en la bancada ulatista, cargo que ocupó simultáneamente con el de Rector de la UCR.

Como constituyente tomó como lucha personal el dejar plasmado en la nueva Constitución los principios de libertad de cátedra y autonomía universitaria, con sus tres pilares: la administrativa, la económica y la docente. Expuso en defensa de tales principios ante el Plenario, lo siguiente:

“Lo que pretendemos es que la política ande lo más alejada posible de la Universidad, para que no vuelvan a ocurrir los hechos vergonzosos del pasado, cuando una mayoría parlamentaria, adicta al régimen, pretendió pasar una reforma universitaria para imponer en la Escuela de Derecho a una determinada persona. (…) La libertad de cátedra no es otra que la libertad de expresión, de pensamiento, que tantos sacrificios ha costado adquirir. Nadie puede negar la libertad de cátedra, a menos que se viva en un país como la Rusia Soviética y la Italia Fascista”. (Acta no. 154 de las 15:00 horas del 21 de setiembre de 1949).

Dichas posturas, que le valieron una fuerte discusión con el constituyente Luis Dobles Segreda, fueron defendidas vividamente durante las siguientes sesiones, hasta que logró trasmitir sus consignas y fueron aprobadas las mociones que presentó. Ello siempre con la convicción firme de que la politiquería (las opiniones meramente político-partidistas) estuviera alejada de la vida universitaria, pues nada afecta más el libre pensamiento que la imposición -sea por promoción o prohibición- de líneas de pensamiento, máxime si es de parte de quienes representan intereses meramente electoreros.

Ahora bien -y esto es agregado personal- no deben entenderse las posiciones del Lic. Baudrit Solera en el sentido de que la política está fuera del claustro universitario. Es claro que esto no sería una pretensión real, pues como bien apuntó Aristóteles, somos animales políticos y es consustancial a nuestra existencia cuestionarnos nuestro mundo, lo cual nos lleva irremediablemente a tener posiciones -subjetivas, no hay de otra- en cuanto a nuestro entender del mundo y el manejo del poder en este, lo cual -en términos amplios- no es otra cosa que política. Inclusive, existen interesantes propuestas pedagógico-universitarias en las que se busca hacer visibles dichas posturas políticas y tomarlas como parte integral del proceso educativo (entre dichos proponentes destaca el profesor Duncan Kennedy de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard).

Lo que sí debe quedar claro, es que de la Universidad se debe blindar frente a cualquier pretensión que busque imponerle alguna forma de pensar el mundo. Pues, lo anterior nos llevaría a un falaz pluralismo, donde solo se admitirían aquellas posturas que no pongan en duda el statu quo prevalente; en donde el supuesto libre pensamiento se circunscribiría a una jaula delimitada, fuera de la cual todo lo demás sería “adoctrinamiento”. Para muestra un botón, el eurocentrismo epistémico-académico tan arraigado en nuestra enseñanza, desatino que tanto han combatido autores como Enrique Dussel. Ese falaz pluralismo “anti-adoctrinamiento” es lo que pretende la señora Lieberman y lo que tan lúcidamente había combatido el constituyente Baudrit Solera.

Esto no es peccata minuta, como comunidad universitaria no debemos permitir que por medio de argucias politiqueras, disfrazadas de “buenas intenciones” que buscan “inocentemente” proteger a los estudiantes del adoctrinamiento -como si estos fueran tábulas rasas carentes de todo pensamiento crítico-, se nos trate de imponer la manera de pensar, por medio de la interferencia en lo que se enseña -y no- en nuestras universidades. No logro concebir forma más vil de vasallaje intelectual que vendría en contravía del pensamiento crítico. Con ello, el llamado a hacer el lucem aspicio de la patria, no quedaría más que en un mero estribillo inerte.

Como cierre, traigo a colación la réplica del constituyente Everardo Gómez Rojas a las intervenciones de Baudrit Solera, que por su lírica no tienen parangón: “Abogar por la libertad de Cátedra es como abogar por el pensamiento libre, que dentro de las libertades humanas es como el oxígeno a los pulmones; algo vital para la conciencia. (…) La libertad de Cátedra nos permite independizarnos del dogma y la tradición en cuanto esos elementos retardatorios del progreso no se acomodan con nuestro pensamiento. Ella nos permite, también rectificar nuestros errores”. (Acta no. 155 de las 15:00 horas del 22 de setiembre de 1949).

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