Costa Rica fracturada

El verso famoso de Leonard Cohen se ha utilizado como un símbolo de esperanza y de resistencia contra las injusticias.

“Que suenen las campanas que todavía pueden sonar…

Hay una grieta en todas las cosas,

así es como la luz puede entrar”

(Himno, Leonard Cohen)

https://www.youtube.com/watch?v=6wRYjtvIYK0

El verso famoso de Leonard Cohen se ha utilizado como un símbolo de esperanza y de resistencia contra las injusticias. También es, a mi juicio, un alegato contra los consensos monolíticos y autoritarios que esconden la diversidad. Sin embargo, las grietas que enfrenta Costa Rica hoy no producen esperanza, ni empoderan a las personas sino todo lo contrario.

Se ha hablado mucho en las últimas semanas sobre la reactivación económica y el desempleo y cada actor tiene su receta. El gobierno parece apostar a la atracción de inversiones, la simplificación de trámites y a fortalecer el puente entre la oferta y la demanda laboral. El sector industrial se queja de las tarifas eléctricas; otros, de los costos del combustible, y varios atacan los costos sociales de los derechos laborales y la salud pública. Las personas especialistas apuntan a la necesidad de recuperar la confianza en la economía, apuntalar la política económica con instrumentos como la reducción de las tasas de interés, el encaje mínimo legal y aumentar el gasto de capital. También se señala la importancia de que las familias puedan recuperar liquidez y capacidad de compra.

Es probable que algunas de esas medidas puedan ser eficientes en el corto plazo pero no atienden el verdadero problema de nuestro país, que es la fractura de nuestra economía, nuestro Estado y nuestra sociedad. Así es, llegamos al Bicentenario en un país de asimetrías socioeconómicas, vulnerabilidades ambientales, abismos territoriales y un Estado bicéfalo que no puede abordar o nivelar esas disparidades.

Nuestra economía no es una, sino al menos dos: una que sabe inglés (u otro idioma) y está vinculada a la globalización y al mercado externo mediante exportaciones, zonas francas, turismo, servicios, finanzas, lavado de dinero, inversión extranjera y flujos globales de valor. La otra economía vinculada con el mercado interno usualmente no sabe inglés, trabaja en la informalidad, agrega poco valor a sus actividades, y al menos dos de sus actividades (comercio y agricultura) están actualmente en recesión. Esta dualidad tiene zonas grises en diversos sectores, pero esa fractura es casi siempre insalvable y los encadenamientos productivos rara vez ocurren: una habla en inglés y la otra no le entiende.

El problema es que en las últimas décadas nuestro Estado y nuestro modelo le han apostado más a la economía transnacional que a la economía interna. Recuerdo escuchar a uno de los ideólogos del modelo explicar que para encontrar trabajo “solo” había que aprender inglés. Para la generación de la década perdida de los ochenta y para una parte importante de nuestra población, aprender inglés no es tan fácil, así como tampoco el emprendimiento es para todos (y muchas veces deviene en precariedad laboral). Los anuncios de nuevos puestos de trabajo son en su mayoría para personas que hablan inglés, saben diseño gráfico o servicio al cliente, por ejemplo. Así, podrán encontrar trabajo solo aquellos favorecidos por una educación de calidad, pero un importante grupo de personas nunca podrá hacerlo.

Una parte de nuestro Estado, sin embargo, se ha especializado en atracción de inversiones y facilitación de trámites para exportadores; ha otorgado jugosos beneficios a las empresas de la economía globalizada y tiene sus oficinas en centros comerciales de moda (Comex por ejemplo). Pero la otra cabeza del Estado sigue anclada en los años setenta y se puede identificar en los vetustos edificios de la época (MAG, Incopesca etc.), con funcionarios desmotivados, cercanos al final de sus carreras y sin los recursos necesarios para desempeñar su trabajo. Ese Estado vetusto debe atender a los sectores que más lo necesitan pero no necesariamente lo hace como debería.

Esa fractura en la economía y el Estado se traslada por supuesto a nuestras poblaciones costeras y periféricas que conforme se alejan de San José (o debería decir Escazú) empeoran sus condiciones de trabajo y vida. Esas asimetrías territoriales tienen, por supuesto, graves implicaciones para las oportunidades vitales y el desarrollo humano de una importante parte de la población, que lo manifiesta con un descontento ciudadano creciente y un comportamiento electoral volátil.

Así, el problema no es la economía sino el Estado, que ha perdido su capacidad de atender todo el territorio y la sociedad para nivelar las asimetrías generadas por la globalización y por su propio retiro histórico (en educación por ejemplo). Por ello, las medidas de reactivación económica pueden funcionar en el corto plazo (ojalá lo hagan); pero mientras el Estado no atienda su propia disfuncionalidad y la fractura en la economía, nuestra sociedad llegará al bicentenario celebrando las asimetrías, la Costa Rica de los ganadores y los perdedores. Lamentablemente solo “… sonarán las campanas que todavía puedan sonar…”

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