Consumismo como ficticia libertad

De acuerdo al estudio trimestral de tarjetas de crédito (publicado con corte al 31 de enero del 2016) realizado por el Ministerio de Economía

De acuerdo al estudio trimestral de tarjetas de crédito (publicado con corte al 31 de enero del 2016) realizado por el Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC), la deuda de los tarjetahabientes asciende a ¢896.719 millones (3,2% del PIB; promedio individual de deuda: ¢398.065). Curiosamente, al tiempo que se registra un descenso significativo en la deuda acumulada con respecto a enero del 2015 (¢33.877 millones; 3,64%), el número de tarjetas de crédito en circulación creció en 332.742 (lo cual no necesariamente implica una mayor cantidad de tarjetahabientes). Además, el 70% de los pagos realizados con tarjetas de crédito acarrean el pago de un interés que llega, incluso, al 50%.

Crédito versus ahorro. Las tarjetas de crédito, en teoría, son instrumentos financieros que permiten al usuario realizar pagos con dinero crediticio (denominado M1), creado por bancos privados como un agregado monetario distinto al generado por los bancos centrales (denominado M0). Los usuarios, a cambio del pago de un interés al ente emisor del préstamo crediticio, pueden, así, darle “vuelta” a su dinero. En otras palabras, la tarjeta permite el consumo previo a la acumulación del dinero requerido para ello, a cambio de un reconocimiento (nada despreciable) posterior por dicha “facilitación en el tiempo”. No obstante, parece existir una contradicción entre la tendencia a optar por el ahorro o crédito para consumir: la encuesta Bancarización, Finanzas y Ahorro en Costa Rica, llevada a cabo por Unimer, revela que el 54% de los costarricenses prefieren ahorrar antes de endeudarse para adquirir un producto determinado; sin embargo, el último reporte el Global Findex 2014 (elaborado por el Banco Mundial) señala que solo el 24% de las personas mayores de 15 años poseen cuentas de ahorro activas (cabe señalar que buena parte de las cuentas de ahorro están asociadas directamente al depósito del salario; por lo que no pueden catalogarse como cuentas de ahorro creadas para un fin particular).

El espejismo de la libertad. Lo anterior revela una contradicción en la “cultura” de consumo de los tarjetahabientes, lo mismo que evidencia la preferencia del sistema financiero por fomentar el consumo, antes que—por no decir, en lugar de—la producción. Dicha “conducta” no es, en lo más mínimo, fortuita. Muy por el contrario, es el producto de una (de tantas) mutaciones que ha sufrido el capitalismo, apuntalado, ahora, por un perverso paralogismo ideológico: “a mayor consumo, mayor libertad”.

La noción de libertad es, por lo general (y casi por defecto), asociada con las premisas de los derechos humanos; es decir, el conjunto de circunstancias (desde libertades hasta facultades, pasando por un marco institucional garante) que permiten a las personas su realización. En esto último es donde el anteriormente citado sofisma entra en juego, ejerciendo un cambio paradigmático de la “necesidad” de consumo al “deseo” de consumismo, con una finalidad última: equiparar “realización” con “libertad de consumo” (para, en el fondo, tornar el deseo de consumismo en compulsión).

Dicho de otro modo, en una sociedad de consumismo compulsivo, el discurso (neo)liberal, basado en el desorientador dicto “libertad de elección de consumo” y haciendo eco de las “otras libertades” que garantizan las democracias representativas (voto, credo, expresión, etc.), hace creer que para realizarse, hay que ser libre y que solo se es libre si se consume enajenadamente (i.e., más allá de las posibilidades económicas y necesidades reales). Siendo esto así, ¿llegamos, eventualmente, a ser “libres” y, lo que es más, “realizarnos”? Evidentemente no; pero se nos hace creer que sí. Y en ello estriba la arquitectura del actual sistema financiero. Por ende, es central crear quiméricas necesidades y el concomitante deseo por ellas; sin nunca cerrar el ciclo. Pero, entonces, ¿cómo se abre y se mantiene abierto el ciclo?

El deseo es el deseo del Otro. Dicha máxima de Jacques Lacan, desarrollada a partir de la teoría de sexualidad de Freud y la teoría de juegos, explica que, a nivel psicoanalítico, los seres humanos requieren aprender no solo cómo, sino también qué, desear. Asimismo, Lacan sostiene que es inherente a los seres humanos desear directamente a, o, por medio del, “Otro”. Este “Otro”, que bien puede referirse a las otras personas (nuestras contrapartes), en cuanto al deseo de consumismo, se presenta, además, como una construcción difusa—obligándonos a estar siempre cuestionándonos qué es lo que el “Otro” desea—estructurada a partir de las virtudes, morales e ideales de nuestra cultura y crianza. Todo esto desemboca en una compleja paradoja: deseamos tanto lo que el Otro desea, como ser (o tener) lo que el Otro desea. Esta condición se ve reflejada en fenómenos sociales como “las modas”, que, por medio de artilugios publicitarios, establece, literalmente, cómo y qué se desea. Ahora bien, ¿qué nos permite acceder a lo que, se nos impone, deseamos?

La deuda como mecanismo de dominio. La deuda (tanto la pública, pero, en especial, la privada), lejos de ser un simple mecanismo económico-financiero, es el catalizador político-ideológico que logra que las personas pasen de consumir (lo que realmente necesitan) a ser alienados por el consumismo que “promete” libertad al tiempo que, subrepticiamente, somete a los consumistas. En otras palabras, la deuda es el mediador dialéctico entre deseo y consumismo. Como resultado, se obtiene lo que Maurizio Lazzarato denomina “la elaboración de los hombres endeudados” que preserva el binomio deseo-consumismo echando mano a una distorsión del carácter moral de la deuda (después de todo, “toda deuda debe ser honrada”), y sin importar que, a priori, no haya capacidad de pago. En gran síntesis, se da lo que David Harvey llama “acumulación por desposesión” (considérese cómo las personas en EE.UU., luego de la eclosión de la crisis económico-financiera del 2008, perdían tanto las casas que estaban pagando, como todo el dinero que habían, hasta ese momento, abonado) que, a su vez, previene que el ciclo llegue a cerrarse (aunque se pierda el “deseo” adquirido, un nuevo deseo—y su deuda—vienen en camino).

Volviendo al cuestionamiento de por qué el sistema financiero no le da primacía al fomento a la producción, la respuesta es porque requiere del consumismo para su supervivencia: es indispensable mantener a los consumistas—con sus tarjetas de crédito—deseosos, endeudados e, ilusamente, creyendo que son (cada vez más) libres. Tanto “democratizar” la producción, como promover un mejor y más responsable uso de las tarjetas de crédito, de hecho, atenta contra la propia naturaleza del sistema, puesto que desalienta el inicuo endeudamiento e, idealmente, permite distinguir deseos de necesidades y, consecuentemente, elegir sin manipulación; en suma, la auténtica libertad.

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