Ciudadanías débiles y medios de comunicación

El tema de la ciudadanía pasa mal momento. Si recordamos a Benjamin Constant, veremos que la libertad moderna consiste en ejercer el debate

El tema de la ciudadanía pasa mal momento. Si recordamos a Benjamin Constant, veremos que la libertad moderna consiste en ejercer el debate y la crítica con respecto a lo público. Desgraciadamente ya no se entiende así, la abulia reina. Existe el riesgo de caer en vorágines populistas. Me interesa la crítica de dos esferas, cuya labor incide a la hora de crear un coherente sentido del ser ciudadano, como lo son los medios de comunicación y el sistema educativo formal. Este artículo versa sobre los primeros.

Acertadamente, el Tribunal Supremo de Elecciones llama a leer y pensar acerca de los distintos partidos y programas de gobierno. Pero su convocatoria posiblemente naufragará. Para votar, pero más aún, en aras de la participación en cualquier proceso político (aun sea micro), resultan necesarios los datos y el acceso a debates. Salvo excepciones (Canal Trece y algunos programas de TV Extra 42), los medios no están formando a los ciudadanos para ser críticos y ejercer sus derechos. Basta con sintonizar muchos de los medios nacionales. Importan no lo mejor de otros países, sino un compendio de obritas detectivescas de guisa cansina, las consabidas telenovelas, los preocupantes enlatados que tratan sobre narcos, o las comedias ensayadas que incluso llegan al absurdo.

Un tétrico capítulo especial lo constituyen los noticieros (salvo RTN Noticias y, cuando mucho, dos más). En el papel son los espacios para pensar el acontecer nacional y del mundo, pero esto no ocurre. Treinta minutos dedicados a detenciones y balazos (inculcan shock, no discusión), diez (prestados) de “farándula”, con sosos reportajes que a nadie interesan porque son datos privados. Excesivos quince minutos de notas deportivas, perdón, futbolísticas. Y, si acaso, cinco minutos acerca de realidad política e institucional, con una pizca de noticias internacionales. Estos trescientos segundos bien pueden volatilizarse en aras de las otras “importantísimas” secciones, sustitución a veces incluso debida a motivos espurios. Una sociedad no se dirime por los delitos de alguien, tampoco en virtud de ligues o extravagancias “faranduleras” o las victorias deportivas de un equipo.

Complementan el horizonte otros programas. Se confunde el desarrollo de una actitud positiva con incentivar la fruslería. Porque comer empanadas de frijol una tarde lluviosa o pasear cinco gatos en bicicleta no son hechos relevantes. También ocurre que, cada año bisiesto, se dan a la tarea de premiar ideas innovadoras y productivas, pero desarrollan un formato tan endeble que iniciativas light, por ejemplo fabricar pan (con características ya presentes en el mercado), derrotan a propuestas realmente buenas, como utilizar el plástico de desecho para producir materiales de construcción y así reciclar basura y salvar árboles. Incentivar la criticidad implica preocuparse por lo público, sus desgracias y posibilidades, va más allá de tomar café.

Dado un contexto que banaliza el pensamiento, pueden repuntar grupos populistas de toda laya, “rutas del jolgorio”, partidos anchos, o que salen con azadas y prometiendo acabar con muchos. De la ciudadanía débil se alimentan políticamente aquellos que evocan el hígado y no la razón, cuyo caballo de batalla lo instituye el eslogan y no las ideas empírica y conceptualmente probadas. Una sociedad cuyo consumo cultural lo constituye la telebasura o los noticieros deficientes, representa un caldo de cultivo propicio para partidos populistas. Desde luego, el instrumento para cambiar estos cuestionables medios no pasa por la censura ni la represión. Cada quien debe reflexionar y hacer mejores escogencias.


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