Arriba/abajo, en humanismo

Le debo gratitud por diversas razones.

Le debo gratitud por diversas razones. En el camino quedaron sus correcciones: como esta perla, un día al espetarme o casi: ¿usted cree que yo no dudo, a veces? Le seguiré valorando su ayuda para acudir a algunos congresos (San Petersburgo, Atlanta, etc.) y cómo en el camino adelante recordaré la publicación de arduas investigaciones y creaciones literarias mías: su editorial Promesa fue no solo eso, promesa, sino realidad… Refiero a quien ahora descansa en paz y gloria, aquí y allá. Pero… qué es ese ¿“allá”? por su motivación constante. Más allá de definición espiritual, como en ese caso, o de escogencia política o de relación humana… este es el tipo de persona, integral, sólida, coherente, auto-crítica que se necesita. Helena Ospina Garcés, colega, caballo de batalla, incansable. Gracias.

Va de inmediato la precisión de mi parte, en contra de aquellos que les gusta pre-juzgar, calificar y serruchar el piso: no pertenezco a ninguna institución religiosa, lo mismo que no estoy en ningún partido político, rechacé hacerme masón y nunca fui colegiado. Una psicóloga me comparó una vez con el lobo solitario, aquel de Tomas Mann. Ciertamente es más difícil ser independiente… y consecuente con uno.

Vuelvo a ese “allá” aludido: en grandes líneas estamos frente a una dicotomía: ya no del to be or not to be, falsa alternativa, sino el hecho de creer o no, en un “allá”. Una línea hay, tan preciosa en trazado poético presentada por Constantine Cavafy: “confío que su viaje sea largo…” y Keep Ithaka always in your mind: me viene a la mente, con ese leitmotiv, un excelente congreso en Roma, bajo ese mismo lema: “la vuelta a casa”, organizado por la universidad “Santa Croce”. Helena y yo concordaríamos en la importancia también de la ruta: el hacer el bien, el vivir con intención y altruismo aquí y ahora. Es el “caminante” de Machado-Serrat, con la diferencia de que sí hay camino… y con destino trascendente. Su esposo, don Carlos, tan lindo lo expresaba el día que lo saludé (en inglés, no sé por qué). Con aplomo me aseguró: “she is upstairs”. ¡Espléndida imagen! No tan en contradicción con Cavafy, más bien en prolongación: es la opción vital de creer en “el cielo”, donde confío que ahora doña Helena por fin mora.

Total, para estar de acuerdo o no con ella (eso es otra cosa), doña Helena (y yo, dos años menor la tuteaba) no dejaba indiferente a nadie; potente voz, auténtica, como el inefable Gustavo González Villanueva, compañero de cantidad de batallas que tanto estudié. Grande sería que en paralela alarma civilizatoria y humana, otros continuaran con esa casa editora, con la lucha por mail y hasta lo último con WhatsApp. Quedan tantas batallas pendientes.

Ahora, con mayor razón, a los 500 años de Lutero y sus tesis, frente a vertiginosos cambios desde tiempos bíblicos y la vida de aquel siempre ejemplo, Jesús de Nazareth, hemos de replantear con seriedad y urgencia (si posible entre descendientes de las tres ramas semitas) la búsqueda de moldes y fórmulas de espiritualidad humana acordes con el siglo XXI. Lo demás, demasiado frecuente, es la autoalabanza de la bajura, qué digo, del sótano.

 


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