Abusos sexuales de una “sociedad perfecta”

El reciente libro del profesor Helio Gallardo Martínez analiza la evasión de responsabilidades en los recientes casos de abusos sexuales

El reciente libro del profesor Helio Gallardo Martínez analiza la evasión de responsabilidades en los recientes casos de abusos sexuales en la iglesia católica. Yo no fui, fue Teté (Antanaclasis Editores, 2019) es un agudo comentario a la carta abierta de Benedicto XVI sobre “La Iglesia y el escándalo del abuso sexual”. La valoración crítica de la obra, que realicé en la Universidad de Costa Rica, fue publicada en Religión Digital. Acá pretendo resumir mis observaciones y comienzo con un apunte teológico.

Para comprender la lógica del discurso del Papa Emérito debemos ahondar en su eclesiología. No es sencillo condensar aquí “una” eclesiología de quien, a lo largo de los años, ha sido cuestionado por modificar sus esquemas teológicos (González Ruiz, “Carta abierta al cardenal Joseph Ratzinger”). El teólogo Ratzinger, que escribe El nuevo pueblo de Dios (original alemán de 1969), parece ser refutado por el prefecto Ratzinger, que habla en Informe sobre la fe (original italiano de 1985).

Más allá de estas discrepancias, la perspectiva no ha cambiado desde 1985: en su libro-entrevista, el otrora cardenal dibujó el proyecto político que pondría freno a las reformas del Vaticano II. Sus miedos se convirtieron en una ideología que él mismo llama “espíritu eclesial”, pero que no son sino pesadillas inspiradas en el prejuicio anti-moderno de Hans Urs von Balthasar (Häring, Joseph Ratzinger’s ‘Nightmare Theology).

Pero, ¿de dónde nace esa predisposición? La concepción de una iglesia que esconde su “verdadera” esencia, la divina, detrás de máscaras humanas, está en la raíz de estos complejos: “Detrás de la fachada humana está el misterio de una realidad suprahumana sobre la que no tienen autoridad para intervenir ni el reformador, ni el sociólogo, ni el organizador” (Ratzinger, Informe sobre la fe, itálicas propias del original). Se trata de un modelo de iglesia “sociedad perfecta”, tal como la pensó Roberto Belarmino: una sociedad que no está subordinada a ninguna otra sociedad, que no le falta nada en su plenitud institucional, que es tan visible y tan palpable como cualquier otro reino, hasta en su jerarquía (Dulles, Modelos de la Iglesia).

No presupongo una confusión entre iglesia-jerárquica e iglesia-Pueblo de Dios o iglesia sociedad “visible” e iglesia espiritual “invisible”. Más bien, considero que disociar ambas categorías perpetúa las dicotomías: “Recurrir a una Iglesia invisible sería además una forma de resolver la cuestión de la unidad. Sería también hacer ‘especulación platónica’ en lugar de escuchar a Jesús” (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia). Esto es válido, igualmente, para la noción de iglesia “santa” e iglesia “pecadora”. Aunque muchos teólogos no llegan “tan lejos”.

Para el Papa Emérito, todo lo malo y lo perverso se halla “fuera” de la iglesia porque Dios, la razón última del poder eclesial, se ha homologado de tal forma a ella que es imposible pensar la causa del pecado “dentro”. No les es posible aceptar, como elemento constitutivo de la iglesia, el pecado porque “la cabeza de la iglesia es Cristo”. Parece ser un argumento lógico, pero entraña un dualismo fatal: que la iglesia sea “santa” no excluye que sea, a la vez, “pecadora”. La iglesia es la “iglesia de los pecadores”, más aún, es una “iglesia pecadora”, tal como lo defendió K. Rahner porque “[…] si creyéramos que el pecado de sus miembros no afecta a la Iglesia, esta no sería realmente el Pueblo de Dios, sino una entidad meramente ideológica, con carácter casi mitológico” (Rahner, Iglesia pecadora).

Aceptar la condición pecadora de la iglesia es, en lugar de una amenaza, una liberación que la previene de las “perfecciones etéreas” y exige de ella una denuncia presta de sus males internos. Sostener que la iglesia es “santa” sin decir que es, al mismo tiempo, “pecadora” no es sino otra forma de dualismo que no acepta la intrínseca conexión de lo trascendente con lo inmanente en la iglesia.

Teológicamente, los casos de abusos sexuales en la iglesia católica guardan relación con ciertas eclesiologías, aunque esto no sea visibilizado ni reconocido.

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